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Saber que me muero: una aproximación teológica al morir


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Hace poco un amigo me explicó lo que era una milésima de segundo: es el tiempo exacto entre que el semáforo da la luz verde y el bocinazo del auto que está detrás de ti.

¿Porqué una palabra desde la teología?

Para nuestro país la palabra de Jesucristo es una palabra relevante. El evangelio representa un criterio de verdad y de vida, de hecho toda noticia concerniente a sus santos es una noticia nacional. El evangelio representa para Chile una interpelación y una exigencia permanente.




¿Cuál es la perspectiva teológica?

En pocas palabras, la teología reflexiona la fe. Por una parte, la labor teológica es interpretativa de la Revelación de Dios en Jesucristo: se esfuerza por traer a la comprensión del presente la manifestación y la comunicación de Dios ocurrida en el acontecimiento de Cristo. En este sentido, la teología es anmanesis, memorial. Por otra parte, la teología indaga y discierne la presencia del Resucitado en medio de la historia de los hombres y en este sentido tiene una dimensión profética.

En palabras del Concilio Vaticano II la muerte es el máximo enigma de la vida humana (Constitución Gaudium et Spes, 18). La teología confronta este enigma con la luz que emana el misterio de Cristo1. La fe cristiana confiesa a Cristo como el que murió y está vivo. Más aún como el que venció la muerte con su muerte y nos dio una nueva vida. Es el grito del primer domingo de la historia: ¡resucitó!

La perspectiva teológica, más que una explicación, pretende una comprensión de la verdad sobre el hombre, lo que llamamos: el horizonte de sentido. Es, por lo tanto, un pensar en marcha. En el sentido de que busca una verdad para seguirla: ¿Maestro, dónde moras?, le preguntaron a Jesús sus primeros discípulos.

En la Revelación judeo-cristiana el enigma de la muerte aparece desde las primeras páginas de la Biblia. Más aún, aparece como una consecuencia directa del pecado original, el cual actúa en la historia como una dinámica de rupturas sucesivas, cuyo símbolo no sólo es la ruptura dramática de la pareja original, sino también, el asesinato de Abel por su hermano Caín y la aniquilación de Sodoma y Gomorra.

La muerte surge, entonces, como una cuestión en todo el sentido de la palabra, es decir: como una problematización de la existencia humana: como un destino, un perder la vida. La plegaria sálmica habla de los lazos, de las tinieblas, de los horrores de la muerte. Pero, tanto la muerte como la vida, ambas se definen ante el rostro de Dios y en la trama de una historia de salvación.

La muerte emerge como una cuestión insoslayable y vital. Tanto así, que la sabiduría bíblica atribuirá al necio la ligereza o incluso la falta de conciencia sobre la muerte: Este es el camino de los insensatos, y de los que después de ellos aprueban sus palabras. Como ovejas son destinados para el Seol, la muerte los pastoreará. (Sal 49,13- 14).

La muerte como un crisol, revela la necedad o la insensatez, que afecta a la riqueza, al poder y al placer. Ya sea ante la fragilidad innata de toda existencia, que nada logra asegurar, o ante el juicio al que la muerte enfrenta: dice el necio no hay Dios que me pida cuentas.
Pero más allá del hecho objetivo de la existencia mortal, está la experiencia subjetiva de que se es mortal: que muero, que personalmente me muero. Sentir que me muero abre al estupor de la vida; simplemente que se es, como un instante fugaz de luminosidad y belleza del ser, es la afirmación más radical de ser criatura, de hallarnos, por así decirlo, sostenidos sobre la nada.

 

En lo que dura una noche
cayó mi sol, se fue mi día,
y mi carne se hizo humareda
que corta un niño con la mano
(G. MISTRAL, Luto. Lagar).

Sin embargo, siendo el hecho de la muerte tan forzosamente evidente, nos aparece como una cosa para el final, o por lo menos para más adelante. La muerte nos es inoportuna, en cuanto también nos aparece ajena a la vida, más aún contraria. Lo que nos hace sentir siempre, que los que se mueren son los otros. Pero ¿cuándo aprendimos esta actitud ante el morir? Pieter Bruegel El Viejo, "El triunfo de la muerte", 1562.

Detrás de este exilio de la muerte, que solemos pintar con adjetivos de macabra, y hacerla hasta impronunciable, hay toda una carga de temor y de repulsión. Pues la muerte trae un cortejo de soledad, abandono, ausencia, y dolor de la separación: Como un muerto soy olvidado, sin ser recordado, soy semejante a un vaso roto (Sal 31,12).

