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Jesús que mueve hacia el encuentro y la comunión.


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Ofrecemos la pauta y los contenidos de un retiro dado por el Pbro. Juan Francisco Pinilla , actual Vicario Para la Educación del Arzobispado de Santiago. Fue realizado en una parroquia, en tiempos en que era Párroco en María Madre de la misericordia, pero por su calidad y metodología puede ser utilizado como modelo de trabajo también en otros ambientes.

Desarrollo del Retiro.

Comenzamos con la Oración de tercia para sentir con toda la Iglesia
(Se puede prepara un power-point con algunos salmos)

Primer paso: invocar la piedad

Nuestro primer paso al comenzar este ejercicio de meditación será invocar la amorosa piedad del Señor: Señor ten piedad de mí que soy un pecador; desde esta actitud queremos partir y no movernos en adelante; reconociendo que todo en la vida del cristiano es fruto de la infinita piedad de Dios sobre nosotros. Aspecto tan remarcado en la espiritualidad de Oriente y que se expresa incluso corporalmente.

Esta apertura a la piedad de Dios es dar la primacía a la gracia, a la iniciativa amorosa de Dios sobre nosotros.

Respecto a las actitudes interiores para esta mañana:

1. Damos gracias a Dios de antemano por haber llegado aquí, por lo que Él quiere realizar
2. Abro el corazón para dejarme confrontar
3. Deseo comprometerme con la historia de Dios en nosotros




Introducción

A partir del magisterio eucarístico reciente

El Domingo de Ramos decíamos que la semana santa nos inserta en los tesoros de la liturgia cristiana. La liturgia es memorial, recuerdo y actualización de nuestra salvación.

El objetivo principal de esta mañana de retiro es poder orar juntos y renovarnos en el espíritu de las fiestas que celebramos. El tema de nuestro retiro es por tanto, nuestra liturgia, los signos de la liturgia de la Iglesia.

Lo hacemos a través de la profundización en algunos aspectos de la fe: eucaristía y vida cristiana, para fortalecer nuestro compromiso cristiano y caminar hacia el culto espiritual.

El magisterio reciente del Papa nos ha puesto en el centro el misterio de la eucaristía.

Así, as dos últimas cartas se Juan Pablo II Mane nobiscum Domine; Ecclesia de Eucharistia y la reciente exhortación del papa Benedicto: Sacramentum caritatis


5. Esta Exhortación apostólica postsinodal se propone retomar la riqueza multiforme de reflexiones y propuestas surgidas en la reciente Asamblea General del Sínodo de los Obispos -desde los Lineamenta hasta las Propositiones, incluyendo el Instrumentum laboris, las Relationes ante et post disceptationem, las intervenciones de los Padres sinodales, de los auditores y de los hermanos delegados-, con la intención de explicitar algunas líneas fundamentales de acción orientadas a suscitar en la Iglesia nuevo impulso y fervor por la Eucaristía. Consciente del vasto patrimonio doctrinal y disciplinar acumulado a través de los siglos sobre este Sacramento,[10] en el presente documento deseo sobre todo recomendar, teniendo en cuenta el voto de los Padres sinodales,[11] que el pueblo cristiano profundice en la relación entre el Misterio eucarístico, el acto litúrgico y el nuevo culto espiritual que se deriva de la Eucaristía como sacramento de la caridad. En esta perspectiva, deseo relacionar la presente Exhortación con mi primera Carta encíclica Deus caritas est, en la que he hablado varias veces del sacramento de la Eucaristía para subrayar su relación con el amor cristiano, tanto respecto a Dios como al prójimo: « el Dios encarnado nos atrae a todos hacia sí. Se entiende, pues, que el agapé se haya convertido también en un nombre de la Eucaristía: en ella el agapé de Dios nos llega corporalmente para seguir actuando en nosotros y por nosotros ».

El Sumo Pontífice hace redescubrir a la Iglesia la eucaristía como sacramento de la caridad.

