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La verdadera libertad


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Ofrecemos este primer artículo del libro ¿ERES REALMENTE LIBRE? cuyo autor es P. ÁNGEL PEÑA O.A.R. Es una obra pastoral y pedagógicamente de calidad para trabajarlo en escuelas, liceos y parroquias.

INTRODUCCIÓN ¿ERES REALMENTE LIBRE?


El tema de la libertad es muy amplio, pero no queremos meternos en cuestiones filosóficas, que harían el libro muy abstracto. Queremos solamente trazar algunas pinceladas sobre el tema concreto de la libertad en el hombre común y corriente de nuestros días. Hay muchos que creen ser libres, porque hacen lo que quieren, pero ¿es eso verdadera libertad? ¿Es libre el drogadicto que no puede dejar la droga? ¿Es libre el que solamente busca placeres y comodidades, sin cumplir sus obligaciones de cada día?

Hay muchas cosas que se pueden decir sobre la libertad; pero, especialmente, nos referiremos a la libertad del corazón. A esa libertad que nada ni nadie nos puede quitar, aunque nos encierren en una cárcel. Un hombre puede ser verdaderamente libre, aunque le quiten algunos de sus fundamentales derechos humanos como el derecho de opinar o de practicar su religión.

Y tú, ¿eres realmente libre? ¿Libre de tus egoísmos y de tus envidias? ¿Libre de rencores o pasiones? Solamente Cristo te puede hacer verdaderamente libre. Solamente en Él encontrarás la verdadera libertad del espíritu. Jesucristo cuenta contigo para ayudar a tus hermanos para que sean libres de cualquier esclavitud, que los pueda empequeñecer y hacer menos humanos y menos felices. ¿Qué has hecho hasta ahora?

Dedico este libro a todos los que tienen el corazón inquieto y buscan la verdad, la libertad auténtica y la felicidad. Jesús les enseñará el único camino para conseguirlo: el camino del amor. El verdadero amor nos lleva a la libertad y a la felicidad, mientras que el egoísmo nos lleva a la esclavitud de las pasiones y a la infelicidad. ¿Cuál escoges?

No olvides que Jesús te ama y te necesita, y espera tu respuesta de amor.

Temas que trata este primer capítulo.

PRIMERA PARTE: LA VERDADERA LIBERTAD
Libertad. Libertad y democracia.
Libertad y comunismo. El relativismo.
La tolerancia. Libertad y responsabilidad.
Amor y libertad.

 




PRIMERA PARTE:             LA VERDADERA LIBERTAD

 

La más grande desgracia que le puede suceder a un
hombre es no ser útil para nadie y que su vida no sirva 
para nada
 
(Raúl Follereau)

 


En esta primera parte, vamos a ver en qué consiste la verdadera libertad para aclarar conceptos, pues muchos creen que libertad es hacer siempre y en todas partes lo que desean, de acuerdo a sus gustos y caprichos. Pero libertad es algo más grande y más profundo. Libertad es la capacidad de amar, pues sólo amando de verdad encontraremos el sentido de nuestra vida y podremos ser felices, pues Dios nos ha creado por amor y para amar.

 


LA LIBERTAD

 

En la cultura moderna aparece la libertad como el derecho básico y fundamental de todo ser humano. Pero ¿qué es la libertad? ¿Qué es lo que queremos decir en realidad, cuando exaltamos la libertad y la colocamos en el peldaño más alto de nuestra escala de valores? Marx expresó su deseo de libertad así: hacer hoy esto, mañana aquello, ir de caza por la mañana, de pesca después de comer, dedicarse a la cría del ganado por la tarde, discutir después de la cena, según las ganas que tenga en aquel momento .

Para la mayoría de la gente común y corriente, libertad es algo parecido a lo que dijo Marx; lo entiende como un derecho a hacer todo lo que desee en cada momento y no tener que hacer lo que no le gusta. Según esta mentalidad, libertad sería la voluntad de hacer o dejar de hacer cada uno lo que crea conveniente en cada instante. Pero entonces, ¿qué ocurre cuando mi libertad choca con la libertad de los demás? ¿Acaso mi deseo de hacer algo o dejar de hacerlo es mejor que el de los otros? ¿Puedo cantar en plena calle a las tres de la mañana, sin respetar el deseo de dormir de los demás? ¿Puedo violar algunas normas sociales establecidas, porque no me gustan? ¿Puedo dejar de cumplir las leyes, porque no estoy de acuerdo?

