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GRACIAS, JESÚS Mi conversión del Islam al Cristianismo


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En la noche del 22 de marzo de 2008, durante la liturgia pascual celebrada por el Papa Benedicto XVI en la Basílica de San Pedro, Magdi Allam recibió los Sacramentos de la Iniciación Cristiana. El libro, del que estas páginas son sólo una muestra, relata el proceso de su conversión. Más allá de las circunstancias particulares de este caso, esta nota quiere servir de aliento y reconocimiento a tantos educadores cristianos, y particularmente a religiosos y religiosas, catequistas, profesores de religión y testigos del evangelio en la cultura, cuando se forja la personalidad de niños, adolescentes y jóvenes. Gracias Jesús, por nuestros educadores cristianos, por las religiosas y religiosos y por los profesores y catequistas.El periodista Magdi Allam, subdirector del diario milanés Corriere della Sera, recibió en la vigilia pascual los sacramentos de la iniciación cristiana de manos del Papa. Podía haberlo hecho en una ceremonia privada, sin pueblo, pero lo hizo en la basílica de San Pedro, y del gesto ha hablado la prensa de todo el mundo.

En su proceso de conversión han participado varias personas, pero "sin duda, el encuentro más extraordinario y significativo ha sido con el Papa Benedicto XVI, a quien he admirado y defendido como musulmán por su maestría en mostrar la ligazón indisoluble entre fe y razón como fundamento de la auténtica religión y de la civilización humana", escribe en una carta publicada por su diario. Es decir, uno de los aspecto que más le ha influido en su decisión ha sido precisamente el tema de la famosa lectio magistralis del Papa en la Universidad de Ratisbona.
Discípulo Misionero.com, les ofrece un extracto del libro escrito por este hermano llamado a la fe cristiana. Hoy se llama Magdi Cristiano Allam. 

 

 




GRACIAS, JESÚS Mi conversión del Islam al Cristianismo  por Magdi Cristiano Allami.

Se inició de esta manera la fase decisiva de mi conversión al cristianismo, al que estaba evidentemente llamado por la gracia divina que me había acompañado desde la más tierna edad, haciéndome vivir una serie de «acontecimientos», que se han revelado como no fortuitos y que, en realidad, encubren la voluntad del Señor que discretamente viene a nuestro encuentro incluso sin hacernos descubrir su presencia. Atravesando lentamente la nave central a la cola de la procesión evoqué de nuevo en un momento el hecho sobresaliente que dio origen a un recorrido de espiritualidad interior que, habiéndose iniciado a los cuatro años de edad, desembocará medio siglo después en la conversión a Cristo.

Era el mes de septiembre de 1956. Tengo todavía fijo en la mente el día en que comenzó mi largo camino con un llanto sonoro cuando mi madre Safeya, ayudada y persuadida por la familia en la que trabajaba, los Caccia, acaudalados empresarios textiles italianos residentes desde generaciones en El Cairo, mi ciudad natal, me dejó en manos de sor Lavinia, que con su vestido impidió que viese cómo se alejaba mi madre, confiándome así a la educación y al afecto de las religiosas combonianas devotas de san José. Sucesivamente, desde el quinto curso elemental hasta el último año de la madurez científica, estudié en los salesianos del Instituto de Don Bosco.

Durante catorce años viví, interno, en las escuelas regentadas por religiosos italianos católicos, desde el momento en que mi madre comenzó a vivir, en primer lugar, en la lujosa casa de los Caccia en el famoso Palacio Al Laimun en el barrio selecto de Zamalek, para cuidar a su hija Cinzia y después cuando, a partir de 1962, se trasladó a Arabia Saudita, donde se encargó del cuidado de la pequeña princesa Madawi bin Abdul Azíz, sobrina del rey Abdallah, que estaba enferma de las piernas a causa de la poliomielitis contraída inmediatamente después de nacer. Esta particular experiencia de convivencia con religiosos y laicos católicos me permitió conocer bien, directa y correctamente, la realidad del catolicismo, tanto en el plano de los contenidos como en el pura- mente humano.

Pude ver de cerca la realidad de las mujeres y de los hombres que habían elegido entregar su vida a Dios dentro de la Iglesia sirviendo al prójimo, independientemente de su religión y nacionalidad, y que daban testimonio de su fe cristiana mediante obras encaminadas a la realización del bien común y del interés de la colectividad. Allí comencé a participar con interés en la lectura de la Biblia y de los Evangelios, quedando particularmente fascinado por la figura humana y divina de Jesús. Pude frecuentar la iglesia de San José, situada frente a la escuela de las hermanas combonianas, y la de Don Bosco, dentro del Instituto Salesiano. Asistí algunas veces a la santa misa, y en una de ellas me acerqué al altar y recibí la comunión. Fue un gesto que, desde un punto de vista religioso, no tenía significado, puesto que no estaba bautizado, pero evidentemente indicaba mi atracción por el cristianismo y mi deseo de sentirme parte de la comunidad católica.