Se trata de un redescubrimiento en cuanto que el contexto actual de la sociedad nos da ocasión para subrayar algunas dimensiones latentes:

1. la eclesialidad del signo eucarístico: sentido de la comunión y de la centralidad del bautismo
2. su dimensión cultural: diakonía, su proyección en el mundo, el testimonio de la santidad eucarística
3. Y sobre todo a la dimensión mística de la celebración y la vida del sacramento: misterio, recuperación del sentido de lo sagrado y sus signos


1. Comunión

La eucaristía es misterio de comunión porque realiza en el mundo el plan de la comunión trinitaria. La Eucaristía es principio causal de la Iglesia, la que a su vez es ícono de la trinidad en el mundo, la visibilidad del Dios Trino para los hombres.

La eucaristía realiza a la Iglesia en tanto que la Iglesia realiza el signo eucarístico. El Papa Benedicto ha insistido en la primacía de la gracia como don ofrecido de la iniciativa divina que funda este círculo vital.

Por tanto, en la sugestiva correlación entre la Eucaristía que edifica la Iglesia y la Iglesia que hace a su vez la Eucaristía,(33) la primera afirmación expresa la causa primaria: la Iglesia puede celebrar y adorar el misterio de Cristo presente en la Eucaristía precisamente porque el mismo Cristo se ha entregado antes a ella en el sacrificio de la Cruz. La posibilidad que tiene la Iglesia de « hacer » la Eucaristía tiene su raíz en la donación que Cristo le ha hecho de sí mismo.

¿De qué manera repercute en nuestra conciencia personal este carácter comunitario que nace del sacramento?

Sabemos que en la misa hay diferentes presencias de Cristo, en su palabra, en las especies eucarísticas, en el sacerdote, pero el primer signo de la presencia del resucitado lo constituye la misma asamblea de los fieles, su cuerpo místico.

De hecho hay una eplíkesis sobre la asamblea, después de la epíklesis sobre las ofrendas: que el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos... (II) que el nos transforme...(III).

Al celebrar la eucaristía somos congregamos por la fuerza y bajo el poder del Espíritu, él mismo que interviene en la consagración del pan y del vino y el que actuó en la encarnación del Verbo: el Espíritu te cubrirá con su sombra...

La eucaristía crea esta comunión en Cristo, que tiende a su expansión más allá de la celebración, nos hace instrumentos de comunión y de fraternidad. Nos trasciende con su fuerza congregante, nos inquieta, nos mueve hacia el encuentro y la comunión.

De hecho, según san Juan, se permanece en Cristo en la medida en que se permanece en sus hermanos. Y también: Donde dos o más se reúnen en mi nombre, allí...

Esta comunión en Dios, traspasa las fronteras humanas espaciales y temporales, tiende y realiza la communio sanctorum, unidos para siempre en el cuerpo de Cristo, más allá de la muerte, hacia la plenitud de la comunión en la eternidad, cuando Dios será todo en todos.

Esta eucaristía en el tiempo es anticipo de aquella comunión beata y eterna, y es al mismo tiempo remedio a la falta de comunión en el mundo, a toda cerrazón a los demás o frialdad.
La eucaristía regalándonos la fraternidad del Señor comunicada por la gracia, tiene un efecto sanador, restaurador de las heridas de la comunión. Al participar en la misa, salen a la luz mis dificultades para ser hermano de los demás, mis prejuicios, temores y desconfianzas ante los demás. No son cosas que se borran con una simple buena voluntad, pero la eucaristía me las denuncia para redimirme.