Quien entienda la libertad como una liberación de las normas y leyes, está equivocado. Siempre debe haber leyes y normas en una sociedad civilizada. La libertad absoluta es una utopía, que destruye la persona y la sociedad, pues sería el reino de la irresponsabilidad y de la anarquía, sin orden ni concierto. Debe haber un mínimo de normas establecidas para todos y hay que garantizar un mínimo de derechos a todos los ciudadanos. Derechos, que no sean producto de acuerdos, sino que estén basados en la misma naturaleza humana y que sean universales para todos los hombres sin excepción.

En la declaración universal de los derechos humanos de la ONU de 1948 se dice que estos derechos pertenecen al hombre por naturaleza y que los Estados no los dan sino que los reconocen. Sin embargo, al no hacer referencia a Dios, esos derechos pueden no ser reconocidos por quienes consideran que el Estado, o la mayoría, puede quitárselos a quienes no actúan en bien del mismo Estado o de las mayorías del país. De esta manera, los regímenes nazi y comunistas no han tenido inconveniente en eliminar estos derechos de las personas por un fin superior. Y los que tanto hablaban de libertad, crearon los sistemas de esclavitud más grandes de la historia, con millones de muertos.

La verdadera libertad debe estar basada en Dios, autor de la naturaleza humana. Él nos pedirá a todos cuentas de nuestros actos. Por eso, dice el Catecismo de la Iglesia católica que la libertad alcanza su perfección, cuando está ordenada a Dios, el supremo bien (Cat 1744).

Dios ha creado la naturaleza humana y nosotros llevamos la dignidad en nuestro ser humano, nadie puede conceder o eliminar los derechos humanos. Provienen de Dios, porque somos sus hijos. Y estos derechos no se pueden suprimir, aunque el ser humano esté limitado o disminuido por enfermedades físicas o sicológicas. Sus derechos son inviolables e inalienables. Nadie, ni siquiera el Estado, puede modificarlos o eliminarlos, pues tales derechos provienen directamente del mismo Dios. Pero los que no creen en Dios, ¡qué fácilmente los pasarán por alto y aceptarán el aborto; o la eutanasia, como hizo Hitler con los enfermos terminales, porque eran económicamente inútiles! Por todo ello, podemos decir, con la fuerza de la verdad, que la libertad, para ser auténtica, debe estar basada en la verdad del ser humano como hijo de Dios. El Papa Juan Pablo II decía: No hay libertad fuera o contra la verdad. Por eso, la defensa categórica de las exigencias absolutamente irrenunciables de la dignidad personal del hombre, debe considerarse camino y condición para la existencia misma de la libertad (Encíclica Veritatis splendor Nº 96).

 


LIBERTAD Y DEMOCRACIA

 

Para muchos de nuestros contemporáneos, hablar de democracia es hablar de los derechos de la mayoría, como si la verdad pudiera imponerse por la fuerza de los votos. Para los demócratas, no existe más verdad ni más bien que lo que aprueba la mayoría. Para ellos, lo que acepta la mayoría es la verdad y es lo bueno. No importa, si la mayoría acepta encarcelar o perseguir a ciertas personas, o les priva de ciertos derechos fundamentales por ser personas ilegales. Seguramente, Hitler tenía sus razones para matar a los judíos y gitanos, y a todos los que se opusieran a su régimen. Pero la voluntad de un hombre o las leyes de un Estado no pueden hacer bueno lo que es objetivamente malo.

Es absurdo que el principio de la mayoría sea la fuente de la verdad y del bien, pues lo que hoy puede ser bueno, mañana puede ser malo; simplemente, porque la sociedad cambia de opinión. Y el bien y la verdad son principios básicos que no pueden cambiar a gusto de los ciudadanos de cada país. Por eso, la democracia que, a veces, se quiere imponer por la fuerza del poder o de los votos, no puede llevar a la verdadera libertad; pues podría perjudicar a grupos minoritarios, que estarían siempre en inferioridad de condiciones y verían mermados sus derechos.

Otro punto que podríamos tratar es hasta qué punto son libres las elecciones democráticas. ¿Acaso los medios de comunicación masivos no manipulan a las mayorías de acuerdo a sus conveniencias? ¿Acaso no hay muchos intereses creados en los partidos políticos, que quieren gobernar a toda costa? ¿Acaso la mayoría de votos puede hacer de una mentira una verdad, o de una cosa mala una cosa buena?

