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La Virgen María en los Evangelios (I)


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Temas tratados en este primer artículo:

1. María en el Nuevo Testamento 

3. María en San Marcos La imagen más antigua 

4. El testimonio de Jesús

5. María, Madre de Jesús por la fe
 




1. María en el Nuevo Testamento

Un hecho que llama la atención cuando buscamos lo que se dice en el Nuevo Testamento acerca de la Santísima Virgen María es que, de los veintisiete escritos que forman el canon del Nuevo Testamento, sólo en cuatro se la nombra por su nombre: María. Y son éstos los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas y el libro de los Hechos de los Apóstoles. Otro libro más, el evangelio según San Juan, nos habla de ella sin nombrarla jamás, y haciendo siempre referencia a ella como la madre de Jesús, o su madre. Fuera de estos cinco libros, ninguno de los veintidós restantes nos habla directamente de María. Sólo los ojos de la fe han sabido atribuirle la parte que tiene en aquellos pasajes en que -por ejemplo- se habla de que Jesús es el Hijo de David, o de que somos Hijos de la Promesa, o de la Jerusalén de arriba, o que el Padre nos envió a su Hijo, hecho hijo de mujer; o han sabido reconocerla en la misteriosa Mujer coronada de astros del Apocalipsis.

 

Explícitamente nombrada en sólo cinco libros de los veintisiete, María parece haber sido reconocida -si nos atenemos a una primera impresión- por sólo la mitad de los hagiógrafos (escritores inspirados) que escribieron el Nuevo Testamento. De ocho que son, sólo cuatro nos hablan de ella: Mateo, Marcos, Lucas y Juan. No nos hablan de ella ni Santiago, ni Pedro, ni Judas. Pablo sólo alude indirectamente a ella en Gálatas 4, 4-5.
Por tanto, hablar de la figura de María en el Nuevo Testamento, es hablar de María a través de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, o sea a través de los evangelistas.

 

Nótese que no decimos a través de los evangelios, sino a través de los evangelistas. Porque casi podría decirse a través de los evangelios, si no fuera por una referencia que el evangelista Lucas hace fuera de su evangelio, en el libro de los Hechos de los Apóstoles (1,14) y por lo que puede interpretarse que de ella dice Juan en el Apocalipsis, identificada ya con la Iglesia.

 

María en el Nuevo Testamento es prácticamente, por lo menos principalmente, María en los evangelios. Porque fuera de ellos casi no se nos dice nada más, o mucho más, acerca de María.
Para contemplar la figura de María a través de los evangelios podríamos seguir dos caminos, que vamos a llamar camino sintético y camino analítico. El camino sintético consistiría en sintetizar los datos dispersos de los cuatro evangelios en un solo retrato de María. Consistiría en trazar un solo retrato a partir de la convergencia de cuatro descripciones distintas.

 

El otro camino, el analítico -que es el que hemos elegido-, consiste en considerar por separado las cuatro imágenes o semblanzas de María.

 

El primer camino, sintético, se hubiera llamado propiamente: la figura de María en los Evangelios. Este segundo camino que queremos seguir es en cambio el de la figura, o más propiamente, las figuras, los retratos de María a través de los evangelistas.
Por supuesto, bien lo sabemos, hay un solo Evangelio: el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo. Pero el mismo Dios que dispuso que hubiera un solo mensaje de salvación, dispuso también que se nos conservaran cuatro presentaciones del mismo.

 

El único Evangelio es, pues, un evangelio cuadriforme, como bien observa ya San Ireneo, refutando los errores de los herejes que esgrimían los dichos de un evangelista en contra de los dichos de otro (Adv. Hæreses III,11).

Esta presentación cuadriforme de un único Evangelio es la que nos da la profundidad, la perspectiva, el relieve de las miradas convergentes. Una sola visión estereofónica o estereofotográfica de Jesús. Un solo Jesús y una sola obra salvadora, pero cuatro perspectivas y cuatro modos de presentarlo -a Él y a su obra-. Cada uno de los evangelistas tiene su manera propia de dibujar la figura de Jesucristo. Y todo lo que dice cada uno de ellos está al servicio de esa pintura que nos hace de Jesús.

 

¿Hay que extrañarse de que, consecuentemente, seleccione los rasgos históricos, narre los acontecimientos, altere a veces el orden cronológico o prescinda de él, para seguir el orden de su propia lógica teológica, y subordine el modo de presentación de los hechos y personas al fin de mostrar de manera eficaz a Jesús y su mensaje, según su inspiración divina y las circunstancias de oyentes, tiempo y lugar?
¿Y nos habríamos de extrañar de que las diversas perspectivas con que los cuatro evangelistas nos narran los mismos hechos y nos presentan a Jesús dieran lugar a cuatro presentaciones distintas de María?

 

 

Dado que el misterio de María es un aspecto del misterio de Cristo, todo lícito cambio de enfoque del misterio de Cristo -que como misterio divino es susceptible de un número inagotable de enfoques diversos, aunque jamás puedan ser divergentes-, comporta sus cambios de armónicos y de enfoque en el misterio de María.
Hay pues un solo Jesucristo en cuadri forme presentación, y hay también un solo misterio de María en presentación cuadriforme. Y hay, además, una coherencia muy especial y significativa, entre el modo cómo cada evangelista nos muestra a Jesús y el modo cómo nos muestra a María, al servicio de su presentación propia de Jesús.

 

 

Dejémonos guiar sucesivamente de la mano de los cuatro evangelistas. Y a través de su manera de presentarnos la figura de María, tratemos de penetrar más profundamente en su comprensión del Señor. La máxima A Jesús por María no es una invención moderna; hunde sus raíces en la bimilenaria tradición de nuestra Santa Iglesia. Arraiga en los evangelios; y, en cuanto podemos rastrearlo valiéndonos de ellos, incluso en una tradición oral anterior a los evangelios, y de la cual ellos son las primeras plasmaciones escritas. 
Dejemos, pues, que los evangelistas nos lleven a través de María a un mayor conocimiento del Señor que viene y que esperamos.

 

 

 

2. El género literario   «Evangelio»

1.- Cómo hay que interpretar  la Sagrada Escritura

 

La Constitución Dei Verbum del concilio Vaticano II enseña que para interpretar adecuadamente la Sagrada Escritura es muy importante determinar el género literario. Por eso se ha de tener muy en cuenta cuál es el género literario de los Evangelios. Y esto advertirlo para evaluar la evidencia evangélica sobre María. Dice la constitución del concilio Vaticano II Dei Verbum (DV):
«Habiendo hablado Dios en la Sagrada Escritura por medio de hombres y a la manera humana, para que el intérprete de la Sagrada Escritura comprenda lo que Él quiso comunicarnos, debe investigar con atención qué pretendieron expresar realmente los hagiógrafos [escritores inspirados por Dios] y qué quiso Dios manifestar con las palabras de ellos» (12).

 

El Principio o Ley del Texto

 

«Para descubrir la intención del autor, hay que tener en cuenta, entre otras cosas, los géneros literarios. 
«Pues la verdad se presenta y se enuncia de modo diverso en obras de diversa índole histórica, en libros proféticos o poéticos, o en otros géneros literarios. El intérprete indagará lo que el autor sagrado intenta decir y dice, según su tiempo y su cultura, por medio de los géneros literarios propios de su época. Para comprender exactamente lo que el autor quiere afirmar en sus escritos, hay que tener muy en cuenta los modos de pensar, de expresarse, de narrar que se usaban en tiempo del escritor, y también las expresiones que entonces se solían emplear más en la conversación ordinaria».

 

Principio o Ley del Contexto

«Y como la Sagrada Escritura hay que leerla e interpretarla en el mismo Espíritu con que se escribió, para sacar el sentido exacto de los textos sagrados, hay que atender no menos diligentemente al contenido y a la unidad de toda la Sagrada Escritura teniendo en cuenta la Tradición viva de toda la Iglesia y la analogía de la fe. Es deber de los exegetas trabajar según estas reglas para entender y exponer totalmente el sentido de la Sagrada Escritura, para que, con un estudio previo, vaya madurando el juicio de la Iglesia. Porque todo lo que se refiere a la interpretación de la Sagrada Escritura está sometido en última instancia a la Iglesia, que tiene el mandato y el ministerio divino de conservar y de interpretar la palabra de Dios» (DV 12).

2.  ¿A qué género literario pertenece el evangelio de San Marcos?

 

De estos principios de interpretación de la Escritura, se sigue la importancia de interpretar el evangelio según San Marcos, tratando de ubicar su género literario. Y advierto de antemano que lo que decimos de este evangelio, vale, mutatis mutandis, para los otros evangelios, que consideraremos en los capítulos siguientes.
Podemos comenzar diciendo que el evangelio según San Marcos es «una presentación creyente de la vida de Jesús, interpretada en confrontación con las Sagradas Escrituras, de manera que la vida de Jesús las ilumina y es iluminada a su vez por ellas, mostrando sus correspondencias».

 

 

El evangelio según San Marcos tiene pues valor histórico, porque narra hechos. Tiene valor biográfico porque relata dichos y hechos de Jesús. Pero es más que una crónica histórica y más que una mera biografía. Porque además del relato de hechos, como pueden hacerlo las crónicas, y de la narración de la vida de una persona, como lo hacen las biografías, el evangelio según San Marcos viene de la fe y apunta a despertar la fe. 
Por eso el evangelio según San Marcos incluye un alegato acerca de la identidad de Jesús, de quién es Jesús. Su texto argumenta desde las Sagradas Escrituras, alegando que en Jesús se cumplen las Promesas del Antiguo Testamento.

 

3. Historia interpretada

Prosiguiendo en el intento de comprender el género literario al que pertenece el evangelio según San Marcos, podríamos decir que es:

narración de hechos 
e interpretación de los mismos 
a la luz de las Sagradas Escrituras
desde la fe
para suscitar la fe. 

Podríamos llamarle por lo tanto historia teológica, o historia creyente, o historia predicada, o historia kerygmática, o quizás lo más ajustado sea definirlo como historia profética, puesto que los profetas comunican una interpretación religiosa de los acontecimientos: el sentido que tienen según Dios.

El género literario del evangelio según San Marcos tiene pues dos aspectos que lo caracterizan:

 

a) historia, y b) interpretación de fe.
Ambos aspectos están enlazados de tal manera que se sirven el uno al otro sin traicionarse ni anularse: la interpretación no falsea la verdad histórica, y la historia corrobora la interpretación. Los hechos narrados iluminan la Escritura y la Escritura ilumina los hechos. Veamos algo acerca de cada uno de esos dos aspectos: 

 

3.1. El valor histórico del Evangelio

 

En la Constitución Dei Verbum, la Iglesia afirma, una vez más, el carácter histórico de los Evangelios:
«La Santa Madre Iglesia firme y constantemente ha creído y cree que los cuatro referidos Evangelios, cuya historicidad afirma sin vacilar, comunican fielmente lo que Jesús, Hijo de Dios, viviendo entre los hombres, hizo y enseñó realmente para salvación de ellos, hasta el día en que fue levantado al cielo (Cfr. Hech. 1,1-2). 
Los Apóstoles, ciertamente, después de la ascensión del Señor predicaron a sus oyentes lo que Él había dicho y obrado, con aquella crecida inteligencia de que ellos gozaban, enseñados por los acontecimientos gloriosos de Cristo, y por la luz del Espíritu de verdad.

 

Los autores sagrados escribieron los cuatro Evangelios, escogiendo algunas cosas de las muchas que ya se trasmitían de palabra o por escrito, sintetizando otras, o explicándolas atendiendo a la condición de las Iglesias, usando por fin la forma de la predicación, de manera que siempre nos comunicaban la verdad sincera acerca de Jesús.

 

Escribieron pues, sacándolo ya de su propia memoria o recuerdos, ya del testimonio de quienes "desde el principio fueron testigos oculares y ministros de la palabra" para que conozcamos "la verdad" [asfaleia = certeza] de las palabras que nos enseñan (Cfr. Lc 1,2-4)» (DV , 19). 
Los Evangelios tienen, pues, valor histórico en lo que narran acerca de la historia de Jesús, aunque no por eso pertenezcan al género literario histórico.

 

El Papa Juan Pablo II volvió a recordarnos su valor histórico: «aún siendo documentos de fe, no son menos atendibles, en el conjunto de sus relatos, como testimonios históricos» que las fuentes históricas profanas (Tertio Millennio Adveniente, 5).

 

La Constitución Dei Verbum llama «historicidad» de los evangelios a su contenido de verdad histórica, a la verdad del relato de hechos y dichos de Jesús. 
Los evangelios mismos dan por supuesta esa verdad histórica y no tratan de convencernos de la verdad de los hechos que narran, sino de otra cosa: de su sentido o significado divino, religioso, salvífico. El que no les cree en lo primero ¿cómo podría creerles en lo segundo? Y si su interpretación no reposara sobre hechos ¿qué fe podrían pedir para su interpretación?

 

La narración evangélica está destinada a suscitar en los oyentes la fe en Jesús; a convencerlos del sentido salvador de la historia de Jesús que ellos proclaman. Veamos ahora cómo es la mirada de fe que los evangelistas echan sobre esa historia.

3.2. Interpretación profética de los hechos

 

La interpretación evangélica refleja una convicción de fe acerca de las Promesas de Dios en la Antigua Alianza y de su cumplimiento en Cristo. Y dicha interpretación se basa en esa convicción.
Esto pertenece a la esencia del género literario evangelio. Y por eso los evangelios son un género particular de historia, diverso de los géneros históricos profanos o seculares. Por algo son, para los creyentes, Sagrada Escritura.

 

En cuanto argumentan la realización de las Promesas hechas por Dios en el Antiguo Testamento, los Evangelios tienen su raíz en dicho Antiguo Testamento. No se entenderían sin él. Enraizados en las antiguas profecías, proclaman, proféticamente, que ha llegado su cumplimiento.

Los evangelios son, como vemos, proclamación de una interpretación profética de la historia.

¿Qué clase de relación aprecian los Evangelios entre el Antiguo Testamento, sus promesas y profecías por un lado y la Historia Evangélica o Nuevo Testamento por el otro?

El Concilio Vaticano II explica esa relación en estos términos:

 

  • «La economía del Antiguo Testamento estaba ordenada sobre todo, a preparar, anunciar proféticamente (cfr. Lc 24,44; Jn 5,39; 1 Pe 1,10), y significar con diversas figuras (Cfr. 1 Cor 10,11), la venida de Cristo redentor universal y la del Reino Mesiánico» (DV, 15).

 «Dios, inspirador y autor de ambos Testamentos, dispuso las cosas tan sabiamente que el Nuevo Testamento está latente en el Antiguo y el Antiguo está patente en el Nuevo, porque aunque Cristo fundó el Nuevo Testamento en su sangre (Cfr. Lc 22,20; 1 Cor 11,25), no obstante los libros del Antiguo Testamento, recibidos íntegramente en la proclamación evangélica, adquieren y manifiestan su plena significación en el Nuevo Testamento (Cfr. Mt 5,17; Lc 24,27; Rm 16,25-26; 2 Cor 3,14-16), ilustrándolo y explicándolo al mismo tiempo». (DV 16).

Aplicando lo que venimos diciendo al evangelio según San Marcos, podemos concluir que es, por un lado un libro que pertenece al género histórico, porque narra fielmente hechos sucedidos. Pero por otro lado es la narración de un creyente que ve e interpreta los hechos a la luz de la Sagrada Escritura y que interpreta la Sagrada Escritura a la luz de los hechos. Es por tanto historia profética e interpretación profética de la historia.

4. El género literario llamado Pésher

El procedimiento de interpretar hechos a partir de la Escritura y de interpretar la Escritura a partir de hechos, o aplicándola a hechos, es un procedimiento bíblico anterior a los evangelios. Y no sólo se encuentran ejemplos de él en los libros proféticos, como Isaías o Daniel, sino que también es común en la literatura judía extrabíblica, particularmente en la de Qunram.

 

Los comentarios qunrámicos de los libros proféticos se llaman pesharim (plural de pesher) lo mismo que las interpretaciones de sueños que hace el profeta Daniel. Así como Daniel revela el sentido profundo de los símbolos vistos en sueños, el autor del pésher trata de revelar el sentido oculto y misterioso de los textos proféticos, atribuyéndoles un valor simbólico o alegórico que se esfuerza en desvelar, interpretándolos como alusiones proféticas a hechos del momento o que se espera que ocurran.
El género literario evangélico puede entenderse como un tipo de pésher o interpretación, consistente en mostrar las correspondencias entre la Vida de Jesús y las Sagradas Escrituras.

 

3.  María en San Marcos   La imagen más antigua

Comenzamos por Marcos, el más breve y, casi con seguridad, el más antiguo de los cuatro evangelios. El que recoge, muy probablemente, las catequesis y predicaciones de San Pedro, o sea, el evangelio según lo proclamaba Pedro.

Acerca de María, este evangelio de Marcos es de una parquedad extrema, comparable -por la ausencia de referencias- al gran silencio marial neotestamentario. Marcos comienza su evangelio presentando la figura de San Juan Bautista, y casi inmediatamente a un Jesús ya adulto que llega a bautizarse en el Jordán. Nada de relatos de la infancia, que -como vemos en Mateo y Lucas- se prestan a decirnos algo de la Madre. Nada comparable a las dos grandes escenas marianas del evangelio de San Juan: las bodas de Caná y el Calvario.

1. Dos textos: Mc 3, 31-35; 6, 1-3

Lo que dice Marcos acerca de María se agota en dos brevísimos pasajes, ambos situados en la primera parte de su evangelio. Y en esos pasajes ni siquiera se advierte la impronta personal del narrador. Este mantiene una fría objetividad de cronista y nos comunica lo que terceras personas dicen de María. Y si nos detenemos a analizar el texto, encontramos que esas terceras personas son incrédulas, enemigas de Jesús, que por supuesto no se ocupan de su madre con benevolencia, sino con hostilidad y descreimiento. Para ellos se agrega, como contrapunto y refutación, el testimonio de Jesús mismo acerca de María.

Leamos los pasajes. El primero en Mc 3, 31-35:

 

  • «Vinieron su madre y sus hermanos y, quedándose fuera, le mandaron llamar. Se había sentado gente a su alrededor y le dicen: "Mira, tu madre y tus hermanos te buscan allí fuera".
  • «Él replicó: "¿Quién es mi madre y mis hermanos?"
  • «Y mirando en torno, a los que se habían sentado a su alrededor, dijo: "Aquí teneis a mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre"».
  • El segundo pasaje es la escéptica exclamación de los que se admiraban, incrédulos, de su inexplicable poder y sabiduría; se lee en el capítulo 6, 1-3
  • «Se marchó de allí y fue a su tierra, y le siguieron sus discípulos. Cuando llegó el sábado, se puso a enseñar en la sinagoga, y los muchos que le oían se admiraban diciendo:
  • «-¿De dónde le viene esto? ¿Y qué sabiduría es ésta que se le ha dado? ¿Y tales milagros hechos por sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María y hermano de Santiago y José y Judas y Simón? ¿Y no están sus hermanos aquí con nosotros?
  • «Y se escandalizaron de él».

Estos son los dos únicos pasajes del evangelio de Marcos en que se menciona a María. En ellos se comprueba simplemente que a Jesús se le conocía en su medio como el carpintero, el hijo de María. Y que esa filiación hacía para muchos más increíble que fuera el enviado de Dios. Servía de excusa a los mal dispuestos para afirmarse en su incredulidad. Porque las mismas distancias entre las muestras de poder y sabiduría que -según el relato de Marcos- Jesús iba dando por todas partes eran un argumento de que no le venían de herencia ni de bagaje humano, sino como don de lo alto. La misma humildad de su parentela galilea -la parte proverbialmente más ignorante de las cosas de la ley dentro del pueblo judío- debía haber sido argumento convincente a favor del origen divino de sus obras. Si éstas eran inexplicables por la carne y el parentesco, ¿no habría que tratar de explicarlas por el espíritu de Dios?

2. El contexto del evangelio

Pero tratemos de comprender mejor el sentido de estos episodios colocándonos en la óptica del relato de Marcos. Toda la primera parte de su evangelio, hasta el capítulo octavo, versículos 27-30 -la confesión de Pedro-, nos muestra a Jesús que obra maravillas y portentos, que despierta la admiración del pueblo, que deslumbra con su poder sobrehumano. Es decir, nos muestra la revelación progresiva y creciente de Jesús. Y al mismo tiempo nos muestra la absoluta y general incomprensión del verdadero carácter de su persona y su misión. Jesús se revela, pero nadie entiende su revelación. No la entiende el pueblo, no la entienden sus discípulos, no la entienden los escribas, no la entienden sus familiares.

No la entienden los que se niegan a creer en él y con los que se enfrenta en polémicas y a los que les habla en parábolas. De esta incomprensión de los incrédulos no hay que admirarse. Pero sí de que tampoco lo comprendan ni entiendan sus propios discípulos. Incluso en la privilegiada confesión de la fe de Pedro, con la que culmina la primera parte del evangelio, se entrevé al mismo tiempo un abismo de ignorancia y de resistencia al aspecto doloroso de la identidad de Jesús Mesías.

Nada más comenzar la carrera de Jesús con un sábado en Cafarnaúm, con su enseñanza en la sinagoga y con numerosas curaciones de enfermos y expulsiones de demonios, en cuanto han empezado a seguirle sus primeros discípulos y se ha encendido el fervor popular, ya apuntan la oposición y las críticas: Jesús cura en sábado, come con pecadores; sus discípulos no ayunan y arrancan espigas en sábado. Y ya desde el comienzo del capítulo tercero, los fariseos se confabulan con los herodianos para ver cómo eliminarlo, pero ello se hace difícil, porque una muchedumbre sigue a Jesús. Éste elige de entre ella a sus numerosos discípulos. Uno de los primeros pasos de la confabulación se advierte en 3, 20-21. Jesús vuelve a su tierra. Se aglomera otra vez la muchedumbre de modo que ni siquiera podían comer.

«Se enteraron sus parientes y fueron a hacerse cargo de él, pues decían: "Está fuera de sí"».

3. La oposición al Mesías

El primer paso de la confabulación contra Jesús consiste en declararlo loco y en interesar a los parientes para que retirasen a un consanguíneo que podría implicarlo en sus locuras y traerles problemas. Que este método intimidatorio de los parientes -que fue usado contra Jesús y los suyos- era un método usual, nos lo demuestra el episodio del ciego de nacimiento, en el evangelio según San Juan, a cuyos padres llamaron a declarar ante el tribunal (9, 18-23).

 

Habiendo oído que Jesús estaba fuera de sí, y movidos quizás por temores y veladas amenazas, los parientes de Jesús acuden a dominarlo. Arrastran a su madre, a cuyas instancias esperan que Jesús no pueda resistir. Entre tanto, Marcos registra el crescendo de las acusaciones contra Jesús. Jesús es más que un loco; es un endemoniado: «Está poseído por un espíritu inmundo» (3, 22).
En medio de esta tormenta, de hostilidad por un lado y de entusiasmo popular por otro, es cuando relata Marcos con laconismo de cronista:

 

 

  • «Llegan su madre y sus hermanos y, quedándose fuera, le envían a llamar».
  • Se trata de arreglar un problema familiar. Los aldeanos galileos no quieren discutir de teologías. Por humildad, modestia o prudencia, no entran. Según Lucas, no entran simplemente porque la muchedumbre les impide acercarse.
  • «Estaba mucha gente sentada a su alrededor»
  • El odiado doctor está rodeado de una audiencia entusiasta que siente arder el corazón con su palabra, «porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas», ha registrado Marcos (1, 22). Algún malévolo infiltrado entre la audiencia se complace en anunciar en voz alta a Jesús: 
  • «¡Oye!, tu madre, tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan».
  • Es a Jesús a quien lo dice, pero indirectamente éstá diciendo a su auditorio: «Ved de qué familia viene vuestro doctor». Marcos registra más adelante, en el capítulo sexto que esta malévola cizaña ha prendido: «¿No es éste el carpintero, el hijo de María, y no conocemos a toda su parentela?». Y se escandalizaban de él.
  • La humildad de María y de los parientes de Jesús es esgrimida para humillarlo, para empequeñecerlo delante de su auditorio: ¡Qué candidato a Rey Mesías! ¡Qué candidato a doctor y salvador! He aquí la parentela del profeta. Es el mismo argumento que nos relata también San Juan: 
  • «Pero los judíos murmuraban de él, porque había dicho: "Yo soy el pan que ha bajado del cielo".
  • «Y decían: "¿No es éste Jesús, hijo de José, cuyo padre y madre conocemos? ¿Cómo puede decir ahora: He bajado del Cielo?"» (6, 42).
  • Y registra además San Juan que muchos de sus discípulos se apartaron de él con aquella ocasión:
  • «Es duro este lenguaje, ¿quién puede escucharlo?» (Jn 6, 61).
  • «Y ni siquiera sus parientes creían en él» (Jn 7, 5).
  • «Y los judíos asombrados decían: "¿cómo entiende de letras sin haber estudiado?"» (Jn 7,15).

 

Marcos nos hace oír a los que hablan de María, la madre de Jesús, desde su profunda hostilidad al Hijo. Sus palabras subrayan los humildes orígenes humanos de Jesús, que es tácita negación de su origen y calidad divina.

Así como habrá un ¡Ecce homo! que escarnece a Jesús en su pasión, hay aquí un adelanto del mismo, que envuelve a María en el mismo insulto de desprecio -Ecce mulier, ecce Mater eius (he aquí a la mujer, vean quién es su madre)-.

4. El testimonio de Jesús

A este lanzazo polémico, oculto en el comedimiento de aquellos que le anuncian la presencia de los suyos allí afuera, responde el contrapunto también polémico de Jesús:

 

-«¿Quién es mi madre y mis hermanos?».
-«Y mirando en torno a los que estaban sentados a su alrededor -Mateo precisa en el lugar paralelo que son sus discípulos-, dice: "Éstos son mi madre y mis hermanos"».
Frecuentemente Jesús habla en los evangelios de sus discípulos como de sus hermanos, o de «estos hermanos míos más pequeños», o simplemente de «los pequeños». Se trata de aquellos que oyen a Jesús con fe aunque no lo entiendan perfectamente. Se trata de los que no se le oponen, sino que le siguen y le escuchan. Esta es la familia de Jesús, porque es la familia del Padre, cuyo vínculo familiar no es la sangre, sino la Nueva Alianza en la Sangre de Jesús, o sea, la fe en él.
Como explicita San Juan: «A los que creen en su nombre les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios» (Jn 1, 12).

 

 

Por eso termina Jesús con una explicación de por qué son esos sus auténticos familiares:
«Quien cumpla la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre».
O en la versión de Lucas:

 

 

«El que oye la palabra de Dios y la guarda, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre» (Lc 8, 21).
La misteriosa y quizás para muchos no muy evidente ecuación entre «cumplir la voluntad de Dios» o «escuchar sus Palabras y cumplirlas», y creer en Jesucristo, nos la revela explícitamente San Juan en su primera carta:
«Guardamos sus mandamientos y hacemos lo que le agrada. Y éste es su mandamiento y lo que le agrada: que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo y que nos amemos unos a otros, tal como nos lo mandó» (1Jn 3, 22-23).

 

 

Hacer la voluntad del Padre no es doblegarse a un oscuro querer, sino complacerse en hacer lo que a Dios le complace; es regocijarse en el gozo de Dios. Y si nos pregunta en qué se deleita y regocija nuestro Dios, que como Ser omnipotente puede parecer muy difícil de contentar, sabemos qué responder porque ese Ser inaccesible nos ha revelado qué es lo que le complace: 
«Éste es mi Hijo, a quien amo y en quien me complazco: escuchadle...» (Mt 17, 1-8; Mc 9, 7; Lc 9, 35). 
Nuestro Dios se revela como el Padre que ama a su Hijo Jesucristo, y se deleita en él, y no pide otra cosa de nosotros sino que lo escuchemos llenos de fe y lo sigamos como discípulos.
Entendemos quizás ahora por qué Lucas traduce el «cumplir la voluntad de Dios», de que hablan Mateo y Marcos, con una frase equivalente: escuchar su Palabra, que es escuchar a su Hijo, y guardarla, que es seguirlo como discípulo.

 

Y similar identificación de la voluntad de Dios con la Palabra de Jesús nos ofrece un texto del evangelio de Juan:

 

«Mi doctrina no es mía, sino del que me ha enviado, y el que quiera cumplir su voluntad verá si mi doctrina es de Dios o hablo yo por mi cuenta» (Jn 7, 16-17).
Parientes de Jesús son, pues, los que por creer en él entran en la corriente del vínculo de complacencia que une al Padre con el Hijo y al Hijo con el Padre.

 

 

Por eso, su respuesta a los que lo envuelven a él y a su madre en un mismo rechazo y vilipendio es una seria advertencia. Equivale a distanciarse de ellos y negarles cualquier otra posibilidad de entrar en comunión con Dios que no sea a través de la fe en él.
Pero esta palabra de Jesús tiene dos filos. Y el segundo filo es el de una alabanza, el de una declaración de Alianza de parentesco -el único real y más fuerte que el de sangre- entre el creyente y él. Y en la medida en que María mereció ser su Madre por haber creído es éste el más valioso testimonio que podía ofrecernos Marcos acerca de María. Jesús declara que la razón última y única por la cual María pudo llegar a ser su Madre era la fe en él.

 

5. María, Madre de Jesús por la fe

María no estuvo unida a Jesús solo ni primariamente por un vínculo de sangre. Para que ese vínculo de sangre pudiera llegar a tener lugar, tuvo que haber previamente un vínculo que Jesús estima como mucho más importante.

Pero todo esto Marco no lo explicita, ni el Señor ltampoco lo hace sin duda en aquella ocasión. Es por otros caminos por donde hemos llegado a comprender lo que hay implícito en el velado testimonio de Jesús que Marcos nos relata. Que María creyó en Jesús antes de que Jesús fuera Jesús. Y que solo porque el Verbo encontró en ella esa fe pudo encarnarse.

 

Es así como el silencio mariano de Marcos da paso a la elocuencia mariana de Jesús mismo. Una elocuencia que lleva la firma de la autenticidad en su mismo estilo enigmático, velado, parabólico, el estilo de Jesús en todas sus polémicas. Un lenguaje que es revelación para el creyente y ocultamiento para el incrédulo. 
Y quiero terminar -para confirmar lo dicho- iluminando este primer retrato de María, según Marcos, con una luz que tomaré prestada del evangelio de Lucas, pero con la casi absoluta certeza de que no se debe sólo a su pluma, sino a la misma antiquísima tradición preevangélica en que se apoya Marcos. Me complace considerarlo como un incidente ocurrido en la misma ocasión que Marcos nos relata, como lo sugiere su engarce en un contexto muy similar. En medio de las acusaciones de que está endemoniado, y estando Jesús ocupado en defenderse,

 

 

«alzó la voz una mujer del pueblo y dijo: "Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron".
«Pero Él dijo: "dichosos más bien los que oyen la palabra de Dios y la guardan"» (Lc 11, 27-28).
Creo que Lucas ha querido declarar directamente, al insertar este episodio en su evangelio, lo que no queda a su gusto suficientemente explícito en el relato de Marcos: que las palabras de Jesús, en respuesta a los que le anunciaban la presencia de los suyos, encerraban un testimonio acerca de María. 
Conclusión

 

 

La figura de María según Marcos es, como nos muestra su comparación con los pasajes paralelos de Mateo y Lucas, la figura más primitiva que podemos rastrear a través de los escritos del Nuevo Testamento. Es la imagen de la tradición preevangélica y se remonta a Jesús mismo.
Es una figura apenas esbozada, pero clara en sus rasgos esenciales. Rasgos que, como veremos, desarrollarán y explicitarán los demás evangelistas, limitándose solo a mostrar lo que ya estaba implícito en esta figura de María, madre ignorada de un Mesías ignorado. Madre vituperada del que es vituperado. Pero, para Jesús, bienaventurada por haber creído en él. Madre por la fe más que por su sangre.
Y ya desde el principio, y según el testimonio mismo de Jesús, Madre del Mesías, es presentada en clara relación de parentesco con los que creen en Jesús, como Madre de sus discípulos, es decir, de su Iglesia.

 



   



 


Autor: HORACIO BOJORGE, S.J.
La Virgen María en los Evangelios (I) Foto: Virgen del Carmen, Señora y Patrona de Chile

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