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Hacia una fe adulta


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La liturgia nos adentra en un nuevo Adviento.

Para los cristianos, con este tiempo comienza un nuevo año litúrgico. Parece que volvemos a iniciar un círculo que se ha cerrado y que se vuelve a abrir, como en una especie de repetición anual. Pero sabemos que no es así.




No empezamos una nueva andadura para volver a pasar por donde ya habíamos pasado, ni siquiera para remarcar las pisadas. Seguimos avanzando por el camino de nuestra existencia, y ahí nada se repite. Caminamos hacia nuestra "casa" definitiva, sin prisas, pero con certeza inexorable y, tendríamos que decir, ilusionada, porque nuestra "casa", nuestro hogar definitivo, no es un espacio oscuro, sino la luz del amor de un Padre, de una Madre, que nos espera, no sabemos cómo, pero nos espera.

Y sabemos que para experimentarlo así, tenemos que seguir trabajándonos. Somos tarea ilusionada, o deberíamos serlo, de nuestra propia construcción como individuos, como familia, como miembros de una sociedad y de una Iglesia. Una tarea que pasa, tal vez, por espacios conocidos, pero siempre diferentes en su concreción. Llamados a seguir creciendo, a hacernos adultos como personas y como creyentes; y, no sólo en años, sino en profundidad. No aplastados por el cansancio y las desilusiones, sino esperanzados, porque a la luz de la fe, iluminados por Cristo, el Dios con nosotros, siempre con nosotros, cercano, íntimo, inserto por su Espíritu en lo más íntimo de nuestra intimidad, en el centro de nuestro ser, tejidos en torno a Él, nos sentimos invitados, urgidos, a descubrir nuestra grandeza y nuestra dignidad. ¡Somos hijos en el Hijo! Y un día lo experimentaremos en su plenitud. Es el mensaje que recibimos en este tiempo. A lo mejor nos desborda el entenderlo, porque es un milagro de amor; escucharlo, creerlo, acogerlo y experimentarlo está en la raíz del sentido de nuestra vida, de lo que somos y de lo que seremos, de lo que hacemos y de cómo lo hacemos.
Y sabemos que en este camino no estamos solos. Primero, porque Él no nos abandona nunca, aunque nos cueste creerlo, nunca. Segundo, porque estamos juntos. Esa cercanía y esa intimidad estamos llamados a sentirla y a vivirla de un modo especial en nuestro ser iglesia, Debemos recordar que somos comunidad de hermanos, y que constituimos la gran familia de los hijos de Dios por nuestro bautismo.

El Adviento nos lo quiere actualizar y, por eso, nos hablará de preparar espacio a la familia de Nazaret, que vislumbraremos de un modo intenso en la Navidad; y de aprender a vivir como ella el reto de crecer en la fe en medio de las dificultades, que no fueron pocas. Hogar orante, de escucha y de acogida continua y confiada del Dios empeñado en irradiar amor, del bueno, del que se abre, del que se hace don sin condiciones, del que perdona, del que espera siempre, del que crece continuamente en sabiduría de bien y en gracia, y así construye humanidad.

El Adviento es por todo eso tiempo de esperanza, y nos recuerda que es necesario y que es posible hacerlo realidad. Que vivamos esta nueva oportunidad de descubrir y de avanzar en la tarea de construir una fe adulta, a la altura de los retos que nos ha tocado vivir. Testigos firmes del Dios de la vida. La catequesis, la eucaristía, los sacramentos, la oración diaria, la ayuda mutua, la participación en algún Movimiento eclesial o la asistencia a tantas ofertas de formación que nos ofrecen continuamente nuestras parroquias o nuestra diócesis, serán siempre instrumentos a nuestro alcance para ayudarnos a ello. Aprovechémoslos. Nos lo debemos a nosotros mismos, a la coherencia del crecimiento en autenticidad de nuestra fe, a nuestra Iglesia y a nuestra historia.

Así, pues, iniciemos con gozo este nuevo ADVIENTO que nos impulsa a seguir caminando, con redoblado empeño, en nuestro compromiso "hacia una fe adulta".



   



 


Autor: Revista Ecclesia Digital
19 de noviembre de 2010

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