En conjunto, aquella experiencia educativa me transmitió no sólo la ciencia del saber, sino, sobre todo, la conciencia de los valores. Gracias a los religiosos católicos adquirí una concepción profunda y esencialmente ética de la vida, según la cual la persona creada a imagen y semejanza de Dios está llamada a cumplir una misión que se inserta en el marco de un designio universal y eterno, encaminado a la resurrección interior de los individuos sobre esta tierra y del conjunto de la humanidad en el Día del Juicio que se funda en la fe en Dios y en el primado de los valores, y que se basa en el sentido de la responsabilidad individual y en el sentido del deber respecto a la colectividad. Gracias a la educación cristiana y a haber podido compartir la experiencia de una concepción ética de la vida he alimentado siempre una fe profunda en la dimensión trascendente, de la misma manera que he buscado siempre la certeza de la verdad en los valores absolutos y universales.

Si hoy soy el que soy, lo debo a los religiosos católicos. Nunca hicieron proselitismo ni intentaron convertirme al cristianismo. Sin embargo, si después de medio siglo he decidido voluntariamente abrazar con todo mi ser la fe en Jesús, se debe mucho a la persuasión implícita e imponderable en la acción de quien se dirigió a mí con amor y dedicación en el nombre del Díos de la Caridad y de la Misericordia, actuando de modo altruista y desinteresado respecto a los bienes y a las ventajas terrenas, pensando exclusivamente en servir al Señor para ser dignos de entrar en el Paraíso en la vida eterna.

Precisamente esta fe genuina y estos sólidos valores habían hecho que mi madre, musulmana practicante, se convenciese de la bondad de la elección de inscribirme en las escuelas religiosas católicas italianas, no sólo porque el nivel de instrucción impartida era muy superior al de las escuelas públicas y privadas musulmanas egipcias, sino sobre todo porque compartía el mismo enfoque ético respecto a la vida. Tuve una confirmación de esto mediante una carta que me envió sor Pier Teresa Fusari el 4 de abril de 2008 cuando estaba enfrascado en la redacción de este libro, escrita justamente en el día de Pascua después de haber visto en televisión las imágenes de mi conversión en presencia del Papa. Es uno de esos «acontecimientos» que nos señalan la presencia de la mano de Dios aunque no deje su firma.

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 «Queridísimo Magdi,

Esta carta te causará ciertamente asombro; puedo decirte que finalmente te he encontrado. Ahora me presento. Soy sor Pier Teresa, hermana comboniana que estuvo contigo en Zamalek en el período de tu infancia con sor Lavinia (en el cielo ya desde hace algunos años), sor Pia y sor Luisangela, que están todavía en Egipto. Yo, sin embargo, estoy aquí en Italia desde hace algunos años y me encuentro en la periferia de Verona. Sabía también por sor Luisalba que eras periodista, pero no he sabido nunca dónde residías, porque sor Luisalba también murió hace unos años. Sin embargo, he tenido noticias tuyas a través de RAI 1, que daba la bella noticia de tu cambio de vida. Seguí todo por televisión ayer por la noche y me emocioné. Sabes, Magdi, me he acordado de tu madre que nos decía a las hermanas que no le importaba que su Magdi estuviese en una escuela cristiana, sino que fuese un buen muchacho. Tu madre te ha seguido siempre y ahora desde allá arriba verá cuánto bien sabe hacer su Magdi en su trabajo. ¡Sí! Magdi, nuestras madres están siempre cerca de nosotros en espíritu.

No quiero alargarme, me pondría muy contenta si pudiera verte (o hablar por teléfono). Me he atrevido a escribir a la sede del Corriere della Sera con la esperanza de ponerme en contacto contigo aunque fuera en dicha sede. El Señor te ama y te sigue con su Espíritu.

Te saludo con un fuerte abrazo.
Con mucho afecto Sor Pier Teresa».

 

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¡Qué emoción oír por teléfono la voz de sor Pier Teresa!

¡Qué bello constatar por medio de la transparencia y el calor de su voz, la serenidad y la alegría de un espíritu siempre joven y apasionado a pesar de sus 78 años! Sus palabras han sido un verdadero y pecu- liar don que hace bien al espíritu. Ha querido saber todo: cómo estaba y cómo me sentía ahora como cristiano, los nombres de mi mujer y de mis hijos, el lugar de residencia y mis proyectos. Le he prometido que iría pronto a verla y no veo la hora de poder volver a abrazarla en la casa de las Misioneras Combonianas en Novaglie, en la provincia de Verona. Aquella afirmación suya -«Sabes, Magdi, me he acordado de tu madre que nos decía a las hermanas que no le importaba que su Magdi estuviese en una escuela cristiana, sino que fuese un buen muchacho»- da la dimensión de una época en la que la persona era el centro, con sus valores y sus afectos, frente a la humillación y a la instrumentalización que hacen de la persona las ideologías laicas o religiosas.
MAGDI CRISTIANO ALLAM, Gracias, Jesús. Mi conversión del Islam al catolicismo, Madrid, Encuentroi, 2009, pp.12-16.



   



 


Autor: Magdi Cristiano Allami
Libro: GRACIAS, JESÚS . Mi conversión del Islam al Cristianismo, Madrid, Encuentroi, 2009, pp.12-16.

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