Veamos un ejemplo: el aborto. Primero, los defensores de la libertad decían que había que aceptar el aborto para evitar abortos clandestinos y la muerte de muchas madres por esta causa. Luego quisieron legalizar el aborto en ciertas condiciones: por violación, peligro de muerte para la madre o cuando el niño iba a nacer enfermo. En algunos países, lo aceptan por razones sociales, si los padres no tienen suficientes medios económicos. Y ahora ya hablan de que es un derecho de la mujer, que puede abortar, cuando quiera. Ya Bernard Nathanson, el famoso rey del aborto, que realizó miles de abortos, y después se convirtió al catolicismo, hablaba de las mentiras en las campañas de concientización a favor de la legalización del aborto. Dice: Nuestra línea de conducta favorita era achacar a la Iglesia católica cada muerte producida por abortos caseros. Se daban cada año unas 300 muertes por abortos delictivos, en los años sesenta, en USA, pero se afirmaba que tenían datos que apoyaban la cifra de 5.000 abortos .

Así, con engaños y falsificación de datos, se consiguió la legalización del aborto en USA, al igual que ha ocurrido en otros países. Pero ¿acaso el aborto por ser legal es automáticamente bueno? La mujer que aborta, ¿decide sobre sí misma o sobre la suerte de otro ser a quien no quiere conceder ninguna libertad? ¿Por qué se opone a la libertad del hijo por nacer? ¿Cómo puede ser libertad algo que va exactamente a eliminar la libertad de otro? ¿Se puede ser libre para matar a otro?

 

La ciencia genética ha demostrado que, desde el primer momento de la concepción, el nuevo ser es un individuo distinto de la madre y tiene ya programadas todas las características que tendrá después; solamente hay una diferencia de desarrollo. Y, si es un individuo humano, ¿cómo no va a ser también una persona con derechos fundamentales? ¿Quién es el que decide quién tiene derechos o cuándo empiezan y para quiénes? Para quienes no creen en Dios, quien decide en último término será el Estado, y ya hemos visto por la experiencia de la historia a qué clase de totalitarismos y de intolerancias se llega para imponer las propias ideas por el bien de la nación. Por eso, como diría el Papa Benedicto XVI: La raíz última del odio y de todos los ataques contra la vida humana es la pérdida de Dios. Cuando Dios desaparece, desaparece también la dignidad absoluta de la vida humana .
Veamos otro caso: el matrimonio. Primero, los grupos promotores de la libertad atacaron la indisolubilidad, declarando que debía aceptarse el divorcio legal; aunque el ideal, decían, era el matrimonio de por vida. Después, dijeron que el matrimonio era un simple contrato y que, por tanto, podía ser revocado y que el divorcio era algo normal y no una excepción.

 

Ahora quieren equiparar el matrimonio a otras uniones como las homosexuales, incluso, con derecho a adoptar niños. Y hablan del derecho a tener hijos sin relaciones sexuales en vientres alquilados, con fecundación in vitro, clonación... Así quieren que desaparezca el matrimonio como tal y que cada uno pueda disponer de su cuerpo y tener relaciones sexuales, cuando quiera y con quien quiera, sin compromiso alguno.

En resumidas cuentas, la democracia no lleva necesariamente a la libertad. Ni todo lo que sea legal y aprobado por la mayoría, es necesariamente bueno, pues la verdad y la bondad no dependen de lo que dice la mayoría, ni de las teorías pasajeras que se suceden en la historia.

 


LIBERTAD Y COMUNISMO

 

A principios del siglo XX, surgió el comunismo como la solución a todos los males del mundo. Decían que todos iban a poder disfrutar de una buena vida, porque todos los bienes serían de todos y no habría ricos ni pobres. Todos tendrían garantizado el trabajo y la libertad para desarrollarse de acuerdo a sus posibilidades, porque el Estado sería como un padre bueno que daría a cada uno lo más conveniente. Así el mundo sería un verdadero paraíso comunista: todo de todos y todos unidos sin odios ni divisiones. Parecía demasiado bello para ser real. Y ya hemos visto a dónde hemos llegado con el comunismo: al sistema social más totalitario y represivo que jamás hubiéramos podido imaginar. Al quitar a Dios de en medio, quitan también la dignidad humana y los derechos humanos, pues el Estado es el que puede decidir sobre la vida y la muerte de los individuos, que son solamente peones automáticos del sistema totalitario al servicio de los que detentan el poder.

El Estado es el que dice lo que hay que hacer o evitar y, por tanto, se suprimen la libertad de prensa, la libertad de opinión y, en general, todas las libertades fundamentales del ser humano. Veamos en concreto el caso de China en el aspecto de la natalidad.

