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Filosofía y fe católica: IV. Tú y los demás


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Índice (En este cuarto artículo aparecen los títulos con negrita)

I. Sabiduría humana y cristiana

1. El amor a la sabiduría.
2. La cruz como punto de encuentro entre la razón y la fe.

II. Verdad y conocimiento

1. El sentido de la lógica: Fuera y dentro del mundo.
2. La verdad no siempre es evidencia.
3. Conocimiento racional y conocimiento intuitivo.

III. Moral y protección de la vida humana

1. Imperativos morales absolutos.
2. Respetar la vida humana.

IV. Tú y los demás

1. La originalidad.
2. Unidad en la pluralidad.
3. Ser querido.

V. Familia y cuestiones sociales

1. Amor, familia, identidad
2. La familia como raíz de identidad.
3. Trabajar y disfrutar
4. Sociedad, valores y cristianismo.
5. El laicismo contra los laicos.

VI. Hacia el sentido de la vida

1. La vida como regalo.
2. Ser y seres.
3. Vida y misterio.
4. Alegría en la verdad.

VII. Felicidad y vida en Cristo

1. La felicidad redimida.
2. La experiencia del perdón.
3. Meditación y oración.
4. Casa de los hombres y Casa de Dios.
5. Muchos en uno: La Eucaristía.
6. Generosidad y apostolado.
7. Matrimonio y celibato por el reino de los cielos.
8. Enfermedad, muerte y eternidad.




IV. Tú y los demás

1. La originalidad

Tal vez la originalidad tenga que ver con el origen. Y el origen nos puede recordar el lugar donde uno ha nacido, donde estaban los amigos de la infancia; en definitiva: la patria chica. Es un lugar entrañable. Allí uno se encuentra a gusto; esta bien consigo mismo.

Hay niveles más profundos de encontrarse uno a sí mismo; de aceptarse -sin que esto suponga una claudicación por superarse-, de estar contento. Quizás sea ahí: en el conocimiento de nuestra naturaleza, en la madurez que supone saber algo sobre nuestras posibilidades y límites, donde uno puede lograr ilusión para hacer de sí mismo "un clásico".

Quizás para ser un "clásico" no hace falta poseer la intuición de Einstein o la imaginación de Spielberg. Simplemente puede consistir en sacar fuera lo mejor de nosotros mismos. Tal vez todo sea tan sencillo como ser normal o ser natural. Pero...¿qué es ser natural? Actuar según nuestra naturaleza más verdadera. Explica Antonio Millán que las personas estamos compuestas por una tendencia a abrirnos a la realidad y por otra tendencia a cerrarnos en nosotros mismos. De la pugna entre ambas surgirá el resultado de la propia vida. La tendencia a la apertura puede llamarse vocación, en sus dimensiones profesional, afectiva, espiritual, etc; la clausura es el egoísmo. Así la vocación es para algunos motivo de felicidad y para otros motivos de angustia.

Hay algo que a los humanos nos atrae como un poderoso imán: la alegría. Al entender la vida al revés, sustituyendo la autorrealización por el servicio a los demás, uno se libera de las autoritarias exigencias de su propio yo. Exigencias que pueden ser gigantes e irrealizables y, por tanto, sustituidas con el tiempo por la apatía o el peor conservadurismo: la cobardía de encerrarse en el anonimato.

Salir de uno mismo supone iniciar la aventura de acceder a una realidad que es anterior a mí; es disfrutar con la existencia de unas leyes previas a mí, en las que puedo descansar. Esta actitud ofrece resortes para afrontar los imprevistos de la existencia. Posibilita abandonar la pesada carga de algunos proyectos personales que tal vez no sean necesarios. Cuando uno aprende a ponerse en su sitio también aprende a quererse mejor a sí mismo.
Una aguda frase afirma que el cielo no vale ni poco ni mucho sino exactamente todo lo que uno tenga. La confianza y el abandono en Dios hacen experimentar la frase evangélica que dice "mi yugo es suave y mi carga ligera" . Dios no suele pedir asuntos muy difíciles sino cosas sencillas hechas, en ocasiones, con esfuerzo y siempre con buena voluntad.

