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LA ÉTICA DE LA INDIGNACIÓN. 8ª y 9ª parte: 8. La prioridad prepotente de la instrumentalidad, 9. El afecto y el encuentro como potencia de vida en la indignación


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Culminamos la serie de artículos sobre la ética y la indignación.

La ética no está compuesta básicamente por ideas. Ella está integrada por afectos. Para ser ético no se necesita solamente tener ideas. La ética de la indignación es la ética de los afectos y las ideas. Yo no me indigno porque conozco rigurosamente el fenómeno de la globalización. No necesito mi cabeza llena de análisis de corrupción para ser ético. De lo contrario, sólo los especialistas podrían ser éticos. Los afectos son lugares epistemológicos y ontológicos en los que se organiza la ética de la indignación. Pero, ¿cómo entender el afecto?  (El autor).

 




8. La prioridad prepotente de la instrumentalidad

¿Qué sentido tiene una ética en un mundo en el que ya todo ha sido dictado? El dictado de otros sólo para copiar, clonar, representar. Es más, el hacer es lo que ha quedado asentado. El hacer se quiere construir, es la gran utopía. Nos hemos cansado de pensar, ahora nos interesa aplicar tal como se aplica el poder. El pensar no tiene ninguna prioridad. Hacer es todo en el mundo de la pragmática de la experimentación. Hacer el dictado. No vale la pena pensar en las finalidades. El mundo ha sido reducido a un cómo. La verdad es un cómo, no hay por qué, aunque las dos se confunden. Rehuimos a la crueldad del por qué. Las finalidades han dejado de ser una parte nuestra para devenir el asunto de algunos. Entre mayor es la crueldad del mundo, menos podemos preguntar sobre el por qué, dejando el intersticio libre para la indignación.

La ética como saber hacer o hacer simplemente no tiene cabida en el mundo de los métodos que se confunden con los pensamientos. Pensar sin pensar el hacer, o hacer sin hacer el pensar. Se hace sin pensar porque no se piensa el hacer y se piensa únicamente lo hecho o lo que debe ser hecho sin tocar el hecho. El hecho es útil o inútil para la manufactura de la instrumentalidad. Pensar bien no es ética es pura instrumentalidad transformada en calidad, vértigo, precisión, funcionalidad lógica y epistemológica.

El saber hacer no pertenece a la lógica. Advenimos a la ética para desculpabilizar la acción. La ética no es más que un instrumento para hacer todo aquello que genera la crueldad buscando lo bueno en lo injusto. Ser buenos aunque no sea justo. Los especialistas son los nuevos sacerdotes. El mundo de los especialistas es el mundo de la instrumentalización. Los reductores sólo pueden ser instrumentales. En realidad, el pensamiento ha pasado de moda. Pensar es hacer el pensar efectiva y normativamente. Preocuparse por los valores es preocuparse por aquello que crea una mayor sumisión, no a los escenarios de los técnicos, sino al pensar dictado. Por tal motivo, ser honestos es someterse. Demostrar es seguir los mecanismos de los que no se atreven a preguntar sobre los mecanismos y su servicio. La discusión de la rapidez requiere de la bondad, no porque interese la bondad, lo que importa es la rapidez de la bondad. Luego, el juicio es sometido.

Frente a un juicio sometido, trastocado, vilipendiado, en la ética dictada por la instrumentalidad y el poder, la indignación es lo único que queda. Estar indignado y expresar la indignación es el único espacio de una ética pública. El estar es un sentir que piensa desde el sentimiento. Único es el sentido de la impotencia. La crueldad no permite lo múltiple, sino lo único. Dicho único no pertenece al uno de la unidad. El uno no es lo que junta en el caso de único. El único es la excepción convertida en normalidad, una normalidad sin norma. Decir único es decir lo que no puede ser dicho sino sólo y aislado. Así, la indignación es el único, pero no como lo que empieza. Sentirse indignado en lo público es el gesto de una ética única no por dogmática sino por vulnerabilidad. Facticidad entrante es la carta de ciudadanía. Totalmente limitado, exclusión sin absolutos, son las características del único de la indignación.

