::: Discipulomisionero:::
Documento sin título
Buscar      
Ingreso de Usuarios
Email :
Clave :
SI NO ESTAS REGISTRADO
HAZLO AQUI




LA ÉTICA DE LA INDIGNACIÓN. 6ª y 7ª parte: 6. La indignación sin dignidad, 7. La impotencia y la crueldad del mundo frente a la indignación


Bookmark and Share


Ya vamos en la 6ª y 7ª parte de este artículo sobre la Etica de la Indignación.

Ella surge al constatar que finalmente, no decidimos nada, nuestra suerte está echada. Las transnacionales son las únicas que piensan en términos históricos, para los demás el horizonte es un destino. De este modo, la ética de la indignación es para los que están aplastados, para los que se sienten ahogados, para los que están perdidos bajo la pesadilla de la multiplicidad que nos sumerge en el vacío y para los que todavía tienen sueños de justicia y no de goce y placer.

Luego, ¿qué significa estar indignado en un mundo que genera una increíble impotencia?




6. La indignación sin dignidad

La indignación no es una falta de dignidad. No es la dignidad la que nos conduce a la indignación. Tampoco estamos indignados porque se atentó contra la dignidad. La dignidad no es la nostalgia del sujeto indignado. Ser digno no es lo contrario de estar indignado. La indignación es un acto emocional de revuelta, mientras el ser digno es la encarnación de la ética de la modernidad junto al discurso de la libertad. Tampoco es la versión del acto del burgués que se siente excluido porque no se respetan sus títulos honoríficos o sus derechos. En la indignación no estamos en el campo de los derechos. Nos encontramos más bien en el campo de lo mínimo, de los seres que no tienen el derecho, ni siquiera de vivir, de los márgenes en las lógicas de sobrevivencia y estética.

Mientras el respeto es el lenguaje de la dignidad; la rabia, el cabreo y hasta el odio es el lenguaje de la indignación. En cierta forma, la ética de la indignación es el lenguaje del amor sin la exclusión o la vergüenza del odio por lo que no puede haber sucedido o no puede suceder dentro del acontecimiento. Se trata de una ética situada muy lejos de la pureza del bien o del romanticismo del amor. Odiar puede ser el acto de amor más grande y universal dentro de la indignación.

El odio de la indignación es el flujo que se desliza dentro de un territorio de impotencia, y cuyo último referente es el amor sin exclusión del odio. No podemos hacer nada frente a lo que no está al otro lado, en realidad por estar tan cerca nos abarca hasta inundarnos. La realidad es más fuerte que las voluntades, está más allá del deseo. Hoy en día la realidad aplasta mucho más.

No decidimos nada, nuestra suerte está echada. Las transnacionales son las únicas que piensan en términos históricos, para los demás el horizonte es un destino. De este modo, la ética de la indignación es para los que están aplastados, para los que se sienten ahogados, para los que están perdidos bajo la pesadilla de la multiplicidad que nos sumerge en el vacío y para los que todavía tienen sueños de justicia y no de goce y placer. Luego, ¿qué significa estar indignado en un mundo que genera una increíble impotencia? La indignación es la primera manifestación de la ética pública. Ser ético es experimentar el desborde de la indignación desde el underground de la desesperación y el odio por una situación irreversible.

No iniciamos la ética por una representación. La ética no representa un discurso, ni es fruto de un pensamiento. Estar indignado es una manifestación emocional. Manifestamos lo que es una pura emoción cargada de furia, de odio y de malestar. Estar indignado es colocarnos fuera del discurso y del equilibrio cristiano. Estamos ubicados en el vientre, en el corazón y el sentimiento, desde nuestro propio cuerpo, en el insulto, el descontrol y el desorden.

