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Filosofía y fe católica: I. Sabiduría humana y cristiana


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Índice (Con negrita lo que aparece en este artículo)


I. Sabiduría humana y cristiana

1. El amor a la sabiduría.
2. La cruz como punto de encuentro entre la razón y la fe.

II. Verdad y conocimiento

1. El sentido de la lógica: Fuera y dentro del mundo.
2. La verdad no siempre es evidencia.
3. Conocimiento racional y conocimiento intuitivo.

III. Moral y protección de la vida humana

1. Imperativos morales absolutos.
2. Respetar la vida humana.

IV. Tú y los demás

1. La originalidad.
2. Unidad en la pluralidad.
3. Ser querido.

V. Familia y cuestiones sociales

1. Amor, familia, identidad
2. La familia como raíz de identidad.
3. Trabajar y disfrutar
4. Sociedad, valores y cristianismo.
5. El laicismo contra los laicos.

VI. Hacia el sentido de la vida

1. La vida como regalo.
2. Ser y seres.
3. Vida y misterio.
4. Alegría en la verdad.


VII. Felicidad y vida en Cristo

1. La felicidad redimida.
2. La experiencia del perdón.
3. Meditación y oración.
4. Casa de los hombres y Casa de Dios.
5. Muchos en uno: La Eucaristía.
6. Generosidad y apostolado.
7. Matrimonio y celibato por el reino de los cielos.
8. Enfermedad, muerte y eternidad.




Prólogo


Este trabajo se presenta como una búsqueda de servicio de la filosofía a la teología. Se trata de aplicar una serie de ideas centrales de la filosofía realista al entendimiento de la fe revelada cristiana. Adopta un carácter de ensayo, sin pretender una metodología y un carácter rigurosamente científico. No plantea un sistema cerrado ni con aspiraciones de globalidad.

El estudio pretende ayudar a entender más la fe para amar más a Dios. Tiene un tono intelectual pero divulgativo, doctrinal y ascético. Se plantea la doctrina en orden a hacerla vida.

La filosofía y la teología tienen su respectiva autonomía pero también hay en ellas complementariedad. Aquí intentamos ofrecer unas claves filosóficas al servicio de la mejor comprensión del siempre inabarcable misterio de la fe cristiana.

Juan Pablo II, en su Encíclica "Fides et ratio" estableció una armoniosa relación entre el pensamiento humano y la fe sobrenatural. En este Documento el Papa animaba a los profesores de filosofía a profundizar en la búsqueda de la verdad mediante una razón abierta a la fe. He aquí una modesta contribución a los ánimos de aquel inolvidable Romano Pontífice, a quien tuve la gracia y la dicha de saludar y abrazar.

No sé si hoy buscamos mucho el amor a la sabiduría. De lo que estoy seguro es de que queremos amar sabiamente. Lo primero ayuda a lo segundo.

 

I. Sabiduría humana y cristiana

1. El amor a la sabiduría

Filosofía significa amor a la sabiduría. Sólo se puede amar a algo que es apasionante, aunque no lo parezca a primera vista. La sabiduría es un núcleo de doctrina viva, palpitante, que satisface la inteligencia y el corazón.

Se pueden desear cosas pero lo que propiamente se ama, o se odia, es a las personas. Las personas podemos ser amadas por nosotras mismas porque tenemos una libertad moral y, por tanto, una vida biográfica.

Pronto hemos hallado que una auténtica sabiduría tiene que llevarnos a querer a los demás. Pero sólo sabremos amar si encontramos la verdad profunda y personal de los seres humanos.

La búsqueda de la verdad de la propia vida se hace indispensable para alcanzar una filosofía satisfactoria. El esfuerzo de la inteligencia, acompañado de la acción de la voluntad que busca el bien, es condición imprescindible para el amor. No se ama a quien no se conoce. Nuestra vida se da en un mundo lleno de seres humanos semejantes a nosotros. Sin un sentido del mundo y de los demás la propia vida se torna incomprensible.

