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Los orígenes del universo


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Del libro "El lenguaje de Dios", en que cuenta la búsqueda y el encuentro con Dios, del DR. FRANCIS COLLINS, hemos tomado un tema interesante para nuestro crecimiento.
El autor reivindica que hay bases racionales para un Creador y que los descubrimientos científicos llevan al hombre más cerca de Dios; que Dios actúa, que actúa con libertad, que es capaz de milagros, de verdaderos milagros... entre ellos, LA CREACION DEL UNIVERSO...

FRAGMENTOS DE "EL LENGUAJE DE DIOS", del DR. FRANCIS COLLINS




Los orígenes del universo

Hace más de doscientos años, uno de los filósofos más influyentes de todos los tiempos, Immanuel Kant, escribió: "Dos cosas llenan mi ánimo de admiración y respeto, siempre nuevos y crecientes, cuanto con más frecuencia y aplicación se ocupa de ellas la reflexión: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí". A casi todas las religiones a lo largo de la historia las ha caracterizado un esfuerzo por entender los orígenes y el funcionamiento del cosmos, ya sea como una abierta adoración al sol, la adscripción de la importancia espiritual a fenómenos tales como los eclipses, o sencillamente una sensación de sobrecogimiento ante las maravillas del cielo.

¿Será la afirmación de Kant la reflexión sentimental de un filósofo que no tuvo el beneficio de los descubrimientos de la ciencia moderna, o existe una armonía alcanzable entre la ciencia y la fe en cuestión vital de los orígenes del universo?

Uno de los retos para alcanzar esta armonía es que la ciencia no es estática. Los científicos están constantemente avanzando en nuevos terrenos, investigando al mundo natural de nuevas maneras, excavando más profundamente en territorios en los que el entendimiento es incompleto. Enfrentados con el conjunto de datos que acompaña a un fenómeno intrigante e inexplicado, los científicos construyen hipótesis de los mecanismos que podrían estar involucrados y luego realizan experimentos para probar dichas hipótesis. Muchos experimentos en la vanguardia de la ciencia fallan, y la mayoría de las hipótesis prueban estar equivocadas.

La ciencia es progresiva y se autocorrige: ninguna conclusión errónea o hipótesis falsa importante se puede sostener por mucho tiempo, ya que nuevas observaciones finalmente derriban conceptos incorrectos. Pero durante un periodo de tiempo largo surge un conjunto consistente de observaciones que lleva a un nuevo marco de entendimiento. A ese marco se le da una descripción mucho más sustantiva y se le llama "teoría", por ejemplo, la teoría de la gravedad, la teoría de la relatividad, la teoría germinal.

Una de las esperanzas más atesoradas por un científico es hacer alguna observación que sacuda algún campo de investigación. Los científicos tienen una vena oculta de anarquismo, y esperan algún día salir con algo que trastorne forzosamente el marco mental de su época. Por eso se dan los premios Nobel. Por lo tanto, cualquier supuesto de que pudiera existir una conspiración entre los científicos para mantener viva una teoría muy en boga pero que contuviera serias fallas es completamente antitético de la forma inquieta de pensar de la profesión.

El estudio de la astrofísica ejemplifica claramente estos principios. Durante los últimos quinientos años han ocurrido profundas revoluciones, durante las cuales el entendimiento de la materia y la estructura del universo han sufrido revisiones importantes. Sin duda quedan muchas revisiones delante de nosotros.

Estos trastornos a veces pueden ser desgarradores intentos de lograr una síntesis cómoda entre la ciencia y la fe, especialmente si la iglesia se ha atado a sí misma a una visión previa de las cosas y la ha incorporado a su sistema central de creencias. La armonía de hoy puede ser la discordia del mañana. En los siglos XVI y XVII, Copérnico, Kepler y Galileo (tres grandes creyentes en Dios), propusieron de manera cada vez más contundente que el movimiento de los planetas se podía entender bien sólo si la Tierra giraba alrededor del Sol y no al contrario. Los detalles de sus conclusiones no eran todos totalmente correctos (Galileo cometió un famoso error al explicar las mareas), y muchos en la comunidad científica no estaban convencidos al principio, pero finalmente los datos y la consistencia de las predicciones hechas por las teorías convenció hasta a los científicos más escépticos. Sin embargo, la iglesia católica mantuvo su fuerte oposición afirmando que esta visión era incompatible con las sagradas escrituras. En retrospectiva, es claro que la base escritural de esas afirmaciones era notablemente delgada, no obstante la confrontación se prolongó durante décadas y finalmente hizo un daño considerable tanto la ciencia como a la iglesia.

El siglo pasado vio una cantidad sin precedentes de revisiones a nuestra concepción del universo. La materia y la energía, que anteriormente se consideraban entidades totalmente diferentes, demostraron ser intercambiables a partir de la famosa ecuación de Einstein, E = mc2, (E es energía, m es masa y c es la velocidad de la luz). El dualismo onda/partícula, es decir, el hecho de que la materia tiene simultáneamente características tanto de onda como de partícula, un fenómeno demostrado experimentalmente para la luz y las partículas pequeñas como los electrones, no fue anticipado y resultó asombroso para muchos científicos educados de manera tradicional. El principio de incertidumbre de la mecánica cuántica de Heisenberg, la realización de que es posible medir la posición o el movimiento de una partícula pero no las dos cosas a la vez, creó consecuencias particularmente perturbadoras tanto para la ciencia como para la teología. Quizá más profundamente, nuestro concepto del origen del universo haya sufrido un cambio fundamental en el curso de los últimos setenta y cinco años, con base tanto en la teoría como en la práctica.

