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La Espiritualidad de San Alberto Hurtado


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La espiritualidad del Padre Hurtado es el camino para llegar a una plena comunión de amor con Dios a través de la colaboración con Jesucristo en su misión redentora. El Padre Hurtado quiere ir con Jesús por los caminos del mundo, instaurando el Reino y haciendo el bien a todos, especialmente a los pobres. Se hace plenamente disponible a Él para esta misión, y por eso se pregunta en las diversas circunstancias de su vida lo que Él hubiera hecho estando en su lugar. Su vastísima y múltiple actividad tienen su razón de ser y su destino en la unión con Cristo que transforma el mundo para entregarlo al Padre.


El Padre Hurtado se ofrece a Dios tal como es: una persona llena de energía, iniciativa y dinamismo, lo que le hace tender naturalmente a la acción. Al mismo tiempo, es muy afectivo y por eso quiere unirse con Jesucristo hasta llegar a identificarse con Él. Quiere darse a Él y a quienes Él ama, darlo todo, dando hasta que duela. La imagen paulina del Cuerpo de Cristo, en el que la misma Vida circula desde la Cabeza y por todos los miembros, expresa lo que desea hacer realidad en su existencia. Estar al servicio de Cristo se transformó en una fuerza incontenible de actividad en bien de los demás.

Por eso es que tuvo esa capacidad tan fuera de lo común de imprimir un sello evangélico a obras tan diversas, a menudo realizadas incluso de manera simultánea. En el campo pedagógico, en la pastoral juvenil, en el apostolado social, en las comunicaciones, dirigiendo espiritualmente, como Ecónomo de Provincia... En todo ello trabajó sintiéndose llamado a colaborar con Jesús y buscando actuar como Él lo hubiera hecho. Sus obras fueron fruto de su entrega a Dios y camino de crecimiento espiritual y comunión con Él. Esto lo convirtió en un renovador de la vida cristiana de su país, cuyas huellas persisten hasta nuestros días.

Su afán de entregarse lo transformó en un soñador por el Reino. Continuamente ideaba proyectos y buscaba mejorar la calidad de su servicio. Pero, con pureza de corazón, lo sometía todo a la voluntad de Dios. Su fidelidad era activa y dialogante, llena de iniciativa y dócil a la vez.

Esto le dio una gran flexibilidad frente a sus propios planes. Así es como pudo asumir con libertad muchas tareas inesperadas. No pensaba estudiar Psicología; no se había preparado para ser Asesor de la Acción Católica; no pretendía crear el Hogar de Cristo; en cambio, propuso repetidas veces dejar de hacer clases en el Colegio para dedicarse a obras sociales... Dios dispuso de otra manera y él lo aceptó con generosidad.

Trabajando por Cristo fue creciendo su conocimiento e identificación con Él. Sirviendo a los pobres cuando era joven, lo conoció como un Dios que pedía justicia; mientras estudiaba, como un Dios que llamaba a compartir su Vida en el Cuerpo Místico; en el momento de su renuncia al cargo de Asesor de la Acción católica, como un Dios que también le invitaba a tomar la cruz; sirviendo a los más pobres en su madurez, como un Dios que se ocultaba aun en las apariencias humanas más repugnantes y que llamaba a transformar a la sociedad para que fuera realmente fraterna. Todo esto fue marcando su vida interior y dando un cariz siempre novedoso a su actividad.

Su oración se fue orientando cada vez más a la unión con Jesucristo. La Virgen María fue su modelo, su compañera y su mayor intercesora en este camino.

La celebración eucarística para él era un momento privilegiado de comunión con Cristo y una fuerza infinita de identificación con Él. Su modo de celebrarla admiraba a la gente. Le impulsaba a servir ya trabajar por Jesucristo aun con mayor entrega y energía.

Se preocupaba de cultivar su formación teológica con una actitud discerniente y constructiva. Para él lo importante no era tanto saber defender la fe, sino comprenderla para enamorarse más aún de Jesucristo y ponerse por completo a su servicio. Este mismo espíritu promovió en la enseñanza de la Religión en los Colegios.

Su crecimiento espiritual fue sostenido. Dejó de lado ciertos ripios, tales como su imagen triunfalista de Jesucristo, y lo siguió en sencillez y humildad. Llegó a amarlo gratuitamente, sin preocuparse de retribuciones. Así pudo crecer en santidad, convirtiéndose en buen instrumento de Dios: porque solamente siendo santos se puede actuar en plena comunión con Jesús y tal como Él lo haría.

El sufrimiento en los momentos de soledad, de cuando debió enfrentar críticas injustas y su actitud ante la muerte, manifiestan que tan hondo y auténtico había llegado a ser su amor. Su frase "Contento, Señor, contento", verdaderamente le venía del corazón.

En la tarea de construir el Reino se sintió unido a la Iglesia entera. A superiores jerárquicos los amó con sinceridad, apoyando su labor con una auténtica disponibilidad. Cuando padeció amargos sinsabores en la Iglesia y la Compañía de Jesús, tuvo una actitud ejemplar, luchando para que se estableciera la verdad, pero sin dar lugar a la ruptura o la crítica destructiva. En todo ello fue auténticamente ignaciano.

