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LA ÉTICA DE LA INDIGNACIÓN. Segunda parte: Iniciar en la indignación


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Ofrecemos este segundo artículo remecedor de nuestra pasividad frente al dolor humano y las realidades de injusticia en América.
América Latina sufre y los que sufren no se escuchan, no se ven... los cubren nuestras estridencias políticas, sociales, las luces del desarrollo.

América Latina sufre y quien no sufre por ello, ¿podrá levantar las manos al cielo agradeciendo por su pan de cada día?

Creemos en la ética pública, especialmente en los modelos sociales tan crueles y creadores de brechas, exclusiones, dolores.
Hoy ser ético es vivir la indignación, esa que no gatilla ni un disparo, sino la que despierta las conciencias.




2. Iniciar en la indignación

Iniciar desde la indignación es comenzar en la indignación. El desde es un en. El en no es correlativo al ser. No estamos en la indignación por ser sino en la probabilidad del estar. El en no es desde sí mismo. El en es un desde, y el desde es extraño, extranjero, extravagante, extra-normal, son los otros y las otras. El desdeen no tuviera un desde, la confusión se podría homologar a la depresión. El en en el desde hace al acto.

Estar en la indignación es un acto, más que un sentimiento. El acto de estar rompe con los cánones propuesto en el programa. No obstante, el acto de la indignación hace parte del ser, pero como estar y espera.

La indignación no es el acto del aparecer, es lo que somos porque estamos en expectativa.
constituye el acto. Si el

La indignación no siempre es ética a pesar que la ética pública comienza en la indignación.

Estar en la indignación es extraño al pensamiento sin compromiso. No nos indignamos sin querer comprometernos o sin estar ya comprometidos. No nos puede indignar la injusticia sin el compromiso con la justicia. Sin embargo se puede estar en la indignación en la anti-ética, pues la indignación no es la ética del bien, es la ética de la justicia y de la vida.

Es más probable estar en la indignación bajo el interés del mal que estarlo desde la indiferencia. El mal y la destrucción de la vida también son generadores de indignación. La indignación no es exclusiva de la ética pública. Por tal motivo no deberíamos confundirnos con la indignación. La confusión se evita con el desde y el quién de la indignación. Un desde que implica la gran pregunta sobre la moral en Nietzsche, pues en el fondo el qué nos reduce a la metafísica mientras que el quién nos da la posibilidad de la creación. El desdeDesde donde nos indignamos no es patrimonio de la intencionalidad, aunque la indignación sea la indignación de algo y por algo Toda indignación es algo, a partir de alguna cosa y sobre alguna cosa. No devenimos indignados porque queremos estar indignados. En efecto, es el inicio y no el origen o el principio nuestro interés. El desde es punto ético propio a la alteridad y la diferencia. El otro de lo otro es el desde de la indignación. La amenaza a la vida es lo otro. En realidad, el otro adviene con la ausencia de la promesa.

No se encierra en la indignación.

La indignación de la ética del mal es una indignación desde fuera, en el reverso de la otredad. Pudiésemos decir que la ética del mal es la separación del afuera por el incumplimiento de los planes frustrados, de los intereses egoístas en peligro. La indignación del bien travestido no tiene sujetos o se hace en contra de ellos. Por el contrario, la indignación de la ética es el desde de las víctimas. El sujeto de las víctimas es un cuasi-sujeto, un sujeto con el derecho de estar indignado porque ni siquiera se le reconoce el estatuto de sujeto. En sentido estricto, no existe sujeto real en la indignación porque no hay poder en tal indignación. Luego, la indignación sucede en el aplastamiento del poder, en la desnudez de los sin-poder.

El poder se ubica en la fuente alimentadora de la indignación. Sin embargo, la ética de la indignación acontece en el borde y se evidencia como desborde. Estar indignado es el no-poder y el no saber qué hacer. Estar indignado es un desborde diferente a la indignación de los planes frustrados o al bien kantiano que no supera la uni-direccionalidad a pesar de decretar la reciprocidad y la universalidad en dicha reciprocidad.

La unidireccionalidad del bien no es ética, lo cual no significa que el consenso sea la emergencia de la autenticidad de la ética pública. Querer el bien para los demás desde la convencionalidad de las leyes o por encima de ellas, en los juegos del lenguaje, o con los mínimos, como la democracia y los derechos humanos, es una inmoralidad. El bien no es bueno porque creamos saber lo mejor para los demás. Entre el bien y lo mejor encontramos el mal. El bien puede ser el mal y lo mejor la más conveniente expresión del bien. El bien y lo mejor, desde el yo, está envuelto en una increíble ceguera. La violencia suele expresarse en la unipolaridad del bien. Estar seguro del bien o dejarlo totalmente abierto es un desvarío. El bien como lo mejor para los otros y las otras o lo más conveniente para los demás, es el comienzo del dominio. No hay nada que domine y esclavice más que el bien.

La unipolaridad del bien es una imposibilidad ética.

Esa unipolaridad no es irracional. La ética tiene que ver con lo que vivimos, sentimos y nos afecta. Somos éticos en las afecciones del mundo. La ética construye modos de vivir pues las éticas corresponden a modos de vida, como lo afirma Aranguren; de la misma manera, los modos de vida construyen las éticas. Vivir de una determinada manera, es ser ético de una determinado modo y creer ser ético de un determinado modo es igual a vivir de una determinada manera. Los modos de la ética y las maneras de vivir se interrelacionan y se modifican mutuamente. Por lo tanto, no se puede pensar la ética sin el mundo, sin sus costumbres, sin sus raros gestos heroicos y sin sus comunes aspectos miserables. Esta ética sólo puede evidenciarse en el agujero de la costumbre y en la anormalidad de la regularidad.

Las éticas implican nuevas maneras de vivir, sentir y pensar.

Las nuevas sensibilidades implican nuevas formas de valoración. Valoramos o desvaloramos desde las sensibilidades o como dice Humberto Maturana, desde las emocionalidades, entendidas estas en relación con el sustrato biológico. Valorar es sentir y proponer una forma de vida desde el propio sentir, lo cual implica la creación de pensamientos que no necesariamente se hacen en relación directa con la ética.

La introducción de una nueva ética depende en gran parte del acompañamiento de las nuevas sensibilidades. No es la claridad y la distinción de las ideas la que nos asegura que algo puede ser tomado como cierto y válido. Tampoco la preocupación contemporánea por la ética nos garantiza que esta generación sea más ética. Las sensibilidades éticas nos brindan un nicho pero si no logramos pensar adecuadamente, el esfuerzo puede ser innecesario.

No es el deber ser sin el en de la indignación la fijación de la ética pública de la indignación. Un deber ser sin la participación de los otros ubicados en el desde, hace parte de esa indignación de la ética del mal. El desde
es un lugar, un estar, algo que puede ser compartido por todos en la medida del reconocimiento de las singularidades. Partimos de un lugar en la medida que el espacio supone esa aporía en la que podemos revertir la impotencia. El inicio fusionado en un lugar es la inauguración de la diferencia. La diferencia es lo distinto de cualquier lugar del relativismo, en el sentido de aquello que difiere. Así, el iniciar ético en la indignación no es extraño a la manera en la que vivimos, sin embargo no es necesariamente igual a la manera como vivimos. Estamos indignados por aquello que sucede y con algunas de las interpretaciones implantadas a lo sucedido, pero en las diversas maneras de sensibilidad no está garantizada la indignación. Es la vida la que nos duele en la indignación, es ella la que se ahoga, y esa vida amenazada y aplastada es la que agujerea la vida que vivimos.

El desde del inicio de la ética de la indignación es el modo en el que la ética se concretiza. No hay concreción si la ética es un para y no un desde. Estar en y comenzando es el abrigo de todo inicio. Iniciamos en la indignación y su continuación no puede ser la misma indignación, ni, por supuesto, el consenso de la indignación o su acuerdo. Estar indignados es permanecer en una situación individual y compartida -no colectiva- por otros donde el pensar y el hacer es la continuación de estar indignados. Por lo tanto, el inicio no es el comienzo de lo que debe suceder sino la repercusión de lo que está sucediendo, repercusión directa en la emocionalidad.

Estamos indignados como una manera de ser éticos.

Este es el primer paso para una ética pública. Frente a un mundo tan cruel, generador de tanta impotencia, la única manera de ser ético es iniciando por la indignación. El ser correctos no es ético. Ser correctos es estar en la indignación, no como correcto sino como indignado. Esta manera de ser correctos no corresponde a las buenas costumbres.

El acto ético de la indignación, en tanto que correcto, no es conveniente sino auténtico. En otros términos, dentro de un mundo como tal, lo más ético es estar indignados. Así inicia aquello que no podemos detener. Una ética no puede ser creíble sin indignación frente a la eliminación de los sueños de la vida o a sus travestismos dentro del mercado. La indignación es la autenticidad de la justicia y la democracia inauditas.



   



 


Autor: Freddy Javier Álvarez González
LA ÉTICA DE LA INDIGNACIÓN Segunda parte: Iniciar en la indignación. Cuadro de Francisca Ríos ¿América sufriente?

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