De este modo, el sentir del pensamiento, es un pensamiento sentiente. Sentir es la corporalidad de la ética pública. La indignación es lo que se siente. Sentir no aislado del pensamiento. Su aislamiento se coloca de espaldas a la racionalidad fría. Hay indignación ante a tanta injusticia, despilfarro y saqueo; la indignación es la ética pública. No se pueden decir muchas cosas. No estamos de acuerdo. Es el diferendo el que prevalece. Ni ataraxia, ni especulación. Simplemente, estamos indignados. El estar indignado no es la precisión del estar con respecto al ser. Tampoco es la obsesión del Da. Estamos indignados en el tiempo del sentir, tiempo con su propio tiempo. Sentir la rabia es inmanejable, no por estar cercana a la violencia. Estamos en la máxima de aquello que no se separa de la racionalidad pero no pertenece al domino de la razón. Sentir la indignación hace parte del hacer de la indignación. La emocionalidad monta por todo el cuerpo, transluce el odio, la muerte, el deseo de aniquilar. Todo esto hace parte de la indignación.

9. El afecto y el encuentro como potencia de vida en la indignación

La indignación es la ética del "cabreo", una ética asentada en la emocionalidad cuyo principal reto es el carácter pasajero. Por tal motivo, unas veces podemos estar indignados y otras, adaptados, acomodados. Sin embargo, la ética de la indignación nos recuerda la lección de Spinoza: las ideas no son sólo representaciones, son algo y ese algo está ligado a los afectos. En consecuencia, en materia de ética no es posible pensar en las posiciones rígidas, eternas e inflexibles. La ética hace parte de una variación continua por el mismo hecho de pertenecer a las pasiones. Luego, estar en la ética es variar, cambiar, de acuerdo a la emocionalidad o a la carga dependiente de la potencia de existir. 

La ética no está compuesta básicamente por ideas. Ella está integrada por afectos. Para ser ético no se necesita solamente tener ideas. La ética de la indignación es la ética de los afectos y las ideas. Yo no me indigno porque conozco rigurosamente el fenómeno de la globalización. No necesito mi cabeza llena de análisis de corrupción para ser ético. De lo contrario, sólo los especialistas podrían ser éticos. Los afectos son lugares epistemológicos y ontológicos en los que se organiza la ética de la indignación. Pero, ¿cómo entender el afecto?

Spinoza habla de affectio y de affectus en latín, términos diferenciados que no pueden ser traducidos por el mismo significado, como bien lo recordaba Gilles Deleuze. Affectio es afection y affecto es affectus. La ética no es la representación de un objeto, luego, la ética pública de la indignación representa la indignación. De hecho, en la indignación hay una idea pero la indignación no puede ser representada. Una cosa es la representación de la idea de universalidad y otra cosa es la representación de la ética. La ética la podemos representar, por ejemplo como un libro de ética, pero no como ética.
El contenido de la representación es lo que se llama realidad objetiva y en oposición encontramos la realidad subjetiva. En el campo de la ética es imposible exigir realidades objetivas. Por tal motivo tampoco podemos afirmar que todo lo que se dice en ética es una realidad subjetiva. La ética, como lo dijimos más arriba, pertenece al campo de lo irrepresentable. En la ética no hay alguna cosa como en la idea. En la ética lo que existe es una propuesta de hacer lo correcto, lo bueno, lo mejor y lo justo, bajo el presupuesto, que tanto lo correcto, como lo justo, lo bueno y lo mejor, no pueden ser hechos. La representación del hacer no es la representación de una idea, aunque su contenido es siempre algo.
Una persona justa no se presenta de la misma manera que puede ser representado el mar. El mar se representa como objeto. La persona justa se representa en las acciones. Una acción se diferencia del objeto no sólo por el movimiento. Actuar justamente es un movimiento dentro de los parámetros de un valor. Pensar en el mar es pensar en algo. En otras palabras, el pensamiento de un acto execrable difiere del pensamiento en una obra de Picasso o de la teoría de la relatividad. En resumen, pensar con ideas es pensar en el carácter representativo y pensar desde los afectos es pensar con aspectos que no pueden ser representativos. El afecto o affectus no representa nada. En consecuencia, ni el sentimiento, ni la angustia se puede representar aunque existan ideas sobre ello. Así, la indignación no es la representación de las ideas de indignación sino la manifestación del sentimiento y la emocionalidad de la indignación, la cual está muy lejos de poder ser pensada, tal como cuando nos referimos a un discurso.
La indignación es una manifestación sin representación. La manifestación de la indignación puede pensarse pero no puede ser representada. Todo lo que no es representativo es el afecto. Yo puedo querer pero esto no puede ser representado. Quizás este aspecto de ingobernabilidad y de no dominio de los afectos es algo amenazante para los espíritus que no se mueven sino dentro del cálculo y la racionalidad. En efecto, en el mundo occidental existe una primacía de la idea sobre el afecto. Hablamos sobre las ideas pero no podemos hablar sobre los sentimientos que generan esas ideas. En cierta manera, discutimos sobre los pensamientos de alguien, pero no podemos discutir sobre sus sentimientos. De hecho los sentimientos aparecen como algo admitido, pero sin importancia.