Estar indignados es no estar de acuerdo a pesar del acuerdo del lenguaje, de la lógica filosófica, del convenio público, del acuerdo internacional, de la moral de las costumbres. No podemos exigir control a los sujetos indignados pues precisamente ellos son el desecho de lo que intenta ser ordenado. Ellos son seres anárquicos que rompen con el control del poder, la manipulación de los sueños, los deseos y la sujeción de los cuerpos.
Aquí comienza la ética con enfoque anticorrupción, en tiempos de desencanto: en medio de una infinita impotencia. Luego, si la situación ha cortado toda la potencia de existir, la indignación es la ética que se resiste a condenar a la vida a unas cifras, es el "pataleo", el no firmar, sin argumentos, sin retórica, con un no cercano a un gesto afirmativo. Ella es una expresión que se transforma en grito: "Esto no puede ser", "No es posible". Es el no porque no. Un no sin porques o simplemente un no que tiene la prolongación del no como eco.

Hablar en esta situación es romper con el formato de la ética tradicional. No es no y la indignación lo cierra sin pretensión de respuesta. Sobran los consensos, los diálogos son insultos. La gramática revienta y los buenos modales son un cinismo. El no es un no más. Si hay un por qué es por la indignación del acontecimiento. Así, ser ético es decir no más. Decir, esto no puede ser posible. No es el abandono de la cruz, es la crítica a quien en nombre de dios o de los dioses, crucifica a los excluidos y excluidas.

7. La impotencia y la crueldad del mundo frente a la indignación

La impotencia se confronta con la ética de la indignación. Impotentes, sin potencia porque la voluntad ha sido diezmada. No tenemos posibilidad de elección. La fuente de la ética ha sido cortada: el conatus. Nadie elige entre lo ideal y lo real. Elegimos entre lo malo y lo menos malo. Menos malo sigue siendo un privilegio. Elegimos lo malo en contra de la maldad. Pensar en lo mejor es caer en las redes de los manipuladores de la metafísica del bien. En cualquier caso la elección es una condena. La libertad se dirige hacia la fuente de la condena. No podemos sino ser libres en el libre mercado, libres para consumir.

Los sujetos yacen sujetados en la impotencia. El querer es un artificio con regreso: deseamos el deseo. Deseamos lo que ya ha sido deseado y no caemos en la disyunción fatal de Girard. El deseo es preparado para el sujeto. Nadie desea lo que quiere, deseamos lo que otros desean que queramos. No es la indistinción del objeto la causa de la violencia, es la apropiación aunque sea en sus clones.

Queremos la imagen, el parecido, la marca, el título. Impotentes y sin conciencia de la impotencia. Capaces de todo cuando nada ha sido permitido. Los beneficios y los castigos vienen de arriba, pues la vida la seguimos viviendo teológicamente a pesar de la Muerte de Dios. La Edad Media regresa con sus nuevos sacerdotes, su inquisición, sus guerras religiosas y con una increíble sed de violencia.

El ser impotente es el extremo del pesimismo. El ser en el mundo es el mundo en el ser sin ser, un no-ser con carta de identidad no consciente, venida de fuera por la gracia distribuida en la grandes catedrales del comercio. Sin rumbo, a pesar de la diversificación de los análisis; sin vida, a pesar de la cantidad de espectáculos. No hay que esperar nada no porque no haya esperanza. Todo lo que creemos esperar, esta en la técnica y la ciencia en la infinitud de los objetos.

¿Quién puede cambiar algo cuando el autoritarismo inviste a las instituciones que perdieron las certezas? La mayor rigidez acompaña la huida de la incertidumbre. No tenemos la capacidad de ser honestos por un instante para hablar de nuestra pérdida de sentido y la oscuridad ante la neblina no nos permite construir la orientación. El mundo se presenta con una mayor crueldad. Los pistoleros de la globalización tienen licencia para matar y robar. Los poderes y los dineros se concentran en menos manos. Los monopolios crecen no en número sino en extensión. Ellos son menos con más. Para tener más se debe ser menos. La concentración es el lema. Concentrar no es convenir. Las multitudes se concentran ya no para encontrarse. Unios pueblos del mundo, para comprar más y tener menos.

