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Ha nacido el Mesías anunciado por los profetas


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Catequesis de S.S. Juan Pablo II en la audiencia general de los miércoles


Queridísimos hermanos y hermanas:

1. La audiencia de hoy se celebra en el clima de la Navidad ya cercanísima, que habla con tanta elocuencia a la mente y al corazón. La liturgia del Adviento nos ha preparado espiritualmente a revivir el misterio que ha marcado un cambio en la historia humana: el nacimiento de un Niño que es también el Hijo de Dios, el nacimiento del Salvador.
Se trata de una celebración que ha cambiado realmente el rostro del mundo. ¿Acaso no es un testimonio de ello la misma atmósfera jubilosa que se respira por las calles de las ciudades y de los pueblos, en los lugares de trabajo, en la intimidad de nuestras casas? La fiesta de la Navidad ha entrado en las costumbres como celebración incontrastable de alegría y de bondad y como ocasión y estímulo para un pensamiento noble, para un gesto de altruismo y de amor. Esta floración de generosidad y de cortesía, de atención y delicadezas, coloca a la Navidad entre los momentos mas bellos del año, más aun, de la vida, imponiéndose incluso a los que no tienen fe, y, sin embargo, no logran sustraerse a la fascinación que brota de esta palabra mágica: Navidad.
Esto explica también el aspecto lírico y poético que envuelve a esta fiesta. Cuantas melodías bucólicas, cuantas canciones dulcísimas han brotado en torno a este acontecimiento! Y qué carga de sentimientos o, a veces, de nostalgia sabe suscitar! La naturaleza que nos rodea adquiere en este día un lenguaje dulce e inocente, que nos hace saborear la alegría de las cosas sencillas y verdaderas, hacia las cuales aspira nuestro corazón aun sin saberlo.

2. Pero detrás de este aspecto sugestivo, he aquí inmediatamente la manifestación de otros que alteran su limpidez e insidian su autenticidad. Se trata de los aspectos puramente exteriores y consumísticos de la fiesta, que hacen correr el riesgo de vaciar a la solemnidad de su significado auténtico cuando se toman no como expresión de la alegría interior que la caracteriza, sino como elementos principales de ella o casi como su única razón de ser.
La Navidad pierde entonces su autenticidad, su sentido religioso, y se convierte en ocasión de disipación y derroche, cayendo en exterioridades inconvenientes y descomedidas, que suenan a ofensa para aquellos a quienes la pobreza condena a contentarse con las migajas.

3. Es necesario recuperar la verdad de la Navidad en la autenticidad del dato histórico y en la plenitud del significado que trae consigo.
El dato histórico es que, en un determinado momento de la historia y en una cierta región de la tierra, de una humilde mujer de la estirpe de David nació el Mesías anunciado por los profetas: Jesucristo Señor.
El significado es que, con la venida de Cristo, toda la historia humana ha encontrado su salida, su explicación, su dignidad. Dios nos ha salido al encuentro en Cristo para que pudiéramos tener acceso a El. Mirándolo bien, la historia humana es un anhelo ininterrumpido hacia la alegría, la belleza, la justicia, la paz. Se trata de realidades que sólo en Dios pueden encontrar su plenitud. Pues bien, la Navidad nos trae el anuncio de que Dios ha decidido superar las distancias, salvar los abismos inefables de su trascendencia, acercarse a nosotros, hasta hacer suya nuestra vida, hasta hacerse nuestro hermano.
Así, pues: ¿buscas a Dios? Encuéntralo en tu hermano, porque Cristo se ha como identificado ya en cada uno de los hombres. ¿Quieres amar a Cristo? Ámalo en tu hermano, porque todo lo que haces a uno cualquiera de tus semejantes, Cristo lo considera hecho a El. Si te esfuerzas, pues, en abrirte con amor a tu prójimo, si tratas de establecer relaciones de paz con él, si quieres poner en común tus recursos con el prójimo, para que tu alegría, al comunicarse, se haga más verdadera, tendrás a tu lado a Cristo, y con El podrás alcanzar la meta que suena tu corazón: un mundo más justo y, por lo tanto, más humano.
Que la Navidad nos encuentre a cada uno comprometidos a descubrir de nuevo su mensaje, que parte del pesebre de Belén. Hace falta un poco de valentía; pero vale la pena, porque sólo si sabemos abrirnos así a la venida de Cristo, podremos experimentar la paz anunciada por los ángeles en la noche santa. Que la Navidad constituya para todos vosotros un encuentro con Cristo, que se ha hecho hombre para dar a cada hombre la capacidad de hacerse hijo de Dios. 

   





 


Autor: Juan Pablo II
El Vaticano 1996

SE PUEDE usar este material con toda libertad, citando la fuente.




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