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RAOUL FOLLEREAU, Oraciones


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He aquí un cristiano que ora y labora, con una vida dedicada a combatir las diversas lepras del mundo.

Gran comunicador, Follereau no se limitó a lanzar llamamientos al público. Los poderosos tienen la responsabilidad de los grandes males del mundo, de los que la lepra era sólo una manifestación. La mayor responsabilidad de los dirigentes del mundo es la guerra, por eso Follereau los presionó para que pusieran su poder al servicio de la paz. En un cierto momento incitará, especialmente a los jóvenes, a "impedir dormir a los poderosos" inundándolos con peticiones. Su primer llamamiento tuvo lugar en 1944 y consistió en una petición al presidente norteamericano Roosevelt para que "prolongara imaginariamente" la guerra por un día y los millones de dólares que habría costado esa jornada bélica los dedicara a construir la paz. Fue el primero de los "balances de paz" que Follereau lanzaría en el curso de sus campañas. El más célebre de todos fue aquel que tuvo como lema "Dadme dos bombarderos" (1959) por el que pedía a las dos grandes potencias del momento, Estados Unidos y la Unión Soviética, renunciar a un bombardero cada uno y poner su coste a disposición de la batalla contra la lepra. El "método Follereau", como se le llamó, hizo escuela y aún hoy es adoptado en muchas campañas por la paz y la solidaridad internacionales.
 

Con una personalidad que, aún hoy, inquieta y llama al compromiso: "Nadie puede ser feliz a solas". Raoul Follereau nació en Nevers (Francia) el 17 de agosto de 1903 y murió en París el 6 de diciembre de 1977. El encuentro, en 1935, con la experiencia de Charles de Foucauld cambió su vida. 




SI CRISTO, MAÑANA, LLAMASE A TU PUERTA... 

Si Cristo, mañana, llamase a tu puerta, 

¿lo reconocerías?
Será, como entonces, un hombre pobre,
ciertamente un hombre solo.
Será, sin duda, un obrero,
quizá un parado,
o, incluso, si la huelga es justa, un huelguista.
O tal vez irá ofreciendo pólizas de seguros o aspiradoras...

Subirá escaleras y más escaleras,
se detendrá sin fin piso tras piso,
con una sonrisa maravillosa
en su rostro triste...
Pero tu puerta es tan sombría...
Además, nadie descubre la sonrisa de las personas
que no quiere recibir.
"No me interesa", dirás
antes de escucharle.
O bien la criada repetirá como una lección:
"La señora tiene sus pobres",
y de golpe cerrará la puerta
ante el semblante del Pobre,
que es el Salvador.

Será, quizá, un prófugo,
uno de los quince millones de prófugos
con pasaporte de la 0NU;
uno de esos que a nadie interesan
y que van errantes,
errantes por este desierto del mundo;
uno de esos que deben morir,
"porque, a fin de cuentas, no se sabe de dónde vienen
las personas de tal calaña..."
O quizá también, en América,
un negro,
un triste negro,
cansado de mendigar un hueco
en los hoteles de Nueva York,
como entonces, en Belén,
la Virgen Nuestra Señora....

Si Cristo, mañana, llamase a tu puerta,
¿lo reconocerías?
Tendrá un aire abatido,
extenuado.
agobiado como está
porque debe tomar sobre sí
todos los dolores de la tierra...
Y, si le preguntan:
"¿Qué sabes hacer?",
Él no puede decir: "Todo".
"¿De dónde vienes?",
no puede responder: "De todas partes".
"¿Qué pretendes ganar?",
no puede responder: "A ti".
Entonces se alejará,
más extenuado, más agobiado,
con la Paz en sus manos desnudas...

 


ORACIÓN DESDE EL SUFRIMIENTO

Yo había pedido a Dios la fuerza para triunfar;


Él me ha hecho débil para que reconozca el encanto de las pequeñas cosas...


Yo le había pedido la salud para hacer cosas grandes; 


Él me ha dado la enfermedad para que haga cosas mejores...


Yo le había pedido riqueza para ser feliz;


Él me ha dado la pobreza para que sea sensato...


Yo le había pedido el poder para que los hombres contasen conmigo;


Él me ha dado la debilidad para que necesite sólo a Dios...


Yo le había pedido un compañero para no tener que vivir sólo;


Él me ha dado un corazón capaz de amar a todos los hermanos...


Yo le había pedido de todo para gozar de la vida;


Él me ha dado la vida para que goce de todo... 


No he recibido nada de lo que le había pedido;


pero tengo todo lo que podía esperar,


porque aunque diga lo contrario 
Dios

me ha escuchado y soy el más feliz de los hombres...

 


CONCÉDENOS TIEMPO

Dios nuestro, concédenos tiempo.
Impídenos que queramos ir más deprisa de lo que permite

el intenso oleaje de nuestro corazón.

Haz que tengamos paciencia con nosotros mismos,

pues el tiempo actúa a la sombra de nuestras irritaciones;

el tiempo prosigue y cicatriza,

por más que nos moleste su lentitud y nos inquieten sus vaivenes.

Danos tiempo para tomar y para aprender,

pues en modo alguno estamos hechos para vencer sin convencer,

para coger sin habitar, ni para recorrer sin permanecer.

 

Danos la familiaridad que sigue a la curiosidad, y que permite el contacto.

Danos la ternura que acompaña al deseo y que permite el amor.

Danos la constancia que sigue al descubrimiento y que permite la felicidad.

Danos la lentitud que sigue a la brusquedad y que permite la convicción.

Danos tiempo para la aproximación y el afecto.

Danos también tiempo para desprendernos y curarnos,

pues de ninguna manera estamos hechos para la obstinación en el atractivo del despropósito,

de la destrucción y del mal sin más, sufrido o cometido.

Concédenos que demos con el camino de nuestra vidas

en medio de los matorrales de nuestras pasiones y de la grava de nuestros desollones.

Haz que aceptemos que el tiempo de la convalecencia

pase tan despacio como el de la fiebre.

Oh Dios, enséñanos a esperar en el tiempo para nuestras propias vidas y para todo el mundo,

pues tú también usaste el tiempo sin acusarlo.

Tú también caminas lentamente y reconstruyes de generación en generación.

Tienes constancia y anuncias lo que solo se realizará más allá de nuestras maquinaciones.

Tú no eres el encartamiento del instante,

ni la inmutabilidad de la eternidad.

Tú eres la semilla enterrada en la tierra del mundo,

para una cosecha que todavía no ha llegado.

 

Dios nuestro, danos confianza en el tiempo,

en esos días en los que parece que patinamos y retrocedemos.

No te pedimos impaciencia ni pasividad,

te pedimos que la paciencia del tiempo pacifique nuestros corazones.


En nombre de Jesús, que creció en silencio durante treinta años,

que habló con poder durante tres años,

que lo perdió todo en tres días de abandono,

y que lo recuperó todo para todos, ofreciéndonos el tiempo como esperanza.

 

AMÉN



   



 


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