La pérdida de la potencia es el contexto de la indignación. La potencia son los objetos. Estamos convencidos de la potencia para elegir no tener potencia. Elegimos lo que otros eligieron por nosotros. Es decir, no nos interesa no tener conciencia. Lo mejor es vivir como sonámbulos, vivir como si viviéramos en el mejor de los mundos, en un mundo sin responsabilidades y surcados por las diferentes venas de la dominación.

La nueva potencia es no tener potencia. Somos más fuertes en la crueldad de la dominación mientras la diferencia nos hace más iguales y la potencia más impotentes. La heterogeneidad es el nuevo anuncio del triunfo de la homogeneización. Los extremos desaparecieron para iniciar la victoria de la unipolaridad. No nos interesa tener potencia en el mejor de los mundos. Todo nos viene dictado. No necesitamos pensar más allá del pensamiento light. Habitamos en la eterna levedad, sin pesos, ni cargas. Leves, volátiles, en la imaginación que nos determinan las máquinas. Sin más capacidades que las otorgadas por una exterioridad que no nos interesa sino como curiosidad morbosa y turística. La interioridad de Narciso es la máxima finalidad. Qué sorpresa, hasta los problemas se pueden arreglar por medio del lenguaje o la manera de no sentir nada es la invención de burbujas individuales.

El lenguaje deambula revestido del máximo cinismo. Ya nadie decide nada. Hablamos para no decidir nada, o para elegir lo que ya ha sido decidido. Sólo decidimos la marca, o en otras palabras, el deseo es la última palabra homologada a la libertad. Más crueles y más indiferentes. La situación es más dura. La mayor crueldad es inversamente proporcional a la solidaridad. El mundo cruel genera la retirada de la justicia o su travestimiento en la afirmación: lo justo es comprar y comprar es pagar lo justo.

Estamos en el mundo sin preguntarnos sobre el Dasein. Saltamos de las preguntas a las respuestas inmediatas. De otra parte, la crueldad suscita el encierro en nosotros mismos. Decir crueldad es mirarnos a nosotros mismos para buscar el ombligo. La medida del mundo somos nosotros, no por determinación como en Protágoras, sino por abandono, incapacidad e impotencia.

No podemos imaginar algo distinto a lo dictado. La memoria abandonó a la imaginación. En realidad, sólo podemos imaginar lo que ya está presente. La imaginación se distorsiona en la percepción. Percibir es imaginar. Pero ya no percibimos, simplemente imaginamos. Nada de lo que está presente lo pensamos, simplemente lo imaginamos. Nada es real, todo es realidad, todo es virtualidad, no como lo real sino como lo actual. El presente no es un presente del futuro, como lo pensó San Agustín, sólo es un presente del presente, o lo que sería igual a decir un presente sin presente. El futuro es el presente porque el presente es pura imaginación. Luego, no nos interesa lo que somos, o cómo estamos. De este modo, la crueldad no existe, pues sólo somos infelices sin potencia para los retos de la modernización.

La imaginación tuerce el sentido del ser. Somos sabiendo que no somos. El no ser del ser imaginativo no es igual al no ser de la exclusión. La inmaterialidad del ser imaginativo es un ser imaginado y este es diferente a la ausencia de materialidad de la exclusión. Desarraigo no por desconsuelo; es la fuerza la que arranca a los que tienen la imaginación entroncada en el pasado y el futuro; desarraigo por injusticia. Ciertamente, el único pasado no es la injusticia sino la justicia como falta. La asimetría en la justicia y la falta de justicia es la perspectiva de lo que no puede ser visto nunca en términos de culpable, de víctima o de ausencia total.



   



 


Autor: Freddy Javier Álvarez González
LA ÉTICA DE LA INDIGNACIÓN. 6ª y 7ª parte: 6. La indignación sin dignidad, 7. La impotencia y la crueldad del mundo frente a la indignación

SE PUEDE usar este material con toda libertad, citando la fuente.




www.discipulomisionero.com | Todos lo derechos reservados