Aprecio de modo particular la vocación sacerdotal. La consideraba un medio privilegiado para hacer presente el Reino en la realidades humanas y para divinizar a los hombres. Mostró con su ejemplo que el sacerdote se puede santificar mediante el servicio, cuando lo realiza con comunión con Jesucristo.

Con una apertura poco común para su época trabajó unido a otros sacerdotes y religiosos, porque los sentía compañeros en la misma misión. Cuando las circunstancias lo requirieron (en el Hogar de Cristo), se unió en su acción benefactora incluso a miembros de otras creencias religiosas, lo que entonces era aun más extraño.

Enseñó que también la vocación laical era un camino de santidad. Instó a los laicos a unirse estrechamente a Jesucristo y a ser portadores de su Reino en el medio en que les tocaba desenvolverse. Los llamó a asumir sus responsabilidades en la sociedad y en la Iglesia. A ellos encomendó la dirección de sus obras sociales. Además, les animó a encontrar los medios de santificación propios de la vida familiar.

El Padre Hurtado miraba la realidad del mundo y de los hombres como Jesús, con amor y respeto. Quería hacer suyos los gozos y los sufrimientos de todos para poder servirlos a todos. Lo que tuviera relación con el ser humano le interesaba: se instruía mantenía al día en materias filosóficas, literarias, en las ciencias humanas... Sentía un lazo fraterno que lo unía con todos los seres humanos y quería hacer un aporte útil a la creación de una sociedad en que los hombres realmente vivieran como hermanos.

En su labor apostólica, tuvo una lucidez admirable para dar aportes significativos a la solución de hondos problemas humanos, sin descuidar por ello la atención a las situaciones individuales. Gran parte de su tiempo lo dedicaba a atender personas que pedían ayuda en la portería del Colegio San Ignacio, pero al mismo tiempo trabajaba por transformar la sociedad a la luz del mensaje evangélico. Iba a recoger niños que vivían en la basura, pero los capacitaba después para vivir conforme a su dignidad humana. Con la ASICH pretendió dar instrucción a los obreros y ayudarles a luchar por sus derechos, teniendo como horizonte que la sociedad entera se hiciera más justa. La revista Mensaje tuvo como objetivo iluminar la conciencia cristiana sobre problemas particulares, buscando que esa palabra penetrara la cultura misma. Todas las dimensiones de la vida humana debían quedar inundadas por el amor divino.

Sirviendo a los hombres descubrió lo que se oponía al verdadero desarrollo de la humanidad y lo denunció con penetrante voz profética. Condenó el materialismo y las ideologías que se inspiran en él. Atacó el afán de placer, el hedonismo y la búsqueda desordenada de riquezas. Denunció el mal personal tanto como el social, porque ambos impiden que se realicen los planes de Dios y, por lo tanto, se oponen al bien de la humanidad.

Siendo tan efectivo, el corazón del Padre Hurtado era sacudido de manera especial por el sufrimiento. Por eso se hizo tan cercano a los pobres. Desde su juventud ellos marcaron su vida. Se integró a la política activa para servirlos. Desde el principio de su ministerio sacerdotal mostró que la autenticidad de la fe se ponía en juego ante el sufrimiento ajeno. Los pobres llegaron a ser en su vida no solamente los destinatarios de su actividad, sino una instancia de crecimiento en la fe, porque en ellos descubrió a Cristo. Dócilmente, obedeció a la voluntad que Dios le expresaba a través de su persona y así pudo fundar su obra más conocida, el Hogar de Cristo. En sus últimos años, ellos fueron inspiración para su pensamiento teológico y objeto de su creatividad apostólica y de su caridad.

Todo esto hizo que su lucha por la justicia fuera auténticamente evangélica. No fue una moda pasajera, ni una materia ideológica sobre la cual diera conferencias mientras llevaba una vida cómoda. Al contrario, le obligó a tomar la cruz, a sufrir incomprensiones y ataques y a querer identificarse cada vez más con la suerte de los pobres. Su aspiración era colaborar con Cristo en su misión de aliviar el sufrimiento humano, ejerciéndola al modo de Cristo.

Todas sus actividades se encuentra animadas por un afán de justicia. A través de ellas desea difundir los valores del Reino y hacer que la sociedad se más transparente a la realidad fraternal del Cuerpo de Cristo.

El camino personal del Padre Hurtado, de onda unión con Jesucristo y su Iglesia en la misión de construir el Reino de Dios en el mundo, es una fuente de inspiración para dar hoy un nuevo vigor y buscar nuevas formas de evangelización en América Latina y el mundo. Al mismo tiempo, es un testimonio que estimula y respalda la validez de las opciones que ha tomado la Compañía de Jesús en sus últimas Congregaciones Generales: promover la fe y luchar por la justicia que ella supone (C.G. XXXII, 1974) y consagrar la vida de los servidores de la misión de Cristo (C:G: XXIV, 1995). El Padre Hurtado mostró con su ejemplo que así se puede verdaderamente llegar a ser compañero de Jesús.

La espiritualidad del Padre Hurtado es un camino abierto para todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo que se sientan llamados a la comunión e identificación plena con Jesucristo desde el servicio a su misión de instaurar en el mundo el Reino de Dios.



   



 


Autor: Extracto del libro Su Espiritualidad de Jaime Castellón S.J.
Fundación Padre Hurtado

SE PUEDE usar este material con toda libertad, citando la fuente.




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