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Filosofía y fe católica: VI. Hacia el sentido de la vida


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Índice (En este sexto artículo aparecen los títulos con negrita).

I. Sabiduría humana y cristiana

1. El amor a la sabiduría.
2. La cruz como punto de encuentro entre la razón y la fe.

II. Verdad y conocimiento

1. El sentido de la lógica: Fuera y dentro del mundo.
2. La verdad no siempre es evidencia.
3. Conocimiento racional y conocimiento intuitivo.

III. Moral y protección de la vida humana

1. Imperativos morales absolutos.
2. Respetar la vida humana.

IV. Tú y los demás

1. La originalidad.
2. Unidad en la pluralidad.
3. Ser querido.

V. Familia y cuestiones sociales

1. Amor, familia, identidad
2. La familia como raíz de identidad.
3. Trabajar y disfrutar
4. Sociedad, valores y cristianismo.
5. El laicismo contra los laicos.

VI. Hacia el sentido de la vida

1. La vida como regalo.
2. Ser y seres.
3. Vida y misterio.
4. Alegría en la verdad.

VII. Felicidad y vida en Cristo

1. La felicidad redimida.
2. La experiencia del perdón.
3. Meditación y oración.
4. Casa de los hombres y Casa de Dios.
5. Muchos en uno: La Eucaristía.
6. Generosidad y apostolado.
7. Matrimonio y celibato por el reino




VI. Hacia el sentido de la vida

1. La vida como regalo

"Se trata de que no se vaya el santo al cielo sino que venga el cielo al santo". Esta frase la decía un buen amigo en la mesa, señalando un magnífico postre en un día de fiesta.¡Cuanta razón tenía!

Hoy parece que se ha acentuado el afán de disfrutar. Muchos buscan una auténtica cultura del "éxtasis", un empeño por gustar sensaciones fuertes, potenciado y extendido por capitalismos mediáticos publicitarios. Es lógico querer pasarlo bien; sin embargo el problema está en que curiosamente no se sabe vivir bien . Las prisas, la búsqueda del éxito y del dinero rápido, la aceleración como modo de vida puede que no sea, en el fondo, más que una huida hacia delante.

La exaltación de las emociones nocturnas no da respuesta a la realidad del trabajo cotidiano. Se vive con cierta histeria una única realidad en la que no se encuentra la unidad de sentido de la vida. Y esto se debe, como afirma Alfonso Aguiló , a que se busca la felicidad donde no está y se ignora que para ser feliz lo que hay que modificar no es tanto lo de fuera sino lo de dentro de uno mismo.

Reflexionar en que uno ha nacido sin ningún mérito personal ni consulta previa es mucho más que una perogrullada: es la pura verdad que, sin embargo, olvidamos con mucha frecuencia. A pesar de los flagrantes males del mundo, de la enfermedad y del dolor moral, la vida sigue siendo una llamada, un regalo de valor incalculable. El bien suele ser más discreto y silencioso que el mal, pero mucho más sólido y fundamental...como lo es una madre buena. Lo que podemos hacer, en expresión de Julián Marías es "educar la mirada", y también el entendimiento y la voluntad, para caer en la cuenta de la cantidad de cosas estupendas que nos suceden: desde respirar hasta optar por ocupaciones quizás sencillas pero llenas de verdad y de bien, maduras de humanidad y sazonadas de buen humor. Quien procura vivir siempre así, de hecho, es bastante probable que lo haga desde la fuerza de la fe.

Hay un salto de confianza, de esperanza, de aptitud para la felicidad -esto es en parte la fe- que no puede ser impuesto racionalmente, porque la mano de Dios sólo se coge si libremente se quiere. Lo que sí se puede constatar es que quien así lo hace está en condiciones de disfrutar tanto en día laborable como en fin de semana; y con un gozo enorme, porque todo se llena de sentido. Y este sentido es la fuente de la felicidad.

2. Ser y seres

Un chico de unos nueve años le dijo a su padre en cierta ocasión: "Papá; tú eres, pero podrías no ser; yo soy, pero podría no ser. Dios es, pero no puede no ser". Este hecho verídico, me consta, es una de esas muestras en las que sencillez y sabiduría se identifican.

