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Cristianos en la Sociedad


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Benedicto XVI, audiencia a responsables de la Administración de la Región del Lazio y de Roma, CIUDAD DEL VATICANO, lunes, 12 de enero de 2009


Los católicos aquí se sienten estimulados a un vivo testimonio evangélico y a una diligente acción de promoción humana, especialmente hoy, ante las dificultades que detectamos. A este respecto, si bien las Cáritas diocesanas, las comunidades parroquiales y las asociaciones católicas no dejan de prestar ayuda a cuantos tienen necesidad, es indispensable una sinergia entre todas las instituciones para ofrecer respuestas concretas a las crecientes necesidades de la gente. Pienso aquí en las familias, sobre todo en aquellas con hijos pequeños que tienen derecho a un futuro sereno, y a los ancianos, muchos de los cuales viven en soledad y en condiciones de estrechez; pienso en la falta de vivienda, en la carencia de trabajo y en el desempleo juvenil, en la no siempre fácil convivencia entre grupos étnicos diversos, en la cuestión de la inmigración y de los nómadas.

Si realizar las políticas económicas y sociales adecuadas es deber del Estado, la Iglesia, a la luz de su doctrina social, está llamada a hacer su aportación estimulando la reflexión y formando las conciencias de los fieles y de todos los ciudadanos de buena voluntad. Quizás nunca como ahora la sociedad civil comprende que sólo con estilos de vida inspirados en la sobriedad, en la solidaridad y en la responsabilidad, es posible construir una sociedad más justa y un futuro mejor para todos. Es parte de su deber institucional el que los poderes públicos garanticen a todos los habitantes sus propios derechos, teniendo en consideración que los deberes de cada uno estén claramente definidos y realmente llevados a cabo. De ahí que la prioridad inderogable sea la formación en el respeto de las normas, en la asunción de las propias responsabilidades, en una actitud de vida que reduzca el individualismo y la defensa de los intereses partidistas, para tender juntos al bien de todos, prestando particular atención a las expectativas de los sujetos más débiles de la población, no considerándolos como un peso sino como un recurso que valorar.

Desde esta óptica, con una intuición que quisiera llamar profética, la Iglesia desde hace años concentra sus esfuerzos en el tema de la educación. Deseo expresar gratitud por la colaboración que se ha instaurado entre vuestras administraciones y las comunidades eclesiales en los oratorios (actividades educativas parroquiales, ndt.) y la construcción de nuevas parroquias en los barrios desprovistos de ellos. Confío que en el futuro este apoyo mutuo, en el respeto de las competencias recíprocas, se consolide aún más, teniendo presente que las estructuras eclesiales, en el corazón de un barrio, además de permitir el ejercicio del derecho fundamental de la persona humana que es la libertad religiosa, son en realidad centros de encuentro y de formación en los valores de la sociedad, de la convivencia pacífica, de la fraternidad y de la paz.

¡Cómo no pensar especialmente en los adolescentes y en los jóvenes, que son nuestro futuro? Cada vez que la noticias refieren episodios de violencia juvenil, cada vez que la prensa relata accidentes de carretera donde mueren tantos jóvenes, me vuelve a la mente el argumento de la urgencia educativa, que requiere hoy la más amplia colaboración posible. Se debilitan, especialmente entre las jóvenes generaciones, los valores humanos y cristianos que dan sentido al vivir cotidiano y que forman una visión de la vida abierta a la esperanza; surgen en cambio deseos efímeros y esperanzas no duraderas, que al final general aburrimiento y fracasos. Todo esto tiene como final nefasto la afirmación de tendencias a banalizar el valor de la propia vida para refugiarse en la transgresión, en la droga y en el alcohol, que para algunos se ha convertido en el rito habitual del fin de semana. Incluso el amor tiende a reducirse a "una simple cosa que se puede comprar y vender" e "hasta el hombre mismo se convierte en mercancía" (Deus caritas est, 5). Ante el nihilismo que prevalece de forma creciente en el mundo juvenil, la Iglesia invita a todos a dedicarse seriamente a los jóvenes, a no dejarles a merced de sí mismos y expuestos a la escuela de "malos maestros", sino a comprometerles en iniciativas serias, que les permitan comprender el valor de la vida en una familia estable, fundada en el matrimonio. Sólo así se les dará la posibilidad de proyectar con confianza su propio futuro. En cuanto a la comunidad eclesial, debe estar cada vez más disponible para ayudar a las nuevas generaciones de Roma y del Lazio a proyectar de forma responsable el mañana. Ésta les propone sobre todo el amor de Cristo, el único que puede ofrecer respuestas que satisfagan los interrogantes más profundos de nuestro corazón.

Permítaseme finalmente una breve consideración relativa al mundo de la sanidad. Sé bien cuán ardua es la tarea de asegurar a todos una asistencia sanitaria adecuada en el campo de las enfermedades físicas y psíquicas, y qué grande es el gasto que soportar. También en este campo, como en el escolar, la comunidad eclesial, heredera de una larga tradición de asistencia a los enfermos, continua prestando con muchos sacrificios sus actividades a través de hospitales y lugares de curación inspirados en los principios evangélicos. En el año que acaba de transcurrir, por parte de la región del Lazio, aún en las dificultades de las actuales circunstancias, se han notado signos positivos para salir al encuentro de las estructuras sanitarias católicas. Confío en que, prosiguiendo con los esfuerzos actuales, esta colaboración sea incentivada oportunamente, de forma que la gente pueda continuar sirviéndose del precioso servicio que estas estructuras de reconocida excelencia llevan a cabo con competencia, profesionalidad, prudencia en la gestión financiera y dedicación a los enfermos y a sus familias.



   



 


Autor: Winston H. Elphick D.


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