La mayoría de las revisiones masivas a nuestro entendimiento del universo material han surgido dentro de círculos relativamente estrechos de investigación académica, y ha permanecido en gran parte fuera de la vista del público en general. Loables esfuerzos ocasionales, como Una breve historia del tiempo, de Stephen Hawking, han intentado explicar las complejidades de la física moderna y la cosmología a un público más general, pero es muy posible que gran parte de los cinco millones de copias impresas del libro de Hawking siga sin ser leída por un abrumado público que encuentra los conceptos de sus páginas demasiado extraños para comprenderlos.

Ciertamente, los descubrimientos en física de las últimas décadas han llevado a percepciones sobre la naturaleza de la materia que están en profunda contradicción con la intuición. El físico Ernest Rutherford comentó hace cien años que "una teoría que no le puedas explicar a un cantinero probablemente no sea buena". Bajo este parámetro, muchas de las teorías actuales sobre las partículas fundamentales de las que está formada toda la materia, más bien salen perdiendo. Entre los muchos conceptos extraños ahora bien documentados experimentalmente, existen cosas como el hecho de que los neutrones y los protones (de los que solíamos pensar que eran las partículas fundamentales del núcleo atómico) en realidad están hechas de seis tipos o "sabores" de quarks (llamados "arriba", "abajo", "extraño", "encanto", "fondo" y "cima"). Los seis se hacen aun más extraños cuando, al describirlos, los científicos dicen que cada uno tiene tres colores (rojo, verde y azul). Los extravagantes nombres dados a estas partículas al menos prueban que los científicos tienen sentido del humor. Un arreglo mareador de otras partículas, desde fotones y gravitones, hasta gluones y muones, crea un mundo tan extraño a la experiencia humana diaria que hacen que muchos no científicos sacudan la cabeza con incredulidad. Sin embargo, estas partículas hacen posible nuestra vida misma. Para aquellos que argumentan que el materialismo debe ser favorecido sobre el teísmo, ya que el materialismo es más sencillo e intuitivo, estos nuevos conceptos representan un reto importante. Existe una variación de la máxima de Rutherford aparentemente conocida como la Navaja de Occam, una atribución mal deletreada al monje y lógico inglés del siglo XIV. Este principio sugiere que la explicación más sencilla para cualquier problema dado es generalmente la mejor. Actualmente, la Navaja de Occam parece haber sido relegada al basurero por los extraños modelos de la física cuántica.

Pero en un sentido muy importante, Rutherford y Occam siguen siendo honrados: por desconcertantes que puedan ser las descripciones verbales de estos fenómenos recientemente descubiertos, sus representaciones matemáticas invariablemente resultan elegantes, inesperadamente sencillas e incluso bellas. Cuando era estudiante de físicoquímica en Yale, recuerdo que tuve una experiencia notable al tomar un curso de mecánica cuántica con el Premio Nobel Willis Lamb. Su estilo de dar clase era avanzar hacia las teorías de la relatividad y la mecánica cuántica desde los principios básicos. Hacía esto enteramente de memoria, pero a veces se saltaba pasos y nos encargaba a nosotros, sus asombrados estudiantes y admiradores, llenar lo que faltaba antes de llegar a la siguiente clase.

Aunque finalmente me pasé de la física a la biología, esta experiencia de derivar ecuaciones universales sencillas y bellas para describir la realidad del mundo natural me dejó una profunda impresión, particularmente porque el resultado final tenía un atractivo estético. Esto propone la primera de varias cuestiones filosóficas sobre la naturaleza del universo físico. ¿Por qué se debe comportar la materia de ese modo? En la frase de Eugene Wigner, ¿cuál podría ser la razón de la "poco razonable efectividad de las matemáticas"?1
¿Es esto meramente un feliz accidente, o en realidad refleja alguna profunda revelación en la naturaleza de la realidad? Si uno está dispuesto a aceptar la posibilidad de lo sobrenatural, ¿se trata también de una introspección en la mente de Dios? ¿Estaban Einstein, Heisenberg y los demás encontrando a la divinidad?

En las frases finales de Una breve historia del tiempo, al referirse al esperado momento en que una elocuente y unificada Teoría del Todo se desarrolle, Stephen Hawking (que no es muy dado a las reflexiones metafísicas) dice: "Entonces todos, filósofos, científicos y la gente común, podremos participar en la discusión sobre la pregunta de por qué existimos nosotros y el universo. Si encontramos respuesta a eso, será el triunfo final de la razón humana, porque entonces conoceremos la mente de Dios".2 Estas descripciones matemáticas de la realidad, ¿son señales que apuntan hacia una inteligencia superior? ¿Son las matemáticas, junto con el ADN, otro lenguaje de Dios?

En verdad, las matemáticas han guiado a los científicos directamente a algunas de las preguntas más profundas de todas. La primera de ellas, ¿cómo empezó todo?  (Se continúa en el artículo sobre el big band). 

Tomado del libro, PARTE DOS LAS GRANDES PREGUNTAS DE LA EXISTENCIA HUMANA, Capítulo 3 Los orígenes del universo.



   



 


Autor: DR. FRANCIS COLLINS
Fragmentos del libro "El lenguaje de Dios"

SE PUEDE usar este material con toda libertad, citando la fuente.




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