Ese aparejo nos hace sentir que la muerte atenta definitivamente contra el amor. Y contra todo. Parece decirnos: ¡ya! ¡Se acabó! En este sentido, qué elocuente es la guadaña implacable de aquellas ilustraciones medievales, probablemente un eco vivo del trauma de la peste negra que asoló la Europa medieval (1347-1350).

Pero la muerte va también por el mundo vestida de escoba,
lame el suelo buscando difuntos,
la muerte está en la escoba,
es la lengua de la muerte buscando muertos,
es la aguja de la muerte buscando hilo.
La muerte está en los catres:
en los colchones lentos,
en las frazadas negras vive tendida,
y de repente sopla:
sopla un sonido oscuro que hincha sábanas,
y hay camas navegando a un puerto en donde está esperando,
vestida de almirante.
(Ver: www.uchile.cl/neruda/obra/obraresidencia2a.html)

La muerte de repente sopla y nos rebelamos ante la muerte. Aunque nos explicaran mil veces lo natural que es tener que morir, ninguna explicación aguanta la rebelión del deseo también natural de no querer morir, de aferrarnos por instinto a este trozo de existencia, que sé efímero y a la vez tan misteriosamente infinito.
¿Por qué tener que morir? That's the question! Este es el dilema, y paradójicamente, de la vida humana.

Cristo ha experimentado todo lo humano. Su misma encarnación llega al colmo en el hecho desnudo del morir. Y este camino del hombre, se transforma en el camino de su vida y su gloria. Lo sorprendente es que en el ocultamiento máximo de la muerte y en una cruz, se revela lo que puede el amor, se revela la gloria de Dios: el hombre de pie, el hombre viviente. La muerte en cruz es el ocultamiento, ya no bajo las aguas del Jordán en el bautismo de Juan, sino el cumplimiento del signo de Jonás, que estuvo tres días en el vientre del monstruo marino. Cristo se sumerge (se bautiza) en la muerte del hombre. No elude la muerte, no la niega, no la posterga, más aún la elige. En efecto, afirma: a mi nadie me quita la vida, yo la doy. Aquel que se ha llamado a sí mismo la Vida: yo soy la vida, decide dar su vida por el rebaño, dejando en claro con esto que él es el auténtico pastor del rebaño, el único que es capaz de dar la vida por las ovejas. Cristo se ofreció hasta la muerte por todos, como Redentor de todos. Nadie tiene mayor amor que este de dar uno la vida por sus amigos (Juan 15,13). Cristo ha asumido y transformado la muerte en el sacramento de la Eucaristía, fármaco de inmortalidad.

En Cristo, la muerte se reubica. Más aún se hace umbral, se hace paso-pascua. No a otra vida, sino al sentido profundo y perdurable de esta humilde y cotidiana vida que llamamos terrena: llegar a ser plenamente en Cristo, es el paso a una mejor vida, a la comunión plena con la fuente inagotable de la vida.
Aún así, nos queda el paso del afecto. El tránsito del corazón al misterio de la muerte. Este paso integral lo dio de una manera emblemática Francisco de Asís. Percibiendo la cercanía de la muerte ha loado al Señor por su hermana la muerte corporal. Lo que nos hace suponer un profundo camino de reconciliación con la vida.

¿Cómo llega el poverello a esa hermanación con la muerte? Tal vez, amando tan sencilla, tan humanamente, la vida. Tal vez, sorprendido de la vida, agradecido del milagro de vivir. Si es así, la muerte debería haberle sido lo más hostil. O captó también que la misma vida en este mundo florece ya moribunda desde el primer instante de su gestación, y dañada por el pecado, ha experimentado, por su fe, el morir no como el castigo de una culpa, sino como una tienda de campaña, que se recoge al iniciar un nuevo trayecto de la existencia. Lanzó el ancla en el corazón del Padre eterno. Esta misma experiencia hace exclamar a Teresita del Niño Jesús: je ne meurs pas, j'entre dans la vie!