Los sentimientos son inevitables pero se pueden controlar desde las ideas y la razón, pensamos desde una comprensión del ser humano. Esta ha sido una de las obsesiones del pensamiento occidental: intentar controlar los afectos para lograr el pensar, olvidando de manera categórica que el afecto es aquello que hace posible pensar. Morin explicará cómo la inteligencia se construye en el afecto y repercute en el afecto. No nos podemos separar de él. Su dominio es una quimera. Ni el afecto puede reducir el pensamiento ni el pensamiento puede reducir el afecto. El afecto es pensar de otra manera, desde el cuerpo, en el sentimiento, bajo la pasión, dentro de la rabia y el odio bajo un profundo amor.
El punto de partida de la ética de la indignación es el afecto. El afecto es un modo de ser y de hacer, no alejado del pensamiento. La idea coloca un modo de pensamiento diferente al modo de pensar del afecto. De hecho, el afecto implica más el ser que la idea representativa del pensar. Es muy difícil que una simple idea sin afectos logre el involucramiento del sujeto. Pensar desde el afecto es hacerlo desde la pasión y bajo la urgencia del hacer. Sentirse indignado es una revuelta ética donde se involucra la vida y los cuerpos vivientes.

La indignación es una idea confusa. Ella no es saber en el sentido cartesiano. No se puede saber todo del saber de la indignación. El saber sobre la indignación está marcado por la incompletitud. No conocemos de manera absoluta las leyes de la indignación. Las ideas claras y distintas, garantía de la verdad, son suplantadas por lo confuso y sin distinción, es decir, su materia no puede ser analizable de manera clara y mucho menos predecible. Las ciencias humanas se quedan cortas cuando pretenden estudiar la indignación. De tal manera, la indignación no puede es un fenómeno manejable ni virtuoso, sino básicamente un fenómeno ético.

La indignación es un intervalo, un espacio entre dos momentos determinados de tiempo. Ella aparece dentro de un sentido comparativo pero a manera de golpe. Algo choca contra algo y el choque recuerda el intervalo envuelto en la intensidad. El choque intrínseco a la indignación es la forma propia de su manifestación. El intervalo pertenece al mismo momento del choque, intervalo no diseñado entre el ideal y la realidad sino entre lo más bajo y la realidad. En efecto, la indignación nace en el extremo del defecto o en la desmesura del exceso.

La indignación no está ligada a grados altos de realidad o de perfección. El choque obedece no a la perfección sino a la más cruda imperfección. Lo más bajo de lo bajo hace parte de la intensidad del choque. En cierta forma, existe un borramiento de la línea de lo que podemos considerar humano.
El estar indignado es la situación afectada con respecto al acontecimiento de alguna cosa. La indignación es ese algo de alguna cosa. Por lo mismo, el algo de la indignación no es la representación de alguna cosa.
La imperfección natural de la indignación tiene grados. En general todos estos modos están envueltos en la vergüenza y pueden ser dichos. No obstante, el grado máximo de imperfección corresponde a aquello que no puede ser dicho, ni mencionado; parte de un silencio traductor del mayor de los juicios. Por lo tanto, el mayor grado de imperfección corresponde a la imposible representación no por deficiencia epistemológica sino por innombramiento ético.

Los choques de la realidad, a manera de intervalos, golpean frecuentemente al sujeto. Estos choques están por encima de toda percepción. Estar afectados de indignación es una nueva manera de percibir, la cual no corresponde a la percepción del conocimiento. Una percepción es un cierto tipo de idea mientras que la indignación es un cierto tipo de percepción. Las intensidades de la indignación van cambiando en la medida de la disonancia del acontecimiento. Nunca paramos de variar en las diferentes intensidades de la indignación, sin embargo, existe una tonalidad alta en el mismo hecho de devenir indignado.

El intervalo entre idea e idea, establece la variación en Spinoza. El intervalo entre lo más bajo en tanto que insoportable y el deseo de aquello que no debió ocurrir, es el sostenimiento de la intensidad de la indignación. En cierta manera, las indignaciones no varían sino que se sostienen. El insoportable tiende a permanecer. Se puede variar entre lo que nos gusta o nos disgusta pero no en la indignación. Paradójicamente, la indignación es la permanencia del acontecimiento que no se puede soportar, el cual no puede ser olvidado por responsabilidad ética.
Si la variación entre el gusto y el disgusto muestra la fuerza de existir -el vis existendi o potentia agendi-, la permanencia de la indignación señala de manera irrestricta aquello que no puede ser aunque haya sido. La indignación rechaza el ser del acontecimiento, rechazo incuestionable de su irreversibilidad. La permanencia del insoportable, bajo la perspectiva de la indignación se realiza por compromiso ético. El sostenimiento hace parte de la responsabilidad moral.