Por esto, resulta un antisigno eucarístico la actitud del fiel que se cree isla y viene a su misa (ojalá rapidito y cortito), una herejía contra la eucaristía, una incomprensión garrafal del sentido de la comunión.
Al comulgar sacramentalmente el cuerpo y la sangre del Señor, comulgo todo su cuerpo que es la Iglesia.
Hay entonces actitudes eucarísticas que revelan la genuina piedad y devoción eucarística: nada menos que, los signos del amor fraterno, del querer salir al encuentro de los demás y darse como el Señor se nos ha dado. Ese es el sello auténticamente cristiano del culto, su completa originalidad sobre el paganismo.
Podemos decir que el amor fraterno es la belleza específica de la eucaristía, es también lo que percibimos en lo que muchos piden cuando se habla de querer una iglesia más cálida y acogedora, pues son cualidades profundamente eucarísticas.

2. Diakonía

Si la eucaristía es signo sacramental de la caridad de Cristo y de su cuerpo total, es también signo de servicio de aquel que da la vida. De aquí se sigue la dimensión de diakonía o de servicio desde los orígenes ligada a la celebración de la misa, basta a asomarse a las celebraciones de las primeras comunidades cristianas testimoniadas por el libro de los Hechos.
En este sentido cada eucaristía es una escuela de misericordia y de apertura del corazón a las necesidades de los demás. Nuestra comunidad se encuentra actualmente comprometida en un gran proyecto: la construcción de un templo en Batuco, y podemos decir que se trata de un gran proyecto eucarístico, mucho más que solidaridad es expansión de la eucaristía. También la comunidad ha podido realizar otras campañas de ayuda, pero siempre vinculadas a la eucaristía; los micrófonos para difundir la Palabra de Dios, los tabernáculos para adorar su presencia. Tenemos una tarea permanente y nos alegramos de encontrar tantos deseos y proyectos de ayuda a otras comunidades de Iglesia. Esto es auténtica piedad eucarística.

Por eso podemos decir que de la eucaristía fluye una cultura eucarística, un modo de vincularnos y vivir eucarísticamente. Por cierto, son muchas sus dimensiones que podríamos explicitar, desde los gestos eucarísticos hasta los grandes contenidos eucarísticos como el perdón y la expiación.

A partir de esto me puedo hoy preguntar

¿Cuál es mi cultura? ¿Cuáles son mis convicciones éticas fundamentales?

¿De qué manera mi cultura es eucarística, se mueve por los criterios de la eucaristía?

Eucaristía es acción de gracias, ofrenda y comunión, sacrificio y presencia.

3. Misterio

Al final dejamos la dimensión mística, que denota el carácter sagrado de nuestra celebración eucarística. Esta dimensión se encuentra de frente a una cierta mentalidad contemporánea de corte secularista y reduccionista.

La eucaristía es una realidad deslumbrante en belleza y verdad. Es el amor glorioso que se hace patente en nuestra realidad humana. Es un Tabor sobre la vida. Así es misterio: realidad excesiva para nuestros límites humanos.

Pero lo más misterioso no es lo numínico impersonal, lo sagrado en abstracto; misterio en el mundo cristiano es participación. Ahí radica la dimensión de misterio, en que esta realidad sobreabundante de gracia y amor divino nos alcanza personalmente para transformarnos.

Por tanto, misterio significa esperanza para el corazón. Que nunca está dicha la palabra final sobre nadie, o mejor, que la palabra final es la vida y su antesala, el perdón.

De esta manera la categoría misterio no se encierra en el culto, ni en el sentido de lo sagrado, antes bien, misterio es la cualidad propia del bautizado, diríamos su atmósfera natural, aquel que ha sido sumergido en la muerte de Cristo y ha resucitado con Él a una vida nueva. Toda nuestra vida consagrada a la Trinidad, hasta en sus detalles más ínfimos, irradian misterio: Dios con nosotros.

En muchas ocasiones vemos una pérdida del sentido de lo sagrado, incluso en los creyentes. Antes no se hablaba al interior de un templo o a lo más se susurraba, hasta la manera de vestirse marcaba una diferencia (¡ni hablar de los celulares!). Pero, tal vez, antes del sentido de lo sagrado, hemos perdido el sentido del respeto. Y no se trata de una mojigatería o una mera formalidad, sino del ejercicio de una exquisita caridad.

