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La muerte redentora de Cristo es el comienzo del paso a la vida


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Presentamos un texto hermos de la Homilía de San Juan Pablo II en la Vigilia pascual del
30 de marzo de 1997.

En esta liturgia se proclaman estas palabras del libro del Génesis: ¡Qué exista la luz!, por eso se bendice el «fuego nuevo», se enciende el cirio pascual y se canta Luz de Cristo (Lumen Christi), se ilumina toda la Iglesia y toda la vida humana, con la luz resucitada de Jesucristo.




1. «¡Que exista la luz!» (Gn 1, 3).


Durante la Vigilia pascual, la liturgia proclama estas palabras del libro del Génesis, que son un elocuente motivo central de esta admirable celebración. Al empezar se bendice el «fuego nuevo», y con él se enciende el cirio pascual que es llevado en procesión hacia el altar. El cirio entra y avanza primero en la oscuridad, hasta el momento en que, después de cantar el tercer «Lumen Christi», se ilumina toda la basílica.
De este modo están unidos entre sí los elementos de las tinieblas y de la luz, de la muerte y de la vida. Con este fondo resuena la narración bíblica de la creación. Dios dice: «Que exista la luz» (Gn 1, 3). Se trata, en cierto modo, del primer paso hacia la vida. En esta noche debe realizarse el singular paso de la muerte a la vida, y el rito de la luz, acompañado por las palabras del Génesis, ofrece el primer anuncio.

2. En el Prólogo de su evangelio, san Juan dice que el Verbo se hizo carne: «En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres» (Jn 1, 4). Esta noche santa se convierte, pues, en una extraordinaria manifestación de aquella vida que es la luz de los hombres. En esta manifestación participa toda la Iglesia y, de modo especial, los catecúmenos, que durante esta Vigilia reciben el bautismo.
La basílica de San Pedro en esta solemne celebración os acoge a vosotros, amadísimos hermanos y hermanas, que dentro de poco seréis bautizados en Cristo nuestra Pascua. Dos de vosotros provienen de Albania y dos de Zaire, países que están viviendo horas dramáticas de su historia. ¡Que el Señor se digne escuchar el grito de los pobres y guiarlos en el camino hacia la paz y la libertad! Otros proceden de Benin, Cabo Verde, China y Taiwan. Ruego por cada uno de vosotros que, en esta asamblea representáis las primicias de la nueva humanidad redimida por Cristo, para que seáis siempre fieles testigos de su Evangelio.
Las lecturas litúrgicas de la Vigilia pascual unen entre sí los elementos del fuego y del agua. El elemento fuego, que da la luz, y el elemento agua, que es la materia del sacramento del renacer, es decir, del santo bautismo. «El que no nazca de agua y de Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios» (Jn 3, 5). El paso de los israelitas a través del mar Rojo, es decir, la liberación de la esclavitud de Egipto, es figura y casi anticipación del bautismo que libera de la esclavitud del pecado.

3. Los múltiples motivos que en esta liturgia de la Vigilia de Pascua encuentran su expresión en las lecturas bíblicas, convergen y se interrelacionan así en una imagen unitaria. El apóstol Pablo es quien presenta del modo más completo esta verdad en la carta a los Romanos, que acabamos de proclamar: «Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo, fuimos incorporados a su muerte. Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, así como Cristo fue despertado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva» (Rm 6, 34).
Estas palabras nos llevan al centro mismo de la verdad cristiana. La muerte de Cristo, la muerte redentora, es el comienzo del paso a la vida, manifestado en la resurrección. «Si hemos muerto con Cristo -prosigue san Pablo-, creemos que también viviremos con él, pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él» (Rm 6, 8-9).

4. Al llevar en las manos la antorcha de la palabra de Dios, la Iglesia que celebra la Vigilia pascual se detiene como ante un último umbral. Se detiene en gran espera, durante toda esta noche. Junto al sepulcro esperamos el acontecimiento sucedido hace dos mil años. Primeros testigos de este evento extraordinario fueron las mujeres de Jerusalén. Ellas llegaron al lugar donde Jesús había sido depositado el Viernes santo y encontraron la tumba vacía. Una voz les sorprendió: «¿Buscáis a Jesús Nazareno, el crucificado? No está aquí. Ha resucitado. Mirad el sitio donde lo pusieron. Ahora id a decir a sus discípulos y a Pedro: él va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis, como os dijo» (Mc 16, 6-7).
Nadie vio con sus propios ojos la resurrección de Cristo. Las mujeres, al llegar a la tumba, fueron las primeras en constatar el acontecimiento ya sucedido.

La Iglesia, congregada por la Vigilia pascual, escucha nuevamente, en silenciosa espera, este testimonio y manifiesta después su gran alegría. Hemos escuchado hace poco al diácono, que la anunciaba. «Annuntio vobis gaudium magnum...», «Os anuncio una gran alegría, ¡Aleluya!».
Acojamos con corazón abierto este anuncio y participemos juntos en la gran alegría de la Iglesia.
¡Cristo ha resucitado verdaderamente! ¡Aleluya!

   

   



 


Autor: Juan Pablo II
El Vaticano, 30 de marzo de 1997

SE PUEDE usar este material con toda libertad, citando la fuente.




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