En los últimos 25 años, el gobierno chino ha implantado una feroz política demográfica de un solo hijo por familia, eliminando por el aborto a millones de niños y teniendo un efecto negativo sobre el futuro del país. La política de un solo hijo se aplica, especialmente, a los trabajadores del gobierno y a los que viven en las zonas urbanas, pues en el campo hay un poco más de flexibilidad.

El problema es que el gobierno chino está aboliendo sin contemplaciones la libertad individual de las personas, al obligar a los padres con dos hijos a ser esterilizados y a las mujeres embarazadas del tercer hijo a abortar. Para los que no cumplen estas normas se pueden aplicar penas de cárcel o imposición de multas importantes, incluyendo confiscación de bienes o despido del trabajo.

El resultado de esta planificación obligatoria contra toda libertad humana, es la eliminación de millones de seres humanos por el aborto directo y dispositivos intrauterinos abortivos. También se da algo muy grave, el aborto selectivo. En China nacen 119 niños por 100 niñas, cuando lo normal puede ser 102 por 100. Esto se debe al poco aprecio que tienen de la mujer, considerada como persona de segunda categoría. Estos abortos selectivos son facilitados por la utilización de imágenes de ultrasonido para identificar el sexo de los bebés por nacer.

Otra consecuencia negativa de esta política es que, al haber escasez de mujeres, en muchos lugares se están dando ya secuestros o tráfico de mujeres para el matrimonio y, según algunos analistas, esto podría ser una amenaza para la estabilidad del país en los próximos años. Otra consecuencia negativa de esta política es que, al haber pocos nacimientos, hay un envejecimiento progresivo de la población y los hijos únicos tendrán que atender a sus ancianos padres; lo cual será un problema social, dado que en China no hay un adecuado sistema de pensiones para los ancianos, que dependen de su único hijo.

En conclusión, la imposición obligatoria por el Estado de esterilizaciones masivas y de millones de abortos para tener un solo hijo, es un atentado contra la libertad que, como en muchas otras cosas, parece normal en el paraíso comunista, donde nadie puede protestar bajo pena de ser encarcelado o despedido del trabajo... Por eso, Amnistía internacional ya ha levantado su voz contra esta política obligatoria de control de natalidad, que viola los derechos humanos de los hijos de Dios .

En Europa se ven también las consecuencias de la legalización del aborto en el envejecimiento de la población y en la necesidad de importar mano de obra con inmigrantes, con todas las consecuencias que esto trae.

 

EL RELATIVISMO

 

Otra corriente no menos perniciosa es el relativismo. Según esta teoría, todo es relativo. No hay verdades absolutas ni principios universales e inmutables. El relativismo aplica equivocadamente a la moral la teoría física de la relatividad, que establece que el tiempo y el espacio es relativo y que los valores dependen del sistema de referencia. Por eso, dicen, no hay arriba ni abajo, derecha o izquierda. En último término, lo válido depende del punto de vista personal, de acuerdo a los criterios personales. Todo se basa en la propia conciencia que, para muchos, es la norma suprema e infalible. Y rechazan cualquier ingerencia exterior como la Moral o Ética de la Iglesia, que, para ellos, es una Institución intolerante por querer imponer sus propias ideas y valores, cuando todo es relativo y depende de las opiniones personales.

Para estos relativistas, no hay valores absolutos y, por eso, no creen en nada ni toman nada en serio, pues tomar algo en serio, sería creer en ello y esa creencia crearía intolerancia para los que no lo aceptan. Para ellos, la única certeza absoluta es que todo es relativo. Por tanto, cada uno debe vivir de acuerdo a su conciencia o, dicho con otras palabras, de acuerdo a sus propias ideas personales. A esto se llama la dictadura del relativismo.

Dicen: Nadie tiene derecho a imponer lo que se debe hacer. De ahí que cualquier Institución que quiera limitar la libertad con imposiciones, es vista como intolerante y atrasada, que no debe tener sitio en una sociedad moderna. Y así la califican a la Iglesia. Pero la Iglesia no es una Institución atrasada por hablar de verdades seguras y absolutas, sino una Institución milenaria que, con su experiencia de siglos, puede ser llamada conservadora en el mejor sentido de la palabra, es decir, en cuanto que conserva y guarda para las futuras generaciones las verdades absolutas que Dios nos ha revelado y que podemos conocer por la fe y la razón; pues no hay oposición entre fe y razón, como muy bien decía el Papa Juan Pablo II en la encíclica Fides et Ratio.