Hoy queremos ser auténticos y tratar las cosas divinas de modo familiar, sin artificios; eso es un gran valor, pero son actitudes que no se dan sin el humilde respeto. Y no sólo a Dios y las cosas de Dios, el humilde respeto de todos los días a todas las cosas y a todas las personas. Y eso tiene que ver con el misterio.

El respeto es el fundamento de la contemplación. De vivir atentos a la vida que nos rodea, al regalo de todas las cosas: vivir contento, Señor, contento. La contemplación como actitud ante el misterio es ante todo admiración y asombro ante todas las cosas. Y esta es una actitud que funda el gozo profundo. Por eso hay una relación intrínseca entre el respeto y la alegría. La falta de respeto engendra la indiferencia, la violencia y finalmente la tristeza.

Tenemos tanto que admirar de Dios en todas las cosas, en todas las personas, tenemos tanto que respetar de Dios, tenemos tantos motivos para exultar de gozo.

Las viejas virtudes humanas siempre irán de la mano de las actitudes novedosas de los creyentes. Hay que confiar en la fuerza pedagógica de aquellas virtudes.

En la eucaristía experimentamos el extremo respeto de Dios por sus hijos; viene hasta nosotros de un modo comprensible, como el último, como el servidor de todos, así lo vimos el jueves santo. No se nos impone, a pesar de ser la verdad y la autenticidad en persona. No nos avasalla ni nos obliga teniendo todo el poder. Este respeto de Dios funda nuestro respeto y nos educa. Educar para el respeto es educar para el misterio.

Comunión, servicio y misterio, tres dimensiones eucarísticas, tres dimensiones de la auténtica piedad eucarística, tres caminos para el desarrollo de una verdadera cultura cristiana que desarrollar y ofrecer al mundo, tres baluartes de humanidad transfigurada.

Espiritualidad y cultura eucarística

SC 77. Es significativo que los Padres sinodales hayan afirmado que « los fieles cristianos necesitan una comprensión más profunda de las relaciones entre la Eucaristía y la vida cotidiana. La espiritualidad eucarística no es solamente participación en la Misa y devoción al Santísimo Sacramento. Abarca la vida entera ».(216) Esta consideración tiene hoy un particular significado para todos nosotros. Se ha de reconocer que uno de los efectos más graves de la secularización, mencionada antes, consiste en haber relegado la fe cristiana al margen de la existencia, como si fuera algo inútil respecto al desarrollo concreto de la vida de los hombres. El fracaso de este modo de vivir « como si Dios no existiera » está ahora a la vista de todos. Hoy se necesita redescubrir que Jesucristo no es una simple convicción privada o una doctrina abstracta, sino una persona real cuya entrada en la historia es capaz de renovar la vida de todos. Por eso la Eucaristía, como fuente y culmen de la vida y de la misión de la Iglesia, se tiene que traducir en espiritualidad, en vida « según el Espíritu » (cf. Rm 8,4 s.;. Ga 5,16.25). Resulta significativo que san Pablo, en el pasaje de la Carta a los Romanos en que invita a vivir el nuevo culto espiritual, menciona al mismo tiempo la necesidad de cambiar el propio modo de vivir y pensar: « Y no os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que agrada, lo perfecto » (12,2). De esta manera, el Apóstol de las gentes subraya la relación entre el verdadero culto espiritual y la necesidad de entender de un modo nuevo la vida y vivirla. La renovación de la mentalidad es parte integrante de la forma eucarística de la vida cristiana, « para que ya no seamos niños sacudidos por las olas y llevados al retortero por todo viento de doctrina » (Ef 4,14).

Finalizamos con una oración a al Virgen

 

 



   



 


Autor: Pbro. Juan Francisco Pinilla
Retiro sábado Santo 2007, Parroquia María Madre de la misericordia

SE PUEDE usar este material con toda libertad, citando la fuente.




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