La tierra es de tres dimensiones y tiene colores. Nos llaman la atención las cordilleras, los valles, los ríos, el mar, y la diversidad de especies vegetales y animales. Todas estas realidades son; pero...¿Por qué? Tomás de Aquino, entre otros, nos explicó que hay muchos modos de ser y que cada uno de estos modos constituye una naturaleza. No somos combinaciones de oxígeno y carbono desarrolladas, ni pequeños dioses; somos hombres. En sus conocidas cinco vías Tomás afirma que tiene que haber un primer motor inmóvil pues de lo contrario no existirían motores subordinados ni transmisión del movimiento. Lo mismo ocurre con una primera causa incausada; sin la que no habría causas secundarias ni efectos últimos. Junto a seres materiales, corruptibles, no necesarios, que alguna vez no fueron, tiene que existir un ser necesario e incorruptible, que sea desde siempre; porque, si no, hubo un tiempo en que no había nada y de la nada, por sí misma, no sale nada. Los seres parcialmente perfectos tienen una participación necesaria del ser que es perfección en plenitud, de modo similar a como las verdades parciales participan de la existencia de una verdad absoluta. El orden inmaterial e inteligentemente diseñado en la materia también apunta la existencia de una inteligencia ordenadora que trasciende lo material.

La comunicación entre los diversos seres y el ser por esencia propia es similar a la de un rayo de luz que penetra en un lago dando calor y vida a sus aguas, sin que él mismo se moje.

En la Sagrada Escritura Dios revela su nombre a Moisés: "Yo soy el que soy". Dios es el ser que por naturaleza tiene la plenitud del ser. La Revelación cristiana nos dice mucho más en el Nuevo Testamento: Dios es tres Personas. Dios es Amor Personal. El Ser Supremo no es alguien solitario sino una inefable Comunión de Personas, como anteriormente apuntamos.

El amor verdadero, el que nos hace ser mejor personas, es la única actividad que es un fin en sí misma. Qué lógico resulta que Dios mismo sea Amor, entrega, caridad -como afirma San Juan- . El ser humano, hecho a imagen y semejanza de Dios, es un ser para el amor, para la ley del don de sí -en expresión de Juan Pablo II-. Esta vocación se robustece y enraíza cuando el hombre se siente querido por sus semejantes y sabe, por la fe, que Dios le quiere como a su hijo. Razón y conocimiento revelado vuelven a encontrarse y a potenciarse mutuamente.

3. Vida y misterio

La vida esconde en su origen y en su actualidad el misterio de su por qué. La palabra misterio era traducida por los latinos como sacramentum; esto es: algo visible que connota lo invisible, lo que está detrás; lo que es su sentido. La realidad visible es de alguna manera un símbolo; algo que remite a su origen, a lo que la dota de unidad de sentido. Y, en la realidad, viven unos símbolos vivos y libres que somos nosotros mismos.

Los hombres podemos representar personalmente el mundo; por ejemplo al escribir una novela, pero no podemos dotarla de realidad. Hay Alguien que si puede. En Él, en virtud de su máxima simplicidad, su ser se identifica con su pensamiento y su querer con su poder. Un "literato" ha creado la novela en que vivimos. Alguien entiende el mundo y al entenderlo lo ama. Nos entiende a través de su Idea, de su Nombre. Somos porque nos quiere. En expresión de Chesterton "el mundo es una novela donde los personajes pueden encontrarse con su autor" .

La Revelación bíblica da plenitud a las reflexiones anteriores, hasta el punto insospechado de que el propio Autor del libro del mundo se haga uno de nosotros dotando de gran valor a nuestras biografías.

4. Alegría en la verdad

¡Eureka! Éste suele ser el grito de júbilo del investigador que da con la verdad de un problema. El hallazgo de algunas verdades trae consigo una subida satisfactoria del ánimo. Pero no podemos olvidar que no todas las verdades producen felicidad. Conviene recordar que los sufrimientos ante los males, como explicamos antes, pueden reconducirse hacia bienes superiores, no sin esfuerzo. Incluso los males provocados por la propia libertad pueden ser el humus de un replanteamiento fecundo en sabiduría.