Es fácil querer un entorno familiar lleno de cuidados y de cariño. Pero qué decir de un mundo lleno de acontecimientos duros e injustos; o al menos plagado de precariedades y límites. Desde luego nos hace falta la búsqueda de una verdad que hilvane todos los acontecimientos de la existencia.

La Filosofía se ha interpretado como un saber acerca de las últimas causas de la realidad con las solas luces de la razón. Por otra parte, el cristianismo, la relación con un Dios personal que se ha encarnado y que está con nosotros todos los días, supuso y supone el acontecimiento más fascinante de la historia del hombre. La riqueza de sabiduría vital que trae Jesús de Nazaret es tan sublime como cotidiana. Tal convicción, la creencia en que Jesucristo es Dios hecho hombre, es posible por una ayuda del propio Dios en el creyente. Sin tal apoyo, el hombre no puede ser elevado a este conocimiento por el sólo esfuerzo de su inteligencia y de su voluntad. En este sentido razón y fe se entrelazan estando cada una a su nivel. Creer para entender y entender para creer; éste era el lema de San Agustín.

Quiero recordar aquí la necesidad vital que el estudiante de filosofía cristiano tiene de encauzar su inteligencia, su voluntad y su corazón a Cristo. No podrá hacerlo a base de hacer decir a la filosofía en nombre propio aquello que la excede. Pero tampoco puede excluir de su personal horizonte mental a quien considera el mismo Logos hecho carne.

La riqueza de la Revelación es tal que una búsqueda de la sabiduría que olvidara este tesoro caería, en mi opinión, en un reduccionismo. Pensar el mensaje del Dios vivo a los hombres cobra un apasionamiento originario superior al de la búsqueda de las cuestiones últimas que fundaron, hace veintiséis siglos, los pilares de la cultura occidental.

La Revelación divina aporta un mapa del conocimiento humano de aguda eficacia. El conocimiento racional, basado en la experiencia y en el sentido común, tiene así una referencia y unas metas nuevas. La razón, donde ya no pueda llegar, dará paso a la confianza; algo -por cierto- razonable.

Amar la sabiduría para saber amar sabiamente. Cristo, cumbre de sabiduría, esculpe un estilo de vida que no puede ser obviado en la tarea intelectual de un filósofo cristiano.


2. La cruz como punto de encuentro entre la razón y la fe

La muerte de una persona joven, cualquier desgracia imprevista o la panorámica de las injusticias del mundo seleccionadas por los medios de comunicación pueden hacer que, en ciertas ocasiones, se tambalee nuestra comprensión del sentido de la vida. Pero junto a estas realidades duras también hemos de saber que se nos escapa gran parte "del guión de la película".

La filosofía nos ha hablado con frecuencia del principio de no contradicción como primera y fundamental regla de la realidad: "una cosa no puede ser y no ser al mismo tiempo y en el mismo sentido". Sin este principio no se podría ni pensar: se estaría admitiendo entonces una cosa y su contraria a la vez. De todos modos no parece que esta máxima filosófica aporte mucho consuelo a los reveses serios de la vida. Sin embargo ofrece una idea fundamental: el absurdo radical es imposible; no por optimismo, sino por lógica.

Los llamados "renglones torcidos de Dios" suponen una asignatura de extraordinario interés que supera el conocimiento filosófico, sin contradecirlo. Vallejo Nájera pone en uno de los personajes de su novela "Concierto para violines desafinados" un verso digno de reproducirse:
"Baja y subirás volando/ al cielo de tu consuelo, /porque para subir al cielo,
/se sube siempre bajando".

Es experiencia universal que la enfermedad puede hacernos más comprensivos con los demás. El fallecimiento de un ser querido nos recuerda las verdaderas dimensiones y límites de esta vida. Las guerras y calamidades están clamando que este mundo está en sí mismo mutilado. Frente a la tentación del absurdo, amarga y contradictoria desde la perspectiva de la experiencia sensible, la petición de complemento de sentido de la vida se hace necesaria y razonable. Vemos entonces como la Revelación cristiana plantea respuestas, no evidentes, pero satisfactorias.