Las primeras verdades absolutas que debemos creer es que Dios existe y que Jesucristo, su Hijo, ha venido a la tierra en carne mortal y nos ha salvado con su muerte en la cruz; Jesús es hombre y Dios, y ha fundado la Iglesia para conservar y transmitir las verdades que Él nos ha revelado. Pero, actualmente, hay muchos, incluso dentro de la propia Iglesia, que, por querer parecer modernos, rechazan las interpretaciones oficiales de la Escritura, tal como se ha hecho durante 2000 años, y dicen que todas las verdades son relativas. Ellos son también relativistas, que rechazan la autoridad de la Iglesia e interpretan la Escritura a su manera, negando las verdades más elementales del Evangelio que la Iglesia nos ha transmitido como verdades de fe a través de los siglos, como por ejemplo la resurrección de Cristo.

Por eso, nosotros, para conocer la verdad y no equivocarnos, debemos conocer la doctrina oficial de la Iglesia, contenida en el Catecismo de la Iglesia católica, donde se encuentra el resumen de las verdades de la fe.

En cuanto a la Moral, hay que decir que hay normas morales universales e inmutables que no se pueden cambiar. Lo que ha sido bueno o malo durante milenios, no se puede decir ahora alegremente que no lo es. El Catecismo de la Iglesia católica presenta una serie de comportamientos y actos intrínsecamente malos, que van en contra de la dignidad humana (Cat Nº 2408-2414).

Con relación a este punto, hay que aclarar, como muy bien decía san Agustín, que los actos, que son por sí mismos pecados como el robo, la fornicación, la blasfemia y otros actos semejantes, ¿quién osará afirmar que cumpliéndolos por motivos buenos ya no serían pecados o, cosa más absurda aún, que serían pecados justificados? Y, si alguna vez, es lícito tolerar un mal menor para evitar un mal mayor, nunca es lícito, ni siquiera por razones gravísimas, hacer el mal para conseguir el bien. El fin nunca justifica los medios. Pero también hay que decir que, para que algo sea pecado es preciso que uno sepa que lo que va a hacer u omitir es realmente malo y que quiera hacerlo con pleno conocimiento y libertad.

En la Constitución pastoral Gaudium et spes del concilio Vaticano II, se señalan una serie de actos intrínsecamente malos: Todo lo que se opone a la vida, como los homicidios de cualquier género, los genocidios, el aborto, la eutanasia y el mismo suicidio voluntario; todo lo que viola la integridad de la persona humana como mutilaciones, las torturas corporales y mentales..., los encarcelamientos arbitrarios, las deportaciones, la esclavitud, la prostitución, la trata de blancas y de jóvenes, también las condiciones ignominiosas de trabajo, en las que los obreros son tratados como meros instrumentos de lucro, no como personas libres y responsables; todas estas cosas y otras semejantes son, ciertamente, oprobios que, al corromper la civilización humana, deshonran más a quienes lo practican que a quienes padecen la injusticia, y son totalmente contrarios al honor debido al Creador (Nº 27).

En conclusión, hay muchas verdades seguras y definitivas que podemos conocer, pues Dios nos las ha revelado por Jesucristo. Estas verdades son como luz en nuestro camino y nos llevan a la verdad, a la paz y a la felicidad.

 

LA TOLERANCIA

 

Los partidarios de la libertad absoluta, son igualmente partidarios de la tolerancia total, es decir, que nadie se meta en la vida de los otros, hagan lo que hagan, con tal de que no ofendan ni hagan daño a los demás. Pero ¿qué es tolerancia?

Según el diccionario de la Real Academia Española, tolerancia es el respeto y consideración hacia las opiniones o prácticas de los demás, aunque sean diferentes a las nuestras. Ahora bien, ¿puede haber una tolerancia absoluta?

¿Debe tolerarse la esclavitud, si hay personas que apelan a su libertad para tener esclavos? ¿Debe tolerarse la tortura, porque la policía la considera un medio legítimo para luchar contra la delincuencia o el terrorismo? ¿Deben tolerarse la producción y el tráfico de drogas? ¿Por qué no respetar la libertad de quienes cultivan la droga y luego quieren venderla para poder así ganarse la vida? ¿Se debe tolerar la poligamia en quienes la consideran como una costumbre milenaria y aprobada por su religión o por sus opiniones personales? ¿Debe tolerarse la mentira, los espectáculos pornográficos, la apología del terrorismo, la libertad total de costumbres como las mutilaciones sexuales, que algunos practican a sus hijos, o el nudismo en las playas? ¿Debe haber alguna restricción a la tolerancia?