Muchos bienes no son noticia. Dicen, con respeto y aprecio a las verdades difundidas por el periodismo, que el ruido no hace bien y que el bien no hace ruido. Fijarse en lo bueno es el requisito previo para conseguirlo. En ocasiones el escalador tiene que mirar hacia abajo pero sobre todo debe mirar arriba para poder llegar a la cima.

Cada persona se transforma en aquello hacia lo que se dirige. Si nos fijamos en el bien y nos acercamos a él seremos buenos. Esto requiere un ingrediente difícil de obtener: el conocimiento propio. En este conocimiento, donde juegan un papel importante la sensatez, la experiencia y el consejo cualificado, también hay que fijarse en lo positivo, en lo bueno de nosotros mismos, por las mismas razones que hemos mencionado antes, para renovar, con más temple, la propia ilusión de vivir. Mirar a la victoria, sin desconocer las dificultades que pueda llevar consigo, es ya empezar a conquistarla.

La verdad y el bien son los que satisfacen la inteligencia y la voluntad llenando de paz el corazón. La verdad es la que deja tranquilidad en el alma. Esta serenidad es el marco perfecto de la dicha; algo así como el bosque respecto de los cantos de los pájaros.

La alegría surge con frecuencia de la consecución de unas metas. Pero una alegría más honda nace de saberse querido y valorado por las personas más cercanas a nuestro entorno familiar, profesional y social.

Todo lo anterior requiere del ejercicio de las virtudes. La prudencia busca la aplicación del bien a los casos concretos; es una virtud que supone realismo. La justicia se esfuerza por dar a cada uno lo suyo. La fortaleza se orienta a la búsqueda ardua del bien. La templanza procura el domino de lo racional sobre lo orgánico. Sobre estas virtudes humanas o cardinales se ensamblan las teologales: dones de Dios que implica nuestro empeño en cultivarlos. La fe por la que nos fiamos de Dios y de su Revelación. La esperanza a través de la que confiamos en que Dios nos ayudará a conseguir nuestro destino sobrenatural eterno. La caridad mediante la que amamos a Dios y a los demás por Dios. Esta última es la virtud por la que nos hacemos amigos de Dios; sabiendo, como afirma Tomás de Aquino, que las victorias de nuestros amigos son también nuestras victorias.

La asombrosa noticia cristiana es que somos hijos de Dios. Algo mucho más por conocer que conocido. A ninguna mente humana se le hubiera ocurrido, por sí misma, pensar que Dios se ha enamorado locamente del hombre; y éste es un postulado principal de la doctrina y la vida de Jesucristo.

Sin embargo, lejos de ingenuidades, experimentamos con frecuencia las precariedades y dificultades de la vida, en el ámbito personal y social. ¿Cómo reencontrar la alegría en nuestro normal transcurrir de los días? Buscando la verdad de la propia vida en tantas cosas: la familia, el trabajo, la amistad, el compromiso social.

Tomando ideas de clases impartidas por el profesor Antonio Ruíz Retegui, diremos que Dios se acepta plenamente a sí mismo. Al ser el hombre imagen y semejanza de Dios, la clave de su felicidad consiste en la aceptación de su propia vida, en los momentos fáciles y en los difíciles. Una aceptación que no nace de un mero conformismo sino precisamente de entender la propia existencia como una llamada vocacional divina.

El cristianismo aporta una rotunda iluminación al problema de la verdad y de la alegría. Nuestra falta de aptitud estable para la gratitud y la dicha provienen de una herida en el corazón humano que hace al hombre pretender ser creador del bien y del mal, de la verdad y de la mentira. De este modo quiere elegir y no ser elegido; desea generar significado en vez de descubrirlo, falseando así su propia verdad y, como consecuencia, su felicidad. Esta herida de egolatría es sanada, nos explica el cristianismo, por la sublime muestra de humildad abismal de Cristo crucificado.

El secreto de la paz y de la alegría, en la perspectiva cristiana, consiste en vivir en la cruz: en la verdad de nuestra condición -es decir, en la humildad-, en la ley del don de sí a Dios y a los demás, en la gratitud ante lo agradable y lo desagradable en la que medida en que son combustible para la "llama de amor vivo" -proveniente del soplo del Espíritu divino-, tantas veces alimentada por el arrepentimiento de los errores personales.



   



 


Autor: José Ignacio Moreno Iturralde, "Filosofía y fe católica


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