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Despide a la gente ... no sé cómo ayudar


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Mateo 14, 13-21
"Despide, pues, a la gente"
 

Casi siempre la necesidad ajena nos abruma.

Ya tenemos suficiente con las propias cargas de nuestra vida como para además hacernos cargo de una demanda imposible de acoger. Sentimos que la vida que llevamos es rápida y exigente, que no hay tiempo para descansar y disfrutar. Queremos alguien que nos acoja y no lo tenemos... al menos como quisiéramos. Queremos que alguien nos escuche y todos andan en la misma que uno: Rendir para la prueba, para el trabajo, responder a las expectativas de los demás... también las de uno. El día no alcanza y cuando alcanza es el momento para descansar y despejarse




Está bien, queremos seguirte Jesús.

Queremos seguir tus pasos. Pero... ¡preocúpate más de nosotros!

No podemos ir a tu tranco. No nos podemos conmover con la facilidad que tú te conmueves.

La jornada ya se ha acabado y hemos trabajado todo el día para ti.

Es hora de descansar:

"Despide, pues, a la gente, para que vayan a los pueblos y se compren comida."

Bien merecido tenemos el descanso junto a ti.

Por último, no queremos saber más ya de malestares, enfermedades, llantos y quejidos.

A veces son muchos los días, semanas, meses,

hasta que alguien de nuestro círculo más íntimo

se quiebra manifiestamente ante nosotros.

Recién allí, nuestro encierro se rompe y nos abrimos a la necesidad ajena... Y nos vuelve a abrumar.

Como si nos mareara la impotencia reaccionamos compulsivamente

dando consejos fáciles; soluciones rápidas; frases insulsas.

No hay espacio para el lamento o el silencio...

Señor, ayúdame que no sé cómo ayudar. Apenas me la puedo conmigo.

El dolor de mi mamá, o mi papá me supera.

Y tú me dices que además ponga mi atención en los más fregados:

en las compañeras cuyo sufrimiento me da rabia,

en la gente de las poblaciones más pobres y violentas...

Y que mire más ampliamente: al país, lo político, los cambios sociales, económicos.

A lo más aguanto cifras. Informes periodísticos de las situaciones.

¿No será como mucho?

¿Cómo no van a tener ellos la capacidad de solucionar sus propios problemas así como yo soluciono los míos?

¿Por qué dar a otros lo que a mí nadie me ha dado?

"No tienen por qué marcharse; denles ustedes de comer".

La petición nos parece injusta, o al menos desproporcionada.

No podemos acoger la necesidad de otros, "no nos caben" y, porqué no decirlo, no queremos.

Señor, "no tenemos aquí más que cinco panes y dos peces". Esto soy y no soy más.

"Tráiganmelo acá".

Traerle a Jesús lo que tenemos, parecer ser el principio del camino.

Dejar que él sea Dios. A nosotros no nos da para héroes ni al parecer se nos pide eso.

Dar la vida, dar lo que tenemos, incluye nuestras incapacidades,

nuestras frustraciones: También nuestras carencias y heridas.

Ninguna incapacidad es obstáculo.

Al parecer Dios no nos pide sólo lo que "pueda servir".

Si fuera así sería bien poco. Nos pide también lo que no sirve. Todo.


Te lo traemos Señor. Te lo entregamos todo.

Y nos sentamos también nosotros en la hierba con todos los necesitados del mundo.

Sentados también nosotros en círculos. Ya no hay héroes.

Te veo cómo miras al Padre. Te miro cómo miras a tu Pueblo.

Yo en medio. No el centro del círculo, pero sí uno más.

Te veo en el círculo a ti también.

Tú sentado también.

Tú sí en el centro.

"Y los que habían comido eran unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños"

Ahora sí comienza el seguimiento

   





 


Autor: Pablo Romero sj
Homilia Eucaristía CVX, 3 Agosto 2008, Santiago de Chile.

SE PUEDE usar este material con toda libertad, citando la fuente.




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