Evidentemente, aceptar la tolerancia absoluta sería caer en una trampa de desorden social, porque ¿quién podría impedir que un delincuente robe para poder vivir? Por eso, en todas las sociedades civilizadas hay unas leyes y unas normas que regulan la convivencia social. La cuestión está en saber hasta dónde se puede ser tolerante y hasta dónde no.

Voltaire es considerado como el patriarca de la tolerancia. En su tratado sobre la tolerancia, alaba el espíritu tolerante del pueblo romano. Pero, cuando habla de la crueldad de las persecuciones contra los cristianos, las justifica diciendo que eran los cristianos los que se oponían al culto tradicional y, por eso, ellos eran los verdaderos intolerantes. Al referirse a las persecuciones de los japoneses contra los cristianos, igualmente, dice que los intolerantes eran los católicos y, por ello, merecían la muerte. Cuando habla sobre la discriminación que sufrieron durante siglos los católicos en Inglaterra, la justifica y dice: En Inglaterra los católicos no tienen acceso a los empleos públicos y pagan el doble de impuestos; pero, por lo demás, gozan de todos los derechos de los ciudadanos. Pareciera que era un consuelo y una muestra de gran tolerancia el no poder acceder a cargos públicos y tener que pagar el doble de impuestos que los demás.

Voltaire, que justifica todos los atropellos contra los católicos a lo largo de la historia, parece tener un principio claro: ser intolerante con los que él cree que son los intolerantes. Y es que la historia enseña que aquellos que hablan mucho de tolerancia son los más intolerantes. Un adagio muy antiguo dice: Dime de qué presumes y te diré de qué careces. Veamos algunos ejemplos de la Revolución francesa, que comenzó como para liberarse de la religión católica y de las instituciones tradicionales y quiso imponer la libertad y la tolerancia total.

El 13 de abril de 1790, la Asamblea nacional francesa rechazó el catolicismo como religión nacional y el 12 de julio decretó la expropiación de los bienes eclesiásticos. Los sacerdotes y religiosos tuvieron que refugiarse en la clandestinidad y, más de 40.000, fueron deportados o guillotinados. Desde todos los lugares de Francia, cargados en carretas o encerrados en jaulas, eran conducidos, en ayunas, a Burdeos, Brest y Nantes para ser allí embarcados con destino a la Guayana. Tan sólo la mitad, aproximadamente, llegaron con vida al destierro.

El 8 de junio de 1793, mientras el pueblo saqueaba los templos, se entronizaba en ellos a meretrices, como expresión de la diosa Razón. Se abolió el calendario, los nombres de los santos... Las carretas, atestadas de víctimas llevadas a la guillotina, serían un espectáculo incesante y habitual por las calles de París. Pero la cumbre del horror llegaría al aplastar la reacción de los campesinos católicos del territorio de la Vendée. Según Pierre Chaunu, ha sido el primer genocidio sistemático por motivos religiosos. Y lo peor fue que era realizado bajo la bandera de la tolerancia.

Cuenta Hans Graf Huyn que, en La Vendée, fueron violadas las religiosas, y los cuerpos vivos de las muchachas eran descuartizados; se formaron hileras con los niños para ahogarlos en estanques y pantanos; mujeres embarazadas eran pisoteadas en lagares hasta morir y en aldeas enteras murieron miles por beber agua que había sido envenenada. Casi ciento veinte mil habitantes fueron asesinados, arrasadas miles de viviendas e incendiados los bosques y cultivos hasta el punto de que, según el general Turreau, la región quedó convertida en un inmenso cementerio. Todo por haberse opuesto a las nuevas leyes de la Revolución. ¿Dónde estaba la tolerancia que tanto pregonaban?

Por eso, podemos preguntar: ¿Quién puede determinar hasta dónde llega la tolerancia y cuándo se convierte en intolerancia? ¿Se puede aceptar la intolerancia de los llamados tolerantes? Cuando un régimen rechaza a Dios, fácilmente cae en la dictadura y la intolerancia; porque, si Dios no existe, como diría Dostokevski, todo está permitido. ¿Quién puede decir lo que es bueno y lo que es malo? ¿Quién puede poner límites a la intolerancia?