¿Puede haber algo más aparentemente contradictorio que un Dios ejecutado de una manera infamante? Sabemos por la fe, avalada por la historia, que esta ha sido la elección de Dios para justificar al mundo. Lo explica Juan Pablo II en "Fides et ratio", 23: "... La relación del cristiano con la filosofía, pues, requiere un discernimiento radical. En el Nuevo Testamento, especialmente en las Cartas de san Pablo, hay un dato que sobresale con mucha claridad: la contraposición entre « la sabiduría de este mundo » y la de Dios revelada en Jesucristo. La profundidad de la sabiduría revelada rompe nuestros esquemas habituales de reflexión, que no son capaces de expresarla de manera adecuada.
El comienzo de la Primera Carta a los Corintios presenta este dilema con radicalidad. El Hijo de Dios crucificado es el acontecimiento histórico contra el cual se estrella todo intento de la mente de construir sobre argumentaciones solamente humanas una justificación suficiente del sentido de la existencia. El verdadero punto central, que desafía toda filosofía, es la muerte de Jesucristo en la cruz. En este punto todo intento de reducir el plan salvador del Padre a pura lógica humana está destinado al fracaso. « ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el docto? ¿Dónde el sofista de este mundo? ¿Acaso no entonteció Dios la sabiduría del mundo? » (1 Co 1, 20) se pregunta con énfasis el Apóstol. Para lo que Dios quiere llevar a cabo ya no es posible la mera sabiduría del hombre sabio, sino que se requiere dar un paso decisivo para acoger una novedad radical: « Ha escogido Dios más bien lo necio del mundo para confundir a los sabios [...], lo plebeyo y despreciable del mundo ha escogido Dios; lo que no es, para reducir a la nada lo que es » (1 Co 1, 27-28). La sabiduría del hombre rehúsa ver en la propia debilidad el presupuesto de su fuerza; pero san Pablo no duda en afirmar: « pues, cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte » (2 Co 12, 10). El hombre no logra comprender cómo la muerte pueda ser fuente de vida y de amor, pero Dios ha elegido para revelar el misterio de su designio de salvación precisamente lo que la razón considera « locura » y « escándalo ». Hablando el lenguaje de los filósofos contemporáneos suyos, Pablo alcanza el culmen de su enseñanza y de la paradoja que quiere expresar: « Dios ha elegido en el mundo lo que es nada para convertir en nada las cosas que son » (1 Co 1, 28). Para poner de relieve la naturaleza de la gratuidad del amor revelado en la Cruz de Cristo, el Apóstol no tiene miedo de usar el lenguaje más radical que los filósofos empleaban en sus reflexiones sobre Dios. La razón no puede vaciar el misterio de amor que la Cruz representa, mientras que ésta puede dar a la razón la respuesta última que busca. No es la sabiduría de las palabras, sino la Palabra de la Sabiduría lo que san Pablo pone como criterio de verdad, y a la vez, de salvación.
La sabiduría de la Cruz, pues, supera todo límite cultural que se le quiera imponer y obliga a abrirse a la universalidad de la verdad, de la que es portadora. ¡Qué desafío más grande se le presenta a nuestra razón y qué provecho obtiene si no se rinde! La filosofía, que por sí misma es capaz de reconocer el incesante transcenderse del hombre hacia la verdad, ayudada por la fe puede abrirse a acoger en la « locura » de la Cruz la auténtica crítica de los que creen poseer la verdad, aprisionándola entre los recovecos de su sistema. La relación entre fe y filosofía encuentra en la predicación de Cristo crucificado y resucitado el escollo contra el cual puede naufragar, pero por encima del cual puede desembocar en el océano sin límites de la verdad. Aquí se evidencia la frontera entre la razón y la fe, pero se aclara también el espacio en el cual ambas pueden encontrarse".



   



 


Autor: José Ignacio Moreno Iturralde, "Filosofía y fe católica


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