La actitud de Francisco ante la muerte hermana se entiende desde su dama pobreza, la cual, le hizo llevar siempre la vida como enrollada debajo del brazo. Francisco supo cargar con la vida y con la muerte. Conoció la sabiduría del salmo: enséñanos a calcular nuestros años para que adquiramos un corazón sensato2. Esa sensatez se expresó en él como una desposesión radical, de bienes y de poder. La Mistral describe a Francisco como apenas un hilillo de sombra sobre la tierra: Echaba poca sombra; la sombra es como una soberbia de las cosas, esa del árbol que pinta el césped o esa de mujer que pasa empañando un instante la fuente. A penas echaba sombra el pobrecillo, era pequeño, como cruza un cabrilleo por el agua cruzaba él por los caminos, y más se le sentía la presencia que se el veía la forma (Motivos de San Francisco en Prosa Religiosa de Gabriela Mistral ed. Luis Vargas Saavedra, Santiago 1978,108-109).

Pero la sensatez del corazón es por esencia gozosa, evangélica. Hay algo aquí de la higiene de la frugalidad.
La sensatez produce un corazón austero. En efecto, la opulencia en la Biblia siempre es señal de necedad (no-saber). Pero, además, aparece asociada a la injusticia, que es la medida máxima del no-saber nada, ni de Dios, ni de los demás, ni de sí mismo: un no conocer a Yahvé. La ignorancia suprema y culpable. Las riquezas son fustigadas tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo, por su afán de cegar la visión de la fragilidad común a todos los mortales, por mucho que los fardos de unos aumenten en perjuicio de otros. La mortalidad es el abecé de la sabiduría. Es lo que se encuentra aludido al inicio del libro de los Proverbios: el temor de Dios es el principio de la sabiduría.

Sabiduría que se obtiene por un cálculo: dice Nicanor Parra que a nadie se le permita llegar a viejo sin haber pasado por la prudencia. Es el cálculo o la medida de la fragilidad o de lo efímero de los años. Hay una medida en la que consiste precisamente el saber, que revela que la mayor parte de la vida es fatiga inútil, en este sentido, es muerte.

La sensatez habla del ahora presente, de la cualidad gozosa de la sorpresa. La conciencia o con-sapiencia (consapevoleza) de la muerte constituye para la fe una pedagogía para la gestión del presente3.
Este proceso de hermanación franciscano exorciza la muerte de sus demonios con la lucidez de la transitoriedad. En esto, la verdadera cuestión que parece plantear la muerte es por qué vivir y para qué. Saber que me muero, no al final de la vida, sino que me estoy muriendo ahora, en la trama de un amor que me salva de las garras de la muerte, es fuente de sensatez, no de temor. Más aún, hace de este minúsculo presente, una decisión llamada a perpetuarse: un auténtico dar la vida.

Pero, querámoslo o no, siempre emprendemos caminos de exorcismos ante la muerte. Algunos más sanos que otros, por cierto. Hay culturas que conviven con la muerte, al mismo tiempo que la vida asume una densidad enorme y se expresa en la convivencia con el tiempo. Me parece una ilustración de esto aquellos documentales sobre la vida de un clan que celebra una fiesta, y todos pasan todo el día detrás de un jabalí y es todo lo que hay que hacer, parece tan simple y es tan significativo para vida de todos, más allá de los individuos. Por cierto, no quiero decir que tengamos que vivir a lo Rousseau, sino advertir sobre la capacidad de vivir lo concreto como verdadera vida humana trascendente.

La periodista norteamericana Susan Sontag en La enfermedad y sus metáforas (1977) hablaba acerca de la pérdida de la estética de la muerte en nuestro tiempo, con la consiguiente carga de angustia y desesperación que eso provoca. En otros términos creo, que en realidad, no sólo hemos desritualizado la muerte sino la vida misma.

Si perdemos la estética de la vida, esta se nos hace inopia, opaca, gris, estándar. En nuestra agitación urbana, no hay tiempo para los ritos de la vida, mucho menos para los de la muerte. Y así, no sólo la muerte parece amenazarnos con su parca, sino la misma vida se nos hace feroz. Parece que somos vividos externamente, más que vivir cada uno personalmente.
En Chile vemos todavía aquellas porfiadas animitas. Como una manera "convivial" de la muerte y del dolor de la pérdida. Se trata de una estética de la muerte. Pero plantadas al borde de los caminos son también una denuncia.
Tenemosuna percepción de la muerte como una violencia. Basta mirar las estadísticas para tomar concienciade qué morimos los chilenos: ¡accidentes de micros!. ¡Morimos del desprecio por la vida! 