En el fondo, todos estamos de acuerdo en que hay ciertas cosas malas como la esclavitud, el racismo, las guerras. Esto quiere decir que se da por supuesto que hay algunas verdades objetivas, que todos deben respetar. La verdad objetiva existe, no da igual una verdad que otra. Y la verdad no se consigue con la mayoría de votos. La verdad está inscrita en la misma naturaleza humana y en la dignidad del ser humano por ser hijo de Dios. Y, por eso, hay derechos innatos, que todos deben reconocer y respetar. Por tanto, la tolerancia debe garantizar los derechos fundamentales de las personas y evitar toda intolerancia de personas o grupos que, por medios violentos, quieran imponer su verdad, a los demás. Siempre, en todas partes y sin condiciones, debe ser respetada la persona humana en sus derechos fundamentales.

En resumen, tanto el relativismo como la tolerancia absoluta o la irrestricta libertad, son principios negativos que dañan al ser humano y, a la larga, a toda la sociedad. Pues con estos principios se aprueban, actualmente, ciertos derechos, inventados por los sabios modernos, que no están basados en la propia naturaleza humana, como los derechos reproductivos: derecho a poder abortar, a poder tener hijos por medios anormales (clonación, fecundación en laboratorio...), derecho a decidir el género al que uno quiere pertenecer. Ya no se habla de dos sexos, masculino y femenino, sino de géneros y, por tanto, hablan del derecho a usar su cuerpo como sea y con quien sea, fuera o dentro del matrimonio. En una palabra, ya no hay fronteras o prohibiciones morales en cuestión sexual. Y así en otras cosas.

Por ello, el Papa Juan Pablo II decía: Hay algunos sistemas filosóficos que, engañando al hombre, lo han convencido de que puede decidir automáticamente sobre su propio destino y su futuro, confiando sólo en sí mismo y en sus propias fuerzas. Sólo la opción por la verdad será determinante para su realización personal. Solamente en este horizonte de la verdad, comprenderá la realización plena de su libertad y de su llamado al amor y al conocimiento de Dios como realización suprema de sí mismo (Encíclica Fides et Ratio Nº 107).

Sólo con Dios seremos verdaderamente libres y tolerantes con los demás. La religión católica no nos oprime con sus obligaciones morales, sino que nos señala el camino de la verdadera libertad y realización personal, amando a Dios y a los demás.

 

LIBERTAD Y RESPONSABILIDAD

 

Parecen dos términos contradictorios, pero no lo son y, más bien, están íntimamente unidos. No son dos cosas distintas, sino dos aspectos de una misma realidad. Así como una mujer no puede ser madre si no tiene hijos, así la libertad no puede ser auténtica si no tiene responsabilidad. Porque para ser libres debemos ser verdaderamente dueños de nuestros actos. El que es dueño de sus acciones es verdaderamente responsable. Además, ser responsable significa también rendir cuentas de nuestros actos a alguien con quien estamos comprometidos, al menos, implícitamente. Los que no creen en Dios, se creen libres de cualquier control o responsabilidad, pero Dios no deja de existir, porque algunos no crean en Él. Ser responsables significa asumir las consecuencias de nuestras acciones ante nosotros mismos, ante los demás y, en último término, ante Dios.

Un gran siquiatra, Víctor Frankl, decía: El que no cree en Dios, es capaz de creer en cualquier cosa... Las personas que se alejan de Dios y de la religión, buscan con particular ahínco el placer y las diversiones, porque su vida ha quedado vacía y sin sentido .

Precisamente, ésa es la libertad sin responsabilidad, de la que tanto alardean muchos jóvenes, y la que los hace más esclavos de lo que jamás hubieran imaginado. Ellos sólo buscan el placer y la comodidad como metas absolutas de su vida. Vivir bien y disfrutar de la vida es la única razón de su existir. Y muchos de ellos, que buscan el placer sin control, van cayendo en la esclavitud de la droga, del sexo, del alcohol... Hay jóvenes que, para manifestar su libertad ante la sociedad y ser diferentes, sin importarles el qué dirán, se hacen tatuajes extraños, llevan aretes hasta en la boca y en el ombligo, llevan una vestimenta con esqueletos y las cosas más absurdas. Se creen libres, porque dicen estar libres de prejuicios y lo mismo les da presentarse desnudos en una playa nudista, que en grupos por las calles. ¿Son verdaderamente libres? Todo lo contrario, cada día son más esclavos de sus propios sentimientos negativos. Les domina la ira, la envidia, el orgullo, la mentira, la violencia y, a veces, caen en las redes de sectas o grupos esotéricos, que les inculcan las creencias más raras y las conductas más irracionales.