A mayor imperfección, mayor indignación. La intensidad de la indignación es inversamente proporcional a aquello que nos gusta. Si bien, siguiendo a Spinoza, la potencia de existir disminuye con aquello que nos molesta, la indignación aumenta con lo mismo y abre la oportunidad de ser éticos. En la realidad definimos el afecto de la indignación.

Aunque la indignación no sea fruto de las ideas y ella no sea la idea sobre algo, ella afecta a las ideas. Aquelloque se dice sobre algo no es verdadero por la adherencia de la indignación. Puede que las ideas viejas no sean bien reemplazadas, pero no son creíbles y están cerca al engaño cuando es la indignación la fuente que nos insinúa sobre otras verdades. 

El choque del intervalo de la indignación señala una corriente de intensidad desconocida en la idea. La intensidad de la indignación define el afecto (affectus). La indignación es un puro affectus en la negación del existir dentro de un gran marco relacionado con la fuerza de existir. El rompimiento del límite en tanto que defecto ha sido afectado. El affectus resiente el desmoronamiento.
La insoportabilidad de la indignación es un basta sin más argumentos. La imposibilidad ha sido rota. Desde ahora todo es posible. La tristeza disminuye nuestra potencia de vivir, dirá Spinoza, sin embargo, nos resistimos a admitir el hecho. No lo aceptamos a pesar de no poder negarlo. Aceptarlo sería sepultarnos. La única salida es negar lo innegable en un basta lleno de firmeza y rabia. No existe affectus indignado entre las ideas sino entre lo imposible y lo insoportable.

Todo podría ser lo mismo sino fuera porque somos afectados en el acontecimiento. Nuestros cuerpos no tienen la posibilidad de evadir la afectación. La indignación está muy lejos de la voluntad y el querer. Tampoco es el deber. Nadie se puede esconder de la indignación. No devenimos indignos porque decidimos. Decidir sobre la acción reflexiva de la indignación es un cruel cinismo. El cuerpo sufre la acción de otros cuerpos. La crueldad traspasa la epidermis. La acción del indignado implica contacto y mezcla de cuerpos. Estamos indignados por otros, afectados por aquello que no hemos decidido.

Sin embargo, no todos los cuerpos son afectados por igual. Las reacciones son diversas. Devenimos indignados porque nos sentimos afectados en los otros. Algunos sólo devienen indignados cuando son afectados personalmente, o en sus seres queridos o cercanos. Los cuerpos reaccionan al choque de la exterioridad de acuerdo a sus mismas composiciones y complejidades. El sol nos afecta pero las reacciones dependen del cuerpo. Puede que la guerra no moleste a muchos, mientras para otros es una gran ofensa. El desafío de una ética de la indignación está en convertir el sufrimiento de los otros, o la tragedia de las víctimas, en causas éticas propias. En efecto, el momento en que se abandone la preocupación por los otros, la ética cae en una deriva peligrosa.

Yo soy afectado en mi cuerpo no sólo desde mis percepciones éticas, sino también desde mi valoración cultural. Los cuerpos ciernen y valoran sin necesidad de percibir su propio cuerpo. El cuerpo aparece proyectado en la valoración ética. El affectio, como lo señala Spinoza, indica la naturaleza del cuerpo modificado más que su propia naturaleza. Nosotros vemos las modificaciones, en especial, a través de otros y otras, con el inconveniente de ser ciegos a los tiempos sin cambios y modificaciones. En otros términos, el equilibrio se oculta, mientras que el desequilibrio es visible.

La indignación es la reacción ética en el tiempo de las modificaciones, y no en un sentido positivo. La huella del acontecimiento injusto o corrupto sobre mi cuerpo es la affection de la indignación. Los cuerpos son estigmatizados por el acontecimiento indignante. Sus rostros tienen las marcas de la indignación que marca la affection provocada por otros cuerpos. La percepción del rostro es visible, pero no en el sentido de lo visto, sino de aquello que interpreta éticamente el contenido de la visión.
El crecimiento de la corrupción, la crisis de las instituciones, la banalización de la mentira en la política, son situaciones que repercuten en los cuerpos de los ciudadanos, en su esperanza, situaciones que marcan los rostros y los sueños. Estas ideas-affection constituyen la indignación y son lo que llamara Spinoza, un primer tipo de conocimiento, y nosotros, una ética sin causas. La indignación desconoce el diálogo y el consenso. Ella nace frente al cuerpo vilipendiado, el pueblo engañado, la injusticia enarbolada, los excluidos negados.