2. Unidad en la pluralidad

La unidad entre las personas que compran en unos grandes almacenes es por lo general una relación de interés y agregación. Sus relaciones son sobre todo utilitarias. La unidad entre los hinchas de un mismo equipo deportivo es algo más, comparten una afición: un interés no necesario. La unidad que se da entre los hombres de bien tras la liberación de un secuestrado que ha sufrido torturas es mucho mayor: las personas se alegran profundamente por la alegría de la persona que estaba siendo maltratada. Esta es una unidad por la que se quiere el bien de la otra persona. El hecho de que le hayan sido devueltas las condiciones propias de su dignidad crea en los demás un clima de unidad. Se comprende al otro porque de algún modo es igual a los demás. La persona es el ser capaz de comprender; de ponerse en el lugar del otro; de salir de sí misma. Por esto, afirma Spaeman , la persona es un símbolo del absoluto.

Hay otro aspecto que no conviene olvidar: Lewis, al hablar de la amistad en su obra "Los cuatro amores", afirma que cada amigo me revela parte de mi yo. La amistad no es sólo un lujo sino algo que nos engrandece; algo que nos hace ser más. "Las victorias de mis amigos son también mis victorias", afirma Tomás de Aquino. La riqueza interior de cada uno depende de todos aquellos que le aprecian bien. Aquí hay algo muy importante: de alguna manera el otro está en el fondo de mí; su verdad está conectada a la mía, aunque ambas son distintas.

Si una mujer o un hombre viven rodeados de injusticias que afectan a otros y no hacen nada que esté a su alcance por evitarlas, sus propias vidas empiezan a perder sentido. Si trabajan por mejorar las condiciones de vida de sus semejantes comienzan a estar satisfechos: a estar a bien consigo mismos, a ser felices. Tenemos mayor unidad interior, integridad y plenitud de sentido en la medida en que somos generosos.

En cierta ocasión un alumno hizo una pregunta un tanto espesa y algo ambigua a su profesor: "El hombre tiene alma y cuerpo; podríamos decir que su número es el 2. Dios es tres Personas; su número es el 3. ¿Cómo puede pasar el hombre del 2 al 3?". El profesor, de inmediato, respondió: "El 3 son los demás, la bendita fraternidad cristiana". Cuando la Iglesia nos propone la doctrina de la comunión de los santos está afirmando la naturaleza humana y elevándola a la hermandad de los hijos de Dios. Esa familiaridad es imagen y semejanza del misterio central de la fe cristiana: Dios es uno en naturaleza y trino en Personas. Los hombres somos sustancias (seres en sí) que se relacionan, como es el caso de padres e hijos. Las Personas divinas son relaciones (Paternidad, Filiación, Expiración de Amor) subsistentes (permanentes). Dios Padre es todo y sólo Paternidad. Dios Hijo es todo y sólo Filiación. Dios Espíritu Santo es todo y sólo Amor Personal entre el Padre y el Hijo. Cuando el cristiano alaba a Dios no da culto a un Dios temible y distante; alaba a la misma Alabanza. Dios, en su seno, es comunión personal, familia.

3. Ser querido

Ser querido, dejarse querer, parece lo más natural del mundo. Se ve muy claro en los niños y en los ancianos; y en todo el mundo. Sin embargo, en épocas más o menos largas, nos cuesta aceptar el aprecio de los demás aunque en el fondo lo deseamos.

Nuestra autonomía, incluso en el darse, puede impedir algo que tal vez es más importante que querer: aceptar ser querido. La razón es quizá sencilla: nadie da de lo que no tiene. Nadie que no haya sido querido sabrá querer. Querer a otra persona, como dice Pieper, no es quererla para mí sino querer lo mejor para ella. Ser querido es por tanto ser dignificado, ser dotado de sentido, de valor. También este autor afirma que "amar es como decir: es bueno que existas". Cuando me sé bueno porque me sé querido por alguien a quien valoro es cuando soy capaz de amar, de entregarme.

Ser querido es en cierta manera permitir que nuestra identidad dependa de otro, lo que puede sugerir cierto vértigo. Ser querido es aceptar la unión con las demás personas, y supone -si se puede hablar así- perder algo de casta para ganarlo de personalidad. Aceptar ser querido es la base para querer; y sólo quien se sabe muy querido sabrá querer y darse con toda su persona.

La realidad de fe en la filiación divina supone saberse íntima, personal e intensamente querido por Dios; y al conocerse concorpóreo y consanguíneo de Jesucristo surge la necesidad y la gozosa responsabilidad de participar en su vida redentora. Dios nos dice "es bueno que existas".



   



 


Autor: José Ignacio Moreno Iturralde, "Filosofía y fe católica


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