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La experiencia del Padre en Jesús de Nazaret


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Catequesis de S.S. Juan Pablo II en la audiencia general de los miércoles
3 de marzo de 1999




1. «Bendito sea Dios Padre de nuestro Señor Jesucristo» (Ef 1, 3). Estas palabras de san Pablo nos introducen muy bien en la gran novedad del conocimiento del Padre, tal como se desprende del Nuevo Testamento.Audemars Piguet Royal Oak Offshore Replica Aquí Dios se muestra con su rostro trinitario. Su paternidad ya no se limita a indicar la relación con las criaturas, sino que expresa la relación fundamental que caracteriza su vida íntima; ya no es un rasgo genérico de Dios, sino una propiedad de la primera Persona en Dios. Efectivamente, en su misterio trinitario, Dios es padre por esencia, padre desde siempre, en cuanto que desde la eternidad engendra al Verbo consubstancial con él y unido a él en el Espíritu Santo, «que procede del Padre y del Hijo». Con su encarnación redentora, el Verbo se hace solidario con nosotros precisamente para introducirnos en esa vida filial que él posee desde la eternidad. «A todos los que lo acogieron -dice el evangelista san Juan- les dio poder para llegar a ser hijos de Dios» (Jn 1, 12).


2. Esta revelación específica del Padre se funda en la experiencia de Jesús. Sus palabras y sus actitudes ponen de manifiesto que él experimenta la relación con el Padre de una manera totalmente singular. En los evangelios podemos constatar cómo Jesús distinguió «su filiación de la de sus discípulos, no diciendo jamás "nuestro Padre", salvo para ordenarles "vosotros, pues, orad así: Padre nuestro" (Mt 6, 9); y subrayó esta distinción: "Mi Padre y vuestro Padre" (Jn 20, 17)» (Catecismo de la Iglesia católica, n. 443).
Ya desde niño, a María y José, que lo buscaban angustiados, les responde:
«¿No sabíais que debo ocuparme de las cosas de mi Padre?» (Lc 2, 48 ss). A los judíos, que seguían persiguiéndolo porque había realizado en sábado una curación milagrosa les contesta: «Mi Padre sigue actuando y yo también actúo» (Jn 5, 17). En la cruz invoca al Padre para que perdone a sus verdugos y acoja su espíritu (cf. Lc 23, 34. 46). La distinción entre el modo como Jesús percibe la paternidad de Dios con respecto a él y la que atañe a todos los demás seres humanos, se arraiga en su conciencia y la reafirma con las palabras que dirige a María Magdalena después de la resurrección: «No me toques, pues todavía no he subido al Padre. Pero ve a mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios» (Jn 20, 17).

3. La relación de Jesús con el Padre es única. Sabe que el Padre lo escucha siempre; sabe que manifiesta a través de él su gloria, incluso cuando los hombres pueden dudar y necesitan ser convencidos por él. Constatamos todo esto en el episodio de la resurrección de Lázaro: «Quitaron, pues la piedra. Entonces Jesús levantó los ojos a lo alto y dijo: "Padre, te doy gracias por haberme escuchado. Ya sabía yo que tú siempre me escuchas; pero lo he dicho por éstos que me rodean, para que crean que tú me has enviado"» (Jn 11, 41-42). En virtud de esta singular convicción, Jesús puede presentarse como el revelador del Padre, con un conocimiento que es fruto de una íntima y misteriosa reciprocidad, como lo subraya él mismo en el himno de júbilo: «Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, y nadie conoce bien al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Mt 11, 27) (cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 240).
Por su parte, el Padre manifiesta esta relación singular que el Hijo mantiene con él, llamándolo su «predilecto»: así lo hace durante el bautismo en el Jordán (cf. Mc 1, 11) y en la Transfiguración (cf. Mc 9, 7). Jesús se vislumbra también como hijo en sentido especial en la parábola de los viñadores malos que maltratan primero a los dos siervos y luego al «hijo predilecto» del amo, enviados a recoger los frutos de la viña (cf. Mc 12, 1-11, especialmente el versículo 6).

4. El evangelio de san Marcos nos ha conservado el término arameo «Abbá» (cf. Mc 14, 36), con el que Jesús, en la hora dolorosa de Getsemaní, invocó al Padre, pidiéndole que alejara de él el cáliz de la pasión. El evangelio de san Mateo, en el mismo episodio, nos refiere la traducción «Padre mío» (cf. Mt 26, 39; cf. también versículo 42), mientras san Lucas simplemente tiene «Padre» (cf. Lc 22, 42). El término arameo, que podríamos traducir en las lenguas modernas como «papá», expresa la ternura afectuosa de un hijo. Jesús lo usa de manera original para dirigirse a Dios y para indicar, en la plena madurez de su vida, que está para concluirse en la cruz, la íntima relación que lo vincula a su Padre incluso en esa hora dramática. «Abbá» indica la extraordinaria cercanía entre Jesús y Dios Padre, una intimidad sin precedentes en el marco religioso bíblico o extrabíblico. En virtud de la muerte y resurrección de Jesús, Hijo único de este Padre también nosotros como dice san Pablo, somos elevados a la dignidad de hijos y poseemos el Espíritu Santo, que nos impulsa a gritar «¡Abbá, Padre!» (cf. Rm 8, 15; Ga 4, 6). Esta simple expresión del lenguaje infantil, que se usaba a diario en el ambiente de Jesús, como en todos los pueblos, asumió así un significado doctrinal de gran importancia para expresar la singular paternidad divina con respecto a Jesús y sus discípulos.

5. A pesar de sentirse unido al Padre de un modo tan íntimo, Jesús afirmó que ignoraba la hora de la llegada final y decisiva del Reino: «De aquel día y hora nadie sabe nada, ni los ángeles de los cielos, ni el Hijo, sino sólo el Padre» (Mt 24 36). Este aspecto nos muestra a Jesús en la condición de humillación propia de la Encarnación, que oculta a su humanidad el final escatológico del mundo. De este modo, Jesús defrauda los cálculos humanos para invitarnos a la vigilancia y a la confianza en la intervención providente del Padre. Por otra parte, desde la perspectiva de los evangelios, la intimidad y la plenitud que tiene por ser «hijo» de ninguna manera se ven perjudicadas por este desconocimiento. Al contrario, precisamente por haberse hecho solidario con nosotros es decisivo para nosotros ante el Padre: «A todo el que me confesare delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre, que está en los cielos; pero a todo el que me negare delante de los hombres, yo le negaré también delante de mi Padre, que está en los cielos» (Mt 10, 32-33).
Confesar a Jesús delante de los hombres es indispensable para que él nos confiese delante del Padre. En otras palabras, nuestra relación filial con el Padre celestial depende de nuestra valiente fidelidad a Jesús, Hijo predilecto.

   





 


Autor: Juan Pablo II
El Vaticano, 3 de marzo de 1999

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