La indignación nace en el occursus, término utilizado por Spinoza. Ella es un encuentro azaroso. Para devenir indignado se necesita más que uno. No se prepara la indignación, simplemente sucede en el escenario no planificado. Los encuentros de la indignación se mezclan conmigo. Estos encuentros son "convenientes" -en un sentido irónico- a la indignación. La conveniencia es una disconveniencia. En realidad, no debería convenir por que uno de los modos privilegiados de ser éticos es la indignación.

Vivimos descompuestos en el acontecimiento de la indignación y la affection. Esta descomposición es el mal sin ambages. El mal es un mal encuentro, dice Spinoza. El mal es lo que nos hace mal como la corrupción, la injusticia, el racismo. Nuestro conocimiento de aquello que nos hace mal no es técnico, es conocimiento de affectus y affection. Conocemos porque nos afecta. La acción recae sobre mí y por las mezclas. La inadecuación en la que vive el ser humano, sustenta el encuentro. Existimos en un modo de imperfección, sin la posibilidad de evitar el azar y en la vulnerabilidad de lo más bajo de la indignación.

No todos somos afectados, pero todos podemos ser afectados. Los afectos -affectus- fundamentales de los occursus, son la tristeza y la alegría en la Ética de Spinoza. La tristeza descompone al ser humano, lo destruye, le resta su potencia de existir. La alegría potencia su existencia, su vida. En el caso de la indignación, no somos "spinocistas", pues la indignación en el acontecimiento más bajo de lo bajo donde existe la potencia de existir. Habitar en la indignación no es la descomposición producida por la tristeza, es más bien la potencia de la vida a partir de los márgenes y de las víctimas. Luego, estar indignado potencia la vida por la vida misma. En tal sentido, la indignación es valorar la expresión de Spinoza: Nadie sabe de lo que un cuerpo es capaz. Nadie sabe de lo que nosotros somos capaces, por eso la indignación es la potencia. En efecto, lo único que sabemos es que siempre podemos estar afectados.

El poder de ser afectado es la combinación entre lo bueno y lo malo. El poder de ser afectado es realmente una intensidad. No sabemos sobre el deber, tampoco sobre lo que nosotros somos capaces. La ética, dirá Deleuze, es un problema de potencia y no un problema de deber. La potencia compleja de la indignación no es igual a la relación de la tristeza con la inteligencia.
Por último, devenimos éticos por los encuentros, en la indignación no provocada por las imperfecciones, sino por aquello que se encuentra más bajo que lo bajo. Los encuentros son los que convienen a la ética. No podemos aspirar a un buen encuentro, pero sí podemos anhelar encuentros éticos. Así, la indignación es el comienzo de la ética pública.

10. Conclusión

La ética de la indignación está dirigida a sujetos indignados dentro de acontecimientos chocantes y generadores de impotencia. La potencia de la indignación nace en la impotencia del acontecimiento. Los acontecimientos en los que se inscribe la impotencia chocan no con el mejor de los sujetos. Los seres indignados no son seres perfectos ni absolutamente morales.

La indignación no es el diálogo, es el grito, el no sin argumentos, la rabia y el odio enardecidos. Ella hace la apuesta por la detención del acontecimiento, pero cuando éste ya ha sucedido, lo único que permanece es la esperanza de que no vuelva a repetirse.

Estar indignados no es un acto de bondad. Tampoco nos indignamos por maldad. La indignación es la ética de la rabia frente a la injusticia del mundo. Por consiguiente, la indignación es el comienzo de una ética que está más allá del bien y del mal, no por ausencia de amor, sino porque el amor vibra y tiende a ahogarse en la ausencia de su amante.

BIBLIOGRAFÍA

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Los siete saberes necesarios para la educación del futuro, Quito, Santillana.
Nietzsche, Friedrich, Obras completas, Buenos Aires, Aguilar.
Spinoza, Benedictus, Ética demostrada según el orden geométrico, Madrid, Editora Nacional.
Ética, Madrid, Editora Nacional.
Tratado político, Santiago de Chile, Universidad.



   



 


Autor: Freddy Javier Álvarez González
LA ÉTICA DE LA INDIGNACIÓN. 8ª y 9ª parte: 8. La prioridad prepotente de la instrumentalidad, 9. El afecto y el encuentro como potencia de vida en la indignación

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