Y así vemos a muchos jóvenes caer y caer en la irresponsabilidad total, pues ya no quieren hacer nada y no tienen respeto de los mayores y menos de sus padres. ¿Eso es libertad? Dice Víctor Frankl: La libertad corre el riesgo de degenerar en arbitrariedad a no ser que se viva con responsabilidad. Por eso, recomiendo que la estatua de la libertad de la costa este de USA, se complete con otra estatua de la responsabilidad en la costa oeste .

Sin responsabilidad no habrá libertad. Y para que haya responsabilidad hace falta amor; pues, como decía J. Gevaerti: el amor es el sacramento de la libertad. En último término, sólo el amor nos hará verdaderamente libres, pues hemos sido creados por amor y para amar en libertad y con responsabilidad.

 

AMOR Y LIBERTAD

 

Jesús dijo: La verdad os hará libres (Jn 8, 32). Y la gran verdad y la máxima verdad es que Dios es Amor (1 Jn 4, 8). Por eso, podemos decir que el amor nos hará libres. Sólo el amor da sentido a nuestra vida y nos hace realizarnos como personas, pues hemos sido creados por amor y para amar. El amor es el constitutivo esencial de nuestro ser más profundo. Es como decir que hemos sido construidos por Dios con ladrillos de amor. Nuestra alma es una obra del amor de Dios, porque estamos hechos de amor.

Por consiguiente, para que seamos perfectos y felices debemos amar con todo nuestro ser. El que no ama, no conoce a Dios, porque Dios es amor (1 Jn 4, 8). El amor proviene de Dios (1 Jn 4, 7). Es un regalo de Dios.

Pues bien, la libertad es un requisito indispensable para amar. La libertad es la capacidad de amar, pues un amor obligado sería un amor de esclavo y no sería un verdadero amor. Amar sin libertad sería esclavitud, y libertad sin amor es libertinaje. Por eso, si Dios, en su infinita bondad, nos ha dado la capacidad de ser libres para poder amar de verdad, no podemos traicionar esa capacidad que nos ha dado, para ofenderlo y hacernos infelices a nosotros mismos. Eso es, sencillamente, trastocar el plan de Dios y hacernos esclavos. Ya lo decía Jesús: El que peca es un esclavo (Jn 8, 34).

Sin embargo, aunque estemos esclavizados por el pecado, prisioneros del mal uso de nuestra libertad, Jesús nos puede liberar con su amor y su perdón. Dice: Si el Hijo del hombre os libera, seréis verdaderamente libres (Jn 8, 36). La experiencia nos habla de cientos de miles de casos de personas encadenadas por los vicios y las pasiones, que han podido recuperar la libertad con el amor y el perdón de Dios. Por tanto, debe quedar claro que la libertad y el amor van íntimamente unidos.

La libertad es un don y una tarea. Es un don para amar y una tarea para progresar cada día en el amor. Ser libres para amar y amar con libertad. Ya lo decía el Papa Juan Pablo II: La libertad es para el amor. En el mandamiento del amor a Dios y al prójimo encuentra la libertad su plena realización .

San Agustín decía: Cada cual es lo que es su amor . No abuses de tu libertad para pecar libremente, sino úsala para no pecar. Serás libre, si eres libre de pecado y siervo de la verdad . ¿Qué cosa puede haber más gloriosa, hermanos, que ser sometidos y vencidos por la verdad? . Y nosotros podríamos decir: ¿Qué puede haber más hermoso que ser sometidos, vencidos, absorbidos y empapados por el amor de Dios al cien por ciento? Eso sucederá precisamente en el cielo. Un vivir eternamente con el corazón totalmente lleno de amor, lleno de Dios. Entonces, seremos plenamente libres para siempre. Por eso, podemos decir:

El amor de Dios es la máxima libertad . Cuanto más amemos a Dios y a los demás, seremos más libres y más felices. Y en este camino del amor, de la libertad y de la felicidad, dice san Agustín que no hay término. La medida del amor es el amor sin medida (Epist 109, 2).

 


Libertad es la capacidad de amar.
Amar es la libertad en acción.
Sé libre para amar
Ama para ser libre.

 

 



   



 


Autor: LIBRO: ¿ERES REALMENTE LIBRE? P. Ángel Peña O.A.R. LIMA – PERÚ 2007
Imprimatur Mons. José Carmelo Martínez Obispo de Cajamarca

SE PUEDE usar este material con toda libertad, citando la fuente.




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