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LA ÉTICA DE LA INDIGNACIÓN. Tercera parte: 3. La autenticidad ética de la indignación


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Tercera parte de un gran escrito. ¿Cómo acrecentar la ética pública?
Devenimos éticos porque el mundo nos duele y no por saber cómo tiene que ser el mundo; no es el deber ser, son las víctimas y la unidireccionalidad de las políticas y las economías mundiales; por tanto, estamos muy lejos del romanticismo y la manipulación del lenguaje.
Nos duele un rostro concreto, un nombre concreto, una villa, una favela, un sindicato, un comité de los sin casas...



3. La autenticidad ética de la indignación

Iniciar en la indignación no es entrar en la conciencia o en el discurso. No se requiere de la toma de conciencia para comenzar la ética. No son exclusivamente los que han tomado conciencia quienes pueden ingresar en esta ética. La ética está más allá de la reflexión y de la conciencia. No es por haber leído mucho que podemos ser éticos. Tampoco es por ser religiosos que podemos ser éticos. Para que la indignación advenga no podemos esperar que haya formación. La educación no va de la mano con la indignación, más bien la atemoriza y la domestica con sus principios baratos. La indignación vive des-escolarizada. Por tal motivo, ella no tiene su residencia en la reflexión oficial.

Incluso la reflexión en tanto estrategia cognitiva no se puede liberar de la emoción como bien lo explica Varela. Su posición pertenece al campo de lo que no ha sido pensado, pero que sin embargo no se desliga del pensar y el pensamiento. El pensar descansa en la emoción y las emociones también son producidas por el pensar. El pensar puede pensar las emociones de manera crítica, no obstante las emociones no son del orden del pensar. Podemos discutir los pensamientos de alguien pero no sobre sus sentimientos. Los sentimientos simplemente son. Si bien el pensar no logra el dominio de las emociones, ellas sí pueden ser provocadas por el pensar. Luego, las emociones que pensamos son emociones de las que depende el pensar y las emociones pensadas son emociones que dirigen el pensar.

Decir que la indignación es pre-reflexiva es admitir que la indignación es fruto de la afrenta, de algo sin pies ni cabeza para un mínimo del sentido común. La indignación nace en la bofetada del acontecimiento, y la ética en el agujero de la costumbre. No es el no-entender lo que dispara la indignación, aunque con esta expresión podamos referirnos al asunto. Podemos no entender las situaciones a las que se adscribe la indignación, de hecho no las entendemos, sin embargo la carga está en los aspectos que tienden a reventarnos. Luego, la indignación es portar lo que no se puede ser portado, es reaccionar contra lo que nos aplasta, es un gesto de sobrevivencia.

Aquello que no puede ser soportado hace parte de la indignación. No se puede portar pues resulta increíblemente cargoso para la sensibilidad, el pensamiento y la humanidad. Aceptar ese hecho es constatar el derrumbe de lo humano e insultar lo básico. En consecuencia, nos referimos a una ética de la contingencia. No nos indignamos para ser felices como lo pretendería Aristóteles, sino para sobrevivir, para que la vida no sea una mueca. Si la risa hace parte de esta indignación es por la mueca de lo insoportable. De ahí que la indignación nace bajo el decreto de la vulnerabilidad absoluta. Porque no estamos seguros, porque no podemos protegernos de la injusticia, porque en el derecho no hay derecho a la corrupción, por eso necesitamos estar indignados como actitud ética. Quizás con otros se puede portar el algo insoportable para cualquier individualidad, pero, el mito de Atlas ha sido vencido en la indignación. Cargar el mundo no puede ser posible.

Sólo podemos advertir sobre la imposibilidad de la violencia del mundo a pesar de su existencia. De esta forma, la existencia de la crueldad es contraatacada a pesar de la extensión y la fortaleza de las barreras.
El no soportar de la Physis resulta también inverosímil para su lógica. No puede ser verdad lo sucedido o lo que está por ocurrir. No admitir la verdad es el comienzo de la indignación. Tanta vergüenza suscita el rechazo del hecho. Pero la indignación nace en la "aceptación del suceso" en cualquiera de sus tres tiempos. El deseo de la mentira del suceso es comprensible. Nos gustaría que no fuera cierto pues su rostro macabro es el de una pesadilla. Hay necesidad de negar su veracidad a manera de resistencia. Así, negar las certezas es uno de sus reflejos.

El nivel último de la indignación es admitir en tanto creencia que no se puede vivir o mirar de frente el suceso. La vida queda fuera con el hecho de la indignación. La vida y el hecho son irreconciliables, de ahí que el lugar de la indignación es igual a lo que no puede ser posible. El haber sucedido a pesar de no ser modificable, no cae en la resignación. En cierto modo, la ética de la indignación es la ética de lo irreconciliable y de la absoluta fragilidad. Nos indignamos a pesar de no poder cambiar lo sucedido. Así, la indignación es doble: indignados con el hecho, por un lado, y por la incapacidad de cambiar el hecho, por otro lado.

La expresión "eso no puede ser posible" es la revelación, pero no de una propuesta o de un análisis elaborado. La ética de la indignación es el rechazo contundente del acontecimiento. La sin razón de la ética se nos muestra en el rechazo de lo que no puede ser rechazado. De hecho, el acto es más fuerte que la ética. El acto ha sido pensado, organizado y hasta ejecutado. La ética de la indignación es la reacción frente al suceso. El "no puede ser posible" es la reacción frente a un hecho o algo que se avecina en forma fantasmal y monstruosa. El hecho ha sido consumado, está siendo consumado o todavía no.

Este es el absurdo de la ética de la indignación. Ella intenta ser reversible cuando el transcurso, la direccionalidad y la duración del tiempo dice lo contrario. Así, indignarnos no es rentable, no es manejable y no cambia el hecho. A pesar de todo, la ética ocupa el lugar modesto de toda ética: no puede ser obligada. No está en la primera plana porque no puede ni siquiera inscribirse en el cambio, bajo la condición de perder el carácter ético. La ética no cambia nada. Cambia la sordidez del cambio y denuncia las buenas intenciones y las costumbres "sanas". En pocas palabras, la ética de la indignación es un contra-facto, el cual no elimina lo sucedido.

La ética no es para calmar o tranquilizar. No se busca el hacernos mejores por estar en la indignación. En cierto modo, la ética de la indignación no es una solución; básicamente es una reacción. Los santos no son los que convergen en esta ética, tampoco son los sacerdotes del diálogo y del consenso. La ética de la indignación involucra personas indignadas. Es más, la indignación inicia con la desestabilización y el desorden. El desacuerdo es su forma natural contra las manifestaciones crueles de la economía, la increíble violencia de la globalización, la arbitrariedad de la guerra y la unilateralidad de las políticas económicas y sociales. Por ello, la ética pública nace en el rechazo frontal, en el no fuerte y sin retórica, sin necesidad de ir aliado a ningún plan, a ninguna promesa. Ahí inicia la ética pública. Devenimos éticos porque el mundo nos duele y no por saber cómo tiene que ser el mundo; no es el deber ser, son las víctimas y la unidireccionalidad de las políticas y las economías mundiales; por tanto, estamos muy lejos del romanticismo y la manipulación del lenguaje. El ser temporal y espacial del suceso es confrontado por el gesto ético de la indignación. Estar indignado es comenzar a pertenecer al campo más original de la ética: la justicia.



   



 


Autor: Freddy Javier Álvarez González
LA ÉTICA DE LA INDIGNACIÓN. Tercera parte: 3. La autenticidad ética de la indignación. Pintura de Francisca Ríos

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