Entonces, así como hay un morir con el cual debemos hermanarnos para alcanzar sabiduría de vivir, parece que hay una muerte solapada que atraviesa de mal modo la vida. La muerte de lata, de chatura, de aburrimiento, de aislamiento y falta de respeto. Parecemos vivos, porque consumimos más y producimos más desperdicios; porque andamos más rápido. Pero sin los ritos contemplativos de la vida, que revelan el esplendor del ser, -y que hacen, precisamente, que sea una vida humana-, la vida se nos puede estar haciendo una difícil carga, una insoportable carga. El ensayista y poeta norteamericano H. Thoreau (muerto en 1862) fue testigo de la prisa por construir la maravilla del telégrafo magnético que uniría Texas con Maine, pero advertía que si las comunicaciones llegaran a ser más rápidas, no era signo de que hubiera algo importante que comunicarse4.

Creo que pensar en la muerte es pensar en cómo vivimos, qué es lo que vale la pena definitivamente. Es despertar al don de la vida y vivirlo como tal, como donación.
Vuelvo al chiste de mi amigo y les pregunto a ustedes: ¿qué es entonces una milésima de segundo?

NOTAS:

1 Por Cristo y en Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte, que fuera del Evangelio nos envuelve en absoluta oscuridad. Cristo resucitó; con su muerte destruyó la muerte y nos dio la vida, para que, hijos en el Hijo, clamemos en el Espíritu: Abba!,¡Padre! (Gaudium et spes, 22).

2 Sal 90,12: 12 Enséñanos a contar de tal modo nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría. Ver también el Salmo 39, 4 Señor, hazme saber mi fin, y cuál es la medida de mis días, para que yo sepa cuán efímero soy. 5 He aquí, tú has hecho mis días muy breves, y mi existencia es como nada delante de ti; ciertamente todo hombre, aun en la plenitud de su vigor, es sólo un soplo. 6 Sí, como una sombra anda el hombre; ciertamente en vano se afana; acumula {riquezas,} y no sabe quién las recogerá... 13 Aparta de mí tu mirada, para poder alegrarme, antes de que me vaya {de aquí}, y ya no exista.

3 GS, 39. Ignoramos el tiempo en que se hará la consumación de la tierra y de la humanidad. Tampoco conocemos de qué manera se transformará el universo. La figura de este mundo, afeada por el pecado, pasa, pero Dios nos enseña que nos prepara una nueva morada y una nueva tierra donde habita la justicia, y cuya bienaventuranza es capaz de saciar y rebasar todos los anhelos de paz que surgen en el corazón humano. Entonces, vencida la muerte, los hijos de Dios resucitarán en Cristo, y lo que fue sembrado bajo el signo de la debilidad y de la corrupción, se revestirá de incorruptibilidad, y, permaneciendo la caridad y sus obras, se verán libres de la servidumbre de la vanidad todas las criaturas, que Dios creó pensando en el hombre. Se nos advierte que de nada le sirve al hombre ganar todo el mundo si se pierde a sí mismo. No obstante, la espera de una tierra nueva no debe amortiguar, sino más bien aliviar, la preocupación de perfeccionar esta tierra, donde crece el cuerpo de la nueva familia humana, el cual puede de alguna manera anticipar un vislumbre del siglo nuevo.

4 We are in great haste to construct a magnetic telegraph from Maine to Texas; but Maine and Texas, it may be, have nothing important to communicate. Either is in such a predicament as the man who was earnest to be introduced to a distinguished deaf woman, but when he was presented, and one end of her ear trumpet was put into his hand, had nothing to say. As if the main object were to talk fast and not to talk sensibly. We are eager to tunnel under the Atlantic and bring the Old World some weeks nearer to the New; but perchance the first news that will leak through into the broad, flapping American ear will be that the Princess Adelaide has the whooping cough. After all, the man whose horse trots a mile in a minute does not carry the most important messages; he is not an evangelist, nor does he come round eating locusts and wild honey. I doubt if Flying Childers ever carried a peck of corn to mill (Economy. Chapter 1 of Walden by Henry David Thoreau en: www.transcendentalists.com/walden.htm). Recordemos su propósito: I went to the woods because I wished to live deliberately, to front only the essential facts of life, and see if I could not learn what it had to teach, and not, when I came to die, discover that I had not lived.



   



 


Autor: Pbro. Juan Francisco Pinilla
Encuentros: La UC mira a Chile, Santiago de Chile, 27 de octubre de 2004

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