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JESUCRISTO, el que no defrauda


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Juan Pablo II, 

Cristo no defrauda jamás
Homilía de S.S. Juan Pablo II

en la Liturgia de la Palabra celebrada con los jóvenes en Poznan,

Polonia. 3 de Junio de 1997 




Queridos jóvenes amigos:


1. «Este es el día en que actuó el Señor. Sea nuestra alegría y nuestro gozo». (...).

2. El pasaje del evangelio de san Mateo que acabamos de leer nos lleva al lago de Genesaret. Los Apóstoles habían subido a la barca para ir a la otra villa por delante de Cristo. Y he aquí que, remando en la dirección elegida, lo vieron precisamente a él caminando sobre el lago. Cristo caminaba sobre el agua como si se tratara de tierra sólida. Los Apóstoles se turbaron creyendo que era un fantasma. Jesús, al oír el grito, les habló: «¡Animo!, soy yo; no temáis» (Mt 14, 27). Entonces Pedro dijo: «Señor, si eres tu, mándame ir donde ti sobre las aguas» (Mt 14, 28). Y él le dijo: «¡Ven!» (Mt 14, 29). Bajó Pedro de la barca y se puso a caminar sobre las aguas. Pero, ya cerca de Cristo, viendo la violencia del viento, le entró miedo y como comenzara a hundirse, gritó: «¡Señor, sálvame!» (Mt 14, 30). Al punto Jesús, tendiendo la mano, le agarró y, sujetándole para que no se hundiera, le dijo: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?» (Mt 14, 31).

Este pasaje evangélico entraña un profundo contenido. Atañe al problema más importante de la vida humana: la fe en Jesucristo. Pedro ciertamente tenía fe como demostró más tarde de modo magnífico, en las cercanías de Cesarea de Filipo, pero en ese momento su fe aún no era muy firme. Cuando comenzó a soplar más fuerte el viento, Pedro comenzó a hundirse, pues había dudado. No fue el viento el que hizo hundirse a Pedro en el lago, sino su falta de fe. A la fe de Pedro le faltó un elemento esencial: abandonarse plenamente a Cristo, confiar totalmente en él en el momento de la gran prueba; le faltó la esperanza sin reservas en él. La fe y la esperanza, junto con la caridad, constituyen el fundamento de la vida cristiana, cuya piedra angular es Jesucristo.

En la muerte de Jesús en la cruz y en su resurrección del sepulcro se reveló plenamente el amor de Dios al hombre y al mundo. Jesús es el único camino al Padre, el único camino que lleva a la verdad y a la vida (cf. Jn 14, 6). Este mensaje que la Iglesia, desde el inicio, anuncia a todos los hombres y a todas las naciones lo ha recordado a nuestra generación el concilio Vaticano II. Permitidme citaros un breve pasaje de la constitución Gaudium et spes: «La Iglesia cree que Cristo, muerto y resucitado por todos, da al hombre luz y fuerzas por su Espíritu, para que pueda responder a su máxima vocación; y que no ha sido dado a los hombres bajo el cielo ningún otro nombre en el que haya que salvarse. Igualmente, cree que la clave, el centro y el fin de toda la historia humana se encuentra en su Señor y Maestro. Afirma, además, la Iglesia que, en todos los cambios, subsisten muchas cosas que no cambian y que tienen su fundamento último en Cristo, que es el mismo ayer, hoy y por los siglos» (n. 10).

Queridos muchachos y muchachas seguid a Cristo con el entusiasmo de vuestro corazón joven. Sólo él puede calmar el miedo del hombre. Contemplad a Jesús desde lo más profundo de vuestro corazón y de vuestra mente. El es vuestro amigo inseparable.
Este mensaje sobre Cristo, al que dediqué mi primera encíclica, Redemptor hominis, lo anuncio a los jóvenes de todos los continentes durante los viajes apostólicos y con ocasión de las Jornadas mundiales de la juventud. También es el tema del encuentro que tendrán los jóvenes con el Papa en París, en agosto, al que os invito cordialmente. Como cristianos, estáis llamados a testimoniar la fe y la esperanza, para que los hombres, como escribe san Pablo, no estén «sin esperanza y sin Dios en el mundo», sino para que «aprendan a conocer a Cristo», nuestra esperanza (cf. Ef 2, 12; 4, 20).

La fe en Cristo y la esperanza de la que él es maestro permiten al hombre alcanzar la victoria sobre sí mismo, sobre todo lo que hay en él de débil y pecaminoso, y al mismo tiempo esta fe y esta esperanza lo llevan a la victoria sobre el mal y sobre los efectos del pecado en el mundo que lo rodea. Cristo libró a Pedro del miedo que se había apoderado de él ante el mar en tempestad. Cristo también nos ayuda a nosotros a superar los momentos difíciles de la vida, si nos dirigimos a él con, fe y esperanza para pedirle ayuda. «¡Animo!, soy yo; no temáis» (Mt 14, 27). Una fe fuerte, de la que brota una esperanza ilimitada, virtud tan necesaria hoy, libra al hombre del miedo y le da la fuerza espiritual para resistir a todas las tempestades de la vida. ¡No tengáis miedo de Cristo! Fiaos de él hasta el fondo. Sólo él «tiene palabras de vida eterna». Cristo no defrauda jamás.
(...)

4. Dirijamos, una vez más, la mirada hacia el lago de Genesaret, por el que navega la barca de Pedro. El lago evoca la imagen del mundo, también la del mundo contemporáneo, en el que vivimos y en el que la Iglesia cumple su misión. Este mundo constituye un desafío para el hombre, como el lago constituye un desafío para Pedro. Por una parte era para él algo cercano y conocido como lugar de su trabajo diario de pescador; pero, por otra, era el elemento natural con el que debía confrontar sus fuerzas y su experiencia.

El hombre debe entrar en este mundo, en cierto sentido debe sumergirse en él, pues ha recibido de Dios la recomendación de «someter la tierra» mediante el trabajo, los estudios y el esfuerzo creador (cf. Gn 1, 28). Por otra parte, el hombre no se puede encerrar exclusivamente en el ámbito del mundo material, olvidando al Creador. Eso iría contra la naturaleza del hombre, contra su verdad interior, pues el corazón humano, como dice san Agustín, está inquieto hasta que descanse en Dios (cf. Confes. I, 1: CSEL 33, p. l). La persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios, no puede convertirse en esclava de las cosas, de los sistemas económicos, de la civilización técnica, del consumismo, del éxito fácil. El hombre no puede convertirse en esclavo de sus inclinaciones y pasiones, a veces fomentadas intencionadamente. Es preciso defenderse contra ese peligro. Es necesario saber usar la propia libertad, eligiendo lo que es el verdadero bien. ¡No dejéis que os conviertan en esclavos! No dejéis que os tienten con pseudovalores, con semiverdades, con el encanto de espejismos, de los que después os alejaréis defraudados, heridos y tal vez con la vida arruinada.

En el discurso que pronuncié en 1980 en la UNESCO dije que la tarea primera y esencial de la cultura es educar al hombre. Y que la educación consiste principalmente en que «el hombre llegue a ser cada vez más hombre, que pueda "ser" más y no sólo que pueda "tener" más, y que, en consecuencia, a través de todo lo que "tiene", todo lo que "posee", sepa "ser" más plenamente hombre. Para ello es necesario que el hombre sepa "ser más" no sólo "con los otros", sino también "para los otros"» (Discurso en la UNESCO, 2 de junio de 1980, n. 11: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 15 de junio de 1980, p. 12).

Esta verdad tiene un significado fundamental para la autoeducación, la autorrealización, para desarrollar en sí mismos la humanidad y la vida divina recibida en el santo bautismo y consolidada en el sacramento de la confirmación. La autoeducación tiende precisamente a «ser» más hombre y más cristiano, a descubrir y desarrollar en sí mismos los talentos recibidos del Creador y realizar la vocación a la santidad.
Es verdad que a veces el mundo puede constituir una amenaza; pero un hombre que vive de fe y esperanza tiene en sí la fuerza del Espíritu para afrontar los peligros de este mundo. Pedro caminó sobre las aguas del lago aunque ese hecho iba contra la ley de la gravedad, porque miraba a Cristo a los ojos. Cuando dudó, cuando perdió el contacto personal con el Maestro comenzó a hundirse y escuchó el reproche: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?» (Mt 14, 31).

El ejemplo de Pedro nos enseña la importancia que tiene en la vida espiritual la relación personal con Cristo: es preciso renovarla y profundizarla constantemente. ¿Cómo? Sobre todo con la oración. Queridos jóvenes, orad y aprended a orar; leed y meditad la palabra de Dios; consolidad vuestra relación con Cristo en los sacramentos de la penitencia y la Eucaristía; profundizad en los problemas de la vida interior y del apostolado en los grupos juveniles, en las comunidades, en los movimientos y en las organizaciones eclesiales, hoy numerosas en nuestro país.

5. Queridos jóvenes amigos, estamos celebrando el jubileo del milenario del martirio de san Adalberto. Hoy, en Gniezno, durante la solemne eucaristía afirmé que san Adalberto dio testimonio de Cristo, sufriendo el martirio por la fe. Este martirio del gran apóstol de los eslavos os interpela: pide también hoy el testimonio de vida de cada uno de vosotros. Pide hombres nuevos, que manifiesten en medio de este mundo «la fuerza y la sabiduría» (cf. 1 Co 1, 22-25) del Evangelio de Dios en la propia vida. Este mundo que a veces parece una realidad invencible y amenazadora, un mar en tempestad, al mismo tiempo tiene profunda sed de Cristo, tiene gran sed de la buena nueva. Tiene gran necesidad de amor.

Sed en este mundo, portadores de fe y esperanza cristiana, viviendo el amor cada día. Sed testigos fieles de Cristo resucitado, no deis nunca marcha atrás ante los obstáculos que se acumulen en los caminos de vuestra vida. Cuento con vosotros, con vuestro impulso juvenil y con vuestra entrega a Cristo. He conocido a la juventud polaca. Nunca he quedado defraudado. El mundo os necesita. La Iglesia os necesita. El futuro de Polonia depende de vosotros. Construid y consolidad en tierra polaca la «civilización del amor»: en la vida personal, social, política; en las escuelas, en las universidades, en las parroquias; en los hogares que forméis algún día. No escatiméis en esa misión el entusiasmo juvenil el esfuerzo y el sacrificio. «El Dios de la esperanza os colme de todo gozo y paz en vuestra fe, hasta rebosar de esperanza por la fuerza del Espíritu Santo» (Rm 15, 13).

Encomiendo a la protección de María, Virgen fiel, Madre del amor hermoso, Reina de Polonia, a vosotros y a toda la juventud de nuestra patria.



   



 


Autor: Juan Pablo II
Polonia, 3 de Junio de 1997

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