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Ahora hay que preocuparse de las semillas ...


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José Luis Martín Descalzo.

Escritor Sacerdote y periodista español nacido en Madridejos (Toledo) el 27 de agosto de 1930, fallece en Madrid, el 11 de junio de 1991.

Les ofrecemos este hermoso relato, ideal para trabajarlo tanto en lo personal como en comunidad ... ¿Cómo podemos desarrollar las semillas que llevamos en nuestro interior, como también todas aquellas que están en nuestros ambientes?




"Sólo semillas"

Cuentan que un joven paseaba
una vez por una ciudad desconocida, cuando,
de pronto, se encontró con un comercio
sobre cuya marquesina se leía un extraño título: «La Felicidad».

Al entrar descubrió que, tras los mostradores,
quienes despachaban eran ángeles.
Y, medio asustado, se acercó a uno de ellos y le preguntó:
«Por favor, ¿ qué venden aquí ustedes?»
«¿Aquí? -respondió en ángel-.
Aquí vendemos absolutamente de todo».
«¡Ah! - dijo asombrado el joven-.
Sírvanme entonces el fin de todas las guerras del mundo;
muchas toneladas de amor entre los hombres;
un gran bidón de comprensión entre las familias;
más tiempo de los padres para jugar con sus hijos...»

Y así prosiguió hasta que el ángel, muy respetuoso,
le cortó la palabra y le dijo: «Perdone usted, señor.
Creo que no me he explicado bien.
Aquí no vendemos frutos, sino semillas.»

En los mercados de Dios (y en los del alma) siempre es así.
Nunca te venden amor ya fabricado;
te ofrecen una semillita que tú debes plantar en tu corazón;
que tienes luego que regar y cultivar mimosamente;
que has de preservar de las heladas y defender de los fríos,
y que, al fin, tarde, muy tarde, quién sabe en qué primavera,
acabará floreciéndote e iluminándote el alma.

Y con la paz ocurre lo mismo.
Hay quienes gustarían de acudir a un comercio,
pagar unas cuantas pesetas o unos cuantos millones
y llevarse ya bien empaquetaditos unos kilos de paz
para su casa o para el mundo.

Claro que a la gente este negocio no le gusta nada.
Sería mucho más cómodo y sencillo
que te lo dieran ya todo hecho y empaquetado.
Que uno sólo tuviera que arrodillarse ante Dios y decirle:
«Quiero paz» y la paz viniera volando como una paloma.
Pero resulta que Dios tiene más corazón que manos.

Bueno, voy a explicarme, no vayan ustedes a entender
esta última frase como una herejía.
Sucedió en la última guerra mundial: en una gran ciudad alemana,
los bombardeos destruyeron la más hermosa de sus iglesias, la catedral.
Y una de las «victimas» fue el Cristo que presidía el altar mayor,
que quedó literalmente destrozado.
Al concluir la guerra, los habitantes de aquella ciudad
reconstruyeron con paciencia de mosaicistas su Cristo bombardeado,
y, pegando trozo a trozo, llegaron a formarlo de nuevo en todo su cuerpo...
menos en los brazos. De éstos no había quedado ni rastro.

¿Y qué hacer? ¿Fabricarle unos nuevos?
¿Guardarlo para siempre, mutilado como estaba, en una sacristía?
Decidieron devolverlo al altar mayor, tal y como había quedado,
pero en el lugar de los brazos perdidos
escribieron un gran letrero que decía:

«Desde ahora, Dios no tiene más brazos que los nuestros.»
Y allí está, invitando a colaborar con Él,
ese Cristo de los brazos inexistentes.

Bueno, en realidad, siempre ha sido así.
Desde el día de la creación Dios no tiene más brazos que los nuestros.
Nos los dio precisamente para suplir los suyos,
para que fuéramos nosotros quienes multiplicáramos
su creación con las semillas que Él había sembrado.



   



 


Autor: Jose Luis Martin Descalzo
Del libro "Razones para la esperanza"

SE PUEDE usar este material con toda libertad, citando la fuente.




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