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LA ÉTICA DE LA INDIGNACIÓN Primera parte: Las disyunciones del inicio


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Indignación ética, una ética en tiempos de impotencia
Freddy Javier Álvarez González 

Caminando América Latina.

 

"Estar indignados no es una elección, es un mal sin opción. La brecha de la injusticia es tan amplia que no hay manera de estar de otro modo. La indignación es la manifestación de la peste. No se elige estar indignado. No devenimos, simplemente caemos. Caer en la indignación es deslizarse en el abismo. Cualquier invitación al diálogo es una indecencia. Ante el crecimiento de la injusticia y la demencia del sistema, sólo nos queda la indignación. Sin embargo, esta mal herencia es la puerta del comienzo de un inmenso amor. Desde la indignación amamos a partir de la rabia inevitable, de la frustración más cruda, de la debilidad más vergonzosa. Amar y odiar son la misma cosa. Cada una es su reverso. Estar indignado es amar en la más completa oscuridad e impotencia".
 
Anne Seckel

 




1. Las disyunciones del inicio


Cuál es el comienzo de una ética pública con enfoque de anticorrupción y en tiempos de globalización? El comienzo no es el principio, ni el origen, es el inicio. Comenzar no es ir en búsqueda de la causa de las causas o del arjé. Un principio no es el inicio, es la norma, o puede ser la categoría o la ley. Se puede iniciar sin principios y sin categorías. Por un principio se puede comenzar pero el comienzo no depende del principio. Así, la ley indica cosas para hacer y seguir pero la indicación, el señalamiento y la limitación no son los inspiradores del inicio. El inicio está habitado por la libertad de comenzar sin principios y sin orígenes.
Los principios son ambiguos para el comienzo puesto que incitan pero también desaniman o atan el inicio. En cierta forma, el principio indica, orienta y canaliza. Dicha normalización, normaliza, es decir, al mismo tiempo que orienta, pierde, al mismo tiempo que impulsa, detiene. Es el mismo problema del coraje con respecto al conocimiento, pues el saber es inhibidor del coraje del inicio. Entre más argumentos busquemos para comenzar, más dificultades tenemos para iniciar. Estamos entre la necesidad de conocer más para no ser temerarios y de tener más coraje para no ser cobardes. La temeridad y la cobardía son los extremos entre el exceso y el defecto de conocimiento. Entonces, tener principios o creer en las leyes para comenzar, suelen ser impedimentos para iniciar pues se cree que los caminos del hacer y del pensar ya están trazados, cuando en realidad, estos tienden a ser obstáculos de una ética como Filosofía Primera en términos de Levinas. En suma, los principios son necesarios pero no son suficientes.
Tampoco el origen se confunde con el inicio. Los orígenes son inicios que fueron y que ya no son más, por lo tanto, los orígenes pasados no nos garantizan los inicios presentes y futuros. No porque algo fue, seguirá siendo. Un origen puede ser simulado pero no puede ser repetido. La repetición de los orígenes es el comienzo de la diferencia como dirá Deleuze1.

Los orígenes son inicios pero no todos los inicios son orígenes. Iniciar no es necesariamente originar, a pesar de repetir el mismo gesto. Los orígenes son necesarios desde una prospectiva. El origen como inicio no está libre de la contingencia. Comenzamos por la arbitrariedad como lo afirma Husserl en su discusión sobre el origen. Comenzar es iniciar a pesar de no tener origen y de existir una ausencia de principios. El comienzo no tiene que estar justificado, es el comienzo y para comenzar hay que comenzar, afirma Jankelevich. Los inicios se justifican después de comenzar. Para comenzar hace falta el querer y para el querer, el querer del querer y así, hasta el infinito. El querer es más fuerte que el poder, en consecuencia, el poder intenta apoderarse del querer. Sin querer no se comienza porque comenzar es querer comenzar. Voluntad de poder, deseo, cualquiera de las dos cosas, las dos y ninguna de ellas. No se inicia sin voluntad pero la voluntad no lo es todo para comenzar, es una parte insustituible.

Pero, ¿por qué preguntarse por el comenzar de una ética pública?

El comienzo es el inicio, y en este caso, el inicio de un saber o de un saber práctico. Iniciar una teoría práctica involucra a la voluntad de manera no exclusiva. Comenzar a hacer es un acto de voluntad de poder o de deseo. Iniciar es un acto de voluntad donde el sentimiento, el entendimiento y la imaginación están presentes, o, como en la Crítica de la razón pura de Kant, la imaginación en medio de la sensibilidad y el entendimiento. Comenzar es un acto de coraje perteneciente a la voluntad, en donde la imaginación juega un papel importante. Imaginamos no porque estemos unidos a la experiencia ni porque dependamos estrictamente de la voluntad. Porque imaginamos podemos esperar que los inicios hagan parte de la creación. El inicio voluntarioso de la ética pública no rehuye la síntesis de los conceptos, pero no es un puro concepto de la experiencia -discusión clave en Kant con respecto a Hume-, es sentimiento sin dejar de lado el entendimiento, es imaginación sin separarse del concepto y del sentimiento.

Un inicio supone un despliegue, la continuación, lo segundo. El inicio como inicio no es una prolongación, es lo otro del inicio en tanto diferencia y todavía no como alteridad absoluta. Simular lo otro, lo que se encuentra au-delá del Da, es parte sustancial de todo comienzo. El inicio es lo otro de lo que ya está, diferencia en el sentido de Castoriadis: espacialidad directa ubicada en el intermedio entre el aquí y aquello que puede estar. No obstante, el inicio es lo primero, no porque sea lo más importante, sino porque el inicio es el comienzo de la diferencia y la promesa de la alteridad.

La novedad es el inicio no porque no haya un antes del inicio. La apuesta se hace por la novedad no de la moda, sino de todo aquello que queda fuera, porque ha sido marginado, o hace parte de la oscuridad del poder o de aquello que simplemente no se alcanza a ver. En cierta forma la novedad del inicio se relaciona con lo siempre antiguo y desconocido. La novedad del comenzar no es lo nuevo de la curiosidad, sino la novedad que contiene el sentido ocultado por el desconocimiento consciente o inconsciente. La novedad del comenzar es el desafío de lo no-capturado, o de lo condenado porque esto supondría el comienzo de la ética de la generosidad. Esta novedad no puede dejar de lado la temporalidad, no porque se encuentre en ella sino porque ella es la única posibilidad de su manifestación.

Iniciar es un irreversible como el tiempo de Jankelevich. No se puede volver atrás desde el comienzo del inicio. No importa que no se conozca lo segundo, lo importante es comenzar. No finalizar no es volver atrás. Iniciar es un momento de irreductibilidad. Lo inconcluso no niega el comienzo, niega la continuación. La ontología de lo secundario no reemplaza los inicios, por el contrario, los supone. Ser segundo es la continuación de lo primero. La "secundariedad" existe bajo la generosidad del comienzo. Por supuesto, no todo es comenzar porque casi todo es comenzar.

En tal sentido, el inicio ha de tener tal consistencia que podemos pensar en aquello que viene después y eso tiene que ver con el núcleo del comenzar. No hay comienzo sin adscripción a la continuación, por encima de la conveniencia social. No se termina algo porque se inicia; la continuación es la clave. Iniciar es querer que algo continúe, pero más que eso, querer la realización de algo. La continuación es el verso entre el inicio y el final y no el reverso, a pesar de que la continuación no es totalmente calculable. La continuación pertenece al campo de lo desconocido de lo que no tiene prueba, es una improbabilidad virgen. La manera como algo se realiza depende de los extremos, del inicio y del final. El comienzo y el final hacen parte de la voluntad, la decisión y la visibilidad, mientras la continuación es el problema de la fidelidad y la persistencia. 

Iniciar es querer que la novedad se realice sin determinar su continuación o creyendo que ésta se determina desde los dos extremos: comienzo y final. Pareciera que todo se desarrollara en la intención y la finalidad. Arrancar para después acelerar y a veces tener que buscar pequeños inicios para sostener la continuación. Sin el empuje inicial no existe el aceleramiento. Sin embargo la continuación influye en el inicio y en el final. La continuación depende del inicio pero el inicio también depende de la continuación. No se puede calcular el final por el coraje y la claridad del inicio. El cálculo desde los extremos se pierde con la invitación de la continuación. En realidad, continuar es el carácter invitado, lo demás es una irrupción. 

Sin embargo, la determinación del inicio no depende absolutamente de la continuación, ni de la continuación, el inicio. Iniciamos porque imaginamos algo, y ese algo lo podemos ver a distancia, aunque no lo veamos o creamos que no existe. La continuación suele pasar desapercibida a pesar de su trascendencia. En realidad, la clave está en el medio y no en el extremo. La cotidianidad es el caso donde se acaban o sobreviven los comienzos. El pensamiento occidental se ha dedicado al análisis de los extremos binarios, creyendo que son los extremos no sólo el porqué sino el cómo de lo que acontece. Sin embargo, los aciertos, las derivas, las linealidades y las circularidades, dependen todos de lo que no ha sido tomado en cuenta. El medio es extranjero por ser aquello que no se puede ver, no porque no se ve, sino porque pensamos y vemos desde los extremos y no desde las continuidades y discontinuidades. Esas continuidades no están en el centro, las encontramos en el medio, un medio extremo un extremo medio. Lo que está en el medio no es lo atrapado, es aquello con la potencialidad de atrapar comienzos y finalidades.

Ese inicio del saber hacer no excluye el pensar, no como resultado sino como condición, porque el inicio es realizado sin pensamiento. Con todo, el hacer algo no puede ser enfrentado exclusivamente como hacer. La ética no es lo que se debe cumplir por estar bajo la urgencia de la aplicación; hacerlo así es de una increíble mediocridad. La ética es la huida, la sorpresa, la ladrona de la noche y el día. Iniciar de un modo o de otro no es ajeno a una específica situación, pero no depende irremediablemente de la intencionalidad. Por tal motivo, el comienzo del hacer implica la compañía del pensar, pensar después todo lo que hacemos en la irreductibilidad del presente. Compañía que se inscribe en el reconocimiento de la siguiente afirmación: el inicio de la ética pública es la indignación, inicio en el presente bajo la continuidad del medio y en la sorpresa de lo que no se puede comprender sino después, pues el ahora lo prescribe irremediablemente.

   

   



 


Autor: Freddy Javier Álvarez González
LA ÉTICA DE LA INDIGNACIÓN Primera parte